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Los sinvergüenzas que nos rodean no son el problema, son solo el síntoma de una quiebra institucional y social

Capo di capi. AEP
Capo di capi. AEP

ME HA sorprendido que el presidente del Gobierno sepa de todo. Si vuelvo a ser presidente de la Federación, y estoy en ello, voy a citar al presidente para que sea auxiliar de Lopetegui y, vamos, seguro que cobra más así que de presidente del Gobierno». La frase es solo una de las perlas que soltó esta semana Angel María Villar, expresidente de la Real Federación Española de Fútbol, en una de las ruedas de prensa más esperpénticas y asombrosas que he visto. Aunque lo realmente esperpéntico es que la frase y el personaje definen a la perfección la situación de un país en el que se han roto los anclajes institucionales y la sociedad está en quiebra.

Lo primero, porque la afirmación es verdad: un simple ayudante del seleccionador nacional de fútbol cobra mucho más, pero de lejos, que el presidente de un Gobierno que organiza las vidas de 45 millones de personas, y nadie se plantea que deba ser de otro modo. Y, lo segundo, porque solo en una sociedad que no tiene el más mínimo respeto por sí misma sería posible semejante comparecencia pública de un elemento como Villar, un sinvergüenza recién salido de prisión que se permite amenazar a todo un Gobierno y todo un país con dejarlo fuera del Mundial si no se le permite seguir como capo di capi del fútbol nacional.

Villar, e incluso el Rajoy al que trata con tal desprecio, no son sin embargo el problema. Son solo el síntoma de algo mucho más serio, de una enfermedad metastásica que ha infectado todos los órganos. Desde el momento en que el mismo partido en el poder está imputado por corrupción, que las instituciones se han convertido en refugios de chorizos e ineptos que no dudan en prostituirlas, no podemos extrañarnos de que cualquier delincuente se sienta en el derecho de pedir su parte del botín, su poltrona en este enorme patio de Monipodio.

Y nada nos escandaliza, todo lo damos por normal, en lo grande y en lo pequeño, en lo ajeno y en lo propio. Aquí al lado, por no ir más lejos, acabamos de ver como otros directivos de otra federación se han sentido con el derecho a amenazar públicamente a los concejales de todos los grupos de la oposición si no tragaban con los Presupuestos que les ha presentado el equipo de gobierno del Concello. Una asociación vecinal imponiendo su voluntad sobre los representantes democráticamente elegidos por los lucenses, ¡hay que tener pelotas!

Pero volvemos a lo mismo, supongo que no ven la necesidad de respetar un sistema, un pacto social, que no respetan ni quienes deberían ser sus principales valedores. En este caso, un grupo de gobierno que no acaba de asumir que está en minoría y lo que eso supone de esfuerzo y voluntad de negociación con el resto de representantes designados con sus votos por los ciudadanos, que es un concepto mucho más amplio, respetable y exigente que el de vecino, por si alguien lo había olvidado.

Villar, e incluso Rajoy, no son el problema. Son solo el síntoma de algo mucho más serio

Atrincherado y ensimismado, incapaz de llegar a un acuerdo ni siquiera con aquellos que se suponen más cercanos, el equipo de gobierno ha preferido enviar a una jauría de estómagos agradecidos contra el resto de concejales, que mandar a estos un proyecto de Presupuestos que puedan debatir y apoyar.

No voy a negar a nadie, y menos a una asociación vecinal, su derecho a opinar y a participar activamente en la vida de la ciudad. Más aún, ojalá todos los ciudadanos lo hiciéramos y mostráramos más compromiso con el interés común. Pero de ahí a que un grupo de personas que a duras penas se representan a sí mismas pretendan marcarle el paso a los concejales elegidos en unas elecciones va algo más que un trecho que pueda cubrirse con churrascadas subvencionadas, montones de figuritas de cerámica a buen precio y pancartas con eslóganes de alquiler.

Ese trecho, en una democracia, solo se cubre con urnas y con votos, que es lo que diferencia a un concejal de un vecino y a un presidente del Gobierno de un sinvergüenza federado.

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