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Ese nuevo olor a rancio

Lo nuevo en política viene con una fecha de caducidad tan corta que comienza a oler a podrido apenas lo desembolsas


SÉ QUE EL PROBLEMA tengo que ser yo, que ni entiendo nada ni tengo la más mínima intención, porque no puede ser normal que todo lo nuevo que nos aseguran que estamos viendo me huela tanto a rancio. Hasta el 2016 parece que llega ya un poco usado, con elecciones de segunda mano y proclamas de saldo.

En este mismo momento, en este país tan nuevo que todavía ni nos han dejado estrenar, hay un centenar de personas encerradas en la Escola Pia de Barcelona haciendo un ayuno ¡para presionar a la CUP y a Junts x Sí para que formen un gobierno independentista en Cataluña! No han aclarado si al acabar rodearán el Parlamento catalán de contenedores ardiendo o sacarán a La Moreneta en procesión rogatoria portando estampitas de Artur Mas. Cualquier cosa se puede esperar de una política tan novedosa que busca su razón en el apoyo de la izquierda internacionalista anticapitalista a la derecha tradicionalista catalana. A esta nueva vía la podríamos bautizar como nacionalismo estupefacto, o algo así.

Porque ese es uno de los grandes problemas con los que nos estamos encontrando, que los que supuestamente tenemos la responsabilidad de ir contando lo que pasa y por qué también somos nuevos en estas circunstancias. No nos valen los conceptos que conocíamos, ni siquiera las palabras. Habrá que ver al final si valemos nosotros mismos. De momento, nos vamos arreglando más mal que bien con las cuatro cositas de siempre, y todos los análisis se nos llenan de incertidumbres, ingobernabilidades, callejones sin salida e inestabilidades. Donde otras democracias menos nuevas que la nuestra ven normalidad y opciones de futuro, nosotros solo detectamos líneas rojas.

No tenemos la costumbre; muchos, ni las ganas. Por eso llevamos un par de semanas poniendo los periódicos perdidos de barones territoriales, feudos autonómicos y notables de partido, todo muy Ancien Régime, sociedad preguillotina. Lo lógico, pensaba uno, sería simplemente pararse a escuchar y a analizar lo que han dicho los votantes, que para eso se han molestado en responder, y actuar en consecuencia, pero se ve que la nueva política que estamos estrenando tampoco va de eso. Parece mucho más moderno que la voluntad popular sea reinterpretada por una suerte de consejo formado por viejos funcionarios del partido ya amortizados, cuatro o cinco supuestos líderes territoriales incapaces de mantener sus votos en sus propias casas y un par de resentidos con mal encaje, todos ellos especialistas en leer el pasado en las vísceras del último primogénito elegido para la gloria del sacrificio. El minifundismo político transformado en modernidad democrática.

No han aclarado si al acabar rodearán el Parlamento con contenedores ardiendo o sacarán a La Moreneta en procesión rogatoria 


Pasa que los nuevos políticos son tan frescos y vienen con una fecha de caducidad tan corta que comienzan a oler a podrido apenas los desembolsas. Como algunos que llegaron para hacer una política tan radicalmente diferente que lo primero que han hecho es comenzar a crear su propias baronías internas y feudos territoriales. Y es que no hay nada como que te marquen tus propias líneas rojas, no vaya a ser que fracases por las contradicciones de los demás en lugar de por las tuyas.

Estaría bien saber cuántos de esos millones de votos que han conseguido los partidos de izquierda se emitieron pensando prioritariamente en el problema territorial que esos mismos partidos han decidido situar en el centro de su desacuerdo. Como si los españoles mataran su tiempo de espera en las colas del paro y de los bancos de alimentos debatiendo sobre federalismo y soberanía.

En realidad, es muy posible que pronto sepamos la respuesta. La incapacidad de nuestros representantes para el diálogo es patológica y nos aboca a una nueva convocatoria electoral. En el PSOE, indispensable en cualquier movimiento, lo único rojo que quedan son las líneas infranqueables que se marcan unos a otros y los rostros de unos cuantos militantes desencajados por la vergüenza ajena. Al menos, tampoco parecen dispuestos a dejarse conmover por el patético lloriqueo del PP, un niño malcriado que no deja de dar la murga con su berrinche de fuerza más votada.

Va a estar bien vercómo nos lo cuentan, qué campaña se montan unos y otros cuando ya todos se han quitando las máscaras


Un atolladero del que tampoco les puede sacar el elefante blanco de la derecha, Ciudadanos, cada vez más cerca de completar el gran milagro político español: pasar de marginalidad al éxito y de allí a la irrelevancia sin haber tendido siquiera la oportunidad de demostrar la incapacidad que se le presuponía. Algo que, sin embargo, sí parecen dispuestos a constatar en Podemos y sus fenómenos asociados: no hay por qué tenerles miedo, si los dejan pueden ser tan incoherentes e irresponsables como cualquier otro.

Y en medio, solo los votantes, ni viejos ni nuevos, solo los ciudadanos de siempre que han votado para que las cosas cambien. A mejor, a ser posible.

Llegados hasta aquí, parece que lo único realmente nuevo de todo esto será lo que nos espera, esa próxima convocatoria de elecciones a la que nos dirigimos. Va a estar bien ver cómo nos lo cuentan, qué campaña montan unos y otros cuando ya todos se han quitado las máscaras, cuando las palabras ya no les alcancen para esconderse. A ver cómo nos explican lo de los ayunos en plan Adoración Nocturna, las procesiones rogatorias con imaginería andaluza o las velas a Dios y al Diablo. A ver cómo disimulan ese nuevo olor a rancio.

Ese nuevo olor a rancio
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