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Ética para políticos sexualmente activos

El caso de Baltar Jr mendigando sexo a cambio de trabajo recuerda más en su sordidez al de Liñares, ambos muy alejados de la contundencia simbólica de un acorrida enla solapa



LA PINTADA ocupa el centro de una de las plazas de acceso a las facultades en el campus universitario de Ourense. No necesita el ácido juego semántico del street art de Bansky, o la minuciosidad narrativa de un mural de Rivera, para exhibir toda la contundencia reivindicativa del primero y todo el contenido social del segundo. Son solo dos palabras escritas con zafiedad y prisa, en enormes letras mayúsculas, que arrastran tal carga que por sí solas valen por el más elaborado de los discursos o el más meditado de los análisis: «Baltar putero».

No hace falta mucho más. Podría poner el punto final aquí y ya estaría completo el artículo. Estaría completa hasta la comisión de investigación esa que han puesto en marcha en la Diputación de Ourense para andarle en los bajos a su presidente, porque no creo que obtenga mejor explicación. Y eso que empezaron con una ambición conmovedora, muy sospechosa en personas adultas con dos dedos de frente que se han criado en el califato de los Baltar, pero enternecedora al fin y al cabo: Comité de Ética, se hicieron llamar, para dimitir en pleno a continuación. Les llevó justo el tiempo de comprobar que a José Manuel Baltar Jr. le impresionaban tan poco sus pijadas éticas como las incomodidades del juego democrático. Para un Baltar la ética es solo una partida más en los presupuestos públicos, la que se reserva para la compra de voluntades.

No sé qué pasa últimamente con algunas Diputaciones, que parece que anden todos mal follados, unos por ataques de cuernos y otros directamente por no tener con quien. Debe de ser este el caso de Baltar hijo, que está arrastrando su dignidad, la de su partido y la de la institución que preside a cuenta de la denuncia de una mujer que lo acusa de haberle prometido un puesto de trabajo a cambio de sexo.

Un clásico, esto de la política y el sexo, aunque cualquier intento de meter la ética por medio deriva en un trío de difícil encaje. Hay situaciones en las que verdaderamente tres son multitud. Ya lo vimos con el caso Lewinsky, con el que algunos bienintencionados quieren comparar el asuntillo de Ourense. Yo no acabo de verlo. Es verdad que la denunciante en esta ocasión tiene unas grabaciones bastante comprometedoras y unos mensajes de texto muy reveladores que quizás tengan un recorrido en el proceso judicial, pero carecen de la contundencia simbólica, de la carga dramática y de la potencialidad narrativa de una enorme mancha de semen presidencial en un vestido de mujer. Comparar una fría grabación con la complicidad delatora de una corrida en la solapa es como comparar una mamada en el Despacho Oval con un polvo a la carrera en una habitación por horas, como comparar al presidente de los Estados Unidos con el de la Diputación de Ourense. No hay color.

Un encuentro sexual pactado entre dos adultos libres no podría acabar en la condena del otro ni aunque tuviera eyaculación precoz

A mí todo este asunto que mantiene al barón del PP ourensano en un permanente coitus interruptus me recuerda a otro mucho más cercano, tanto en el tiempo como en las personas y la formas, el que vivimos en carnes de uno de los mejores discípulos de la corriente de pensamiento político representada por los Baltar: Francisco Fernández Liñares. El hombre que redefinió la figura del «cacique moderno» como la de un «gestor de cercanías» también fue denunciado por una mujer que no había obtenido el trabajo que le había prometido a cambio de que se acostase con él. Cuando uno imagina la escena, el concepto gestor de cercanías toma un significado aún más perturbador.

Son casos, de todos modos, mucho más próximos. Baltar Jr y Liñares incluso tienen, salvada la distancia de la edad, un aspecto físico parecido en cuanto a sus carencias y excesos, por no hablar de sus conceptos gemelos sobre el bien común. Mucho me temo, además, que el proceso judicial que se puede iniciar sobre el presidente ourensano terminará como el que afectoó al exconcejal de Lugo, sobreseído.

Las circunstancias son jurídicamente similares, y en el caso de Liñares hasta llegó a reconocer en el juzgado sin mayores escrúpulos que, en efecto, se había acostado todo cuanto pudo con la mujer que aspiraba a que le consiguiera un trabajo, aunque una persona que actúe de ese modo ya está ejerciendo su profesión. Pero, con bastante sentido común, la jueza que instruyó el asunto concluyó que no se podía apreciar en el comportamiento de Liñares ningún indicio de delito penal. Vino a decir a la denunciante, poco más o menos, que si quería pasta, que fuera por la vía civil, pero que un encuentro sexual pactado y consentido entre dos adultos libres no podría acabar en la condena del otro ni aunque tuviera eyaculación precoz, que eso sí que se aproxima bastante más a tipos delictivos como la estafa o el fraude.

No conozco en el detalle, afortunadamente, las circunstancias de las aventuras del heredero ourensano, pero veo probable que acaben como las de Liñares, archivadas. Y, cuando eso pase, será el clavo ardiendo al que se siga agarrando Baltar para mantenerse en el poder. Será también la trinchera tras la que seguirá escondido un partido que, por otro lado, tiene más que certificada su tolerancia a la indignidad en sus múltiples formas. Y tampoco entonces pasará nada, y también entonces seguiremos teniendo los políticos que nos hemos merecido con nuestra indolencia.

Por eso uno de los pocos consuelos que me quedan es ponerme en su lugar. Pensar en que cada noche estos tipos tendrán que llegar a sus casas y sentarse con unas familias que saben quiénes son y para las que no cuentan los archivos judiciales ni las disculpas políticas. Y tampoco pueden esconderse de sí mismos tras argumentarios de partido ni excepciones éticas: ellos saben, y todos los demás sabemos ahora, que por muy poderosos que se crean, por mucho dinero que puedan repartir, por mucho empleo público que puedan controlar, son unas personas patéticas sin otra vía de acceso a una compañía cómplice que pagar por ella.

Unos tipos que saben que cada palmadita en el hombro, cada frase de aliento, cada adhesión inquebrantable, cada sonrisa de comprensión puede ser tan falsa como ellos mismos. Unos tipos que nunca pensaron que el polvo les iba a salir tan caro.

Artículo publicado el 29 de noviembre de 2015 en la edición impresa de El Progreso.

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