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Escrache en Galapagar

Criar a hijos en piscinas privadas tiene riesgos: lo mismo te sale un honrado interventor que un exministro imputado
 

Irene Montero y Pablo Iglesias. EFE
Irene Montero y Pablo Iglesias. EFE

QUIERO ANUNCIAR públicamente, por acallar bocas y evitarnos votaciones asamblearias, mi decisión de no comprarme un chalé en Galapagar. Mi mujer y yo lo hemos estado meditando, pero no estamos seguros de que queramos criar a nuestros hijos en según qué vecindarios. Más que nada porque para poder empezar a echar cuentas deberíamos vender a nuestros hijos a alguna red de trata de seres humanos, y no es plan. También es verdad que las mejores ofertas apenas han sido de unos pocos miles de euros por niño, que es casi regalarlos, así que entre eso y que con el tiempo les vas cogiendo cariño pues hemos pensado que no compramos la casa. Casi mejor, porque Galapagar, esté dónde esté, tiene pinta de quedar muy a desmano.

A veces hay que dar gracias por no tener un puñetero céntimo, porque eso facilita mucho algunas decisiones. Me imagino lo complicado que ha tenido que ser para Pablo Iglesias e Irene Montero decidirse a comprar la casa esa de 600.000 euros, que no sé si son muchos o pocos porque ni conozco el mercado inmobiliario en Galapagar ni he tenido que pensar en toda mi vida en 600.000 euros como cantidad real a valorar. Tengo la misma opinión sobre Spiderman que sobre 600.000 euros, que molaría mucho; no así sobre Galapagar que, insisto, me deja al pairo.

Han explicado que se van para allí porque les parece un buen vecindario donde poder criar a sus hijos con cierta intimidad. Otra cosa será cómo les expliquen a sus hijos que sus padres, que venían a cambiar el país, la democracia y hasta el sistema se conformaron al final con cambiar de casa. Esos son los problemas de criar a los niños en piscinas privadas, que  lo mismo te puede salir un dignísimo interventor de Hacienda que un exministro imputado. O peor aún, caer en las redes de las eléctricas y acabar enganchado en el consejo de administración de alguna cotizada, pura casta.

A veces hay que dar las gracias por no tener un puñetero céntimo, facilita mucho algunas decisiones

Es, en cualquier caso, su problema y su decisión, igual que lo es comprar la casa de la polémica. Porque no creo que nadie, ni de derechas ni de izquierdas ni de extremo centro, tenga nada que decir sobre una pareja que decide comprarse la mejor casa que se puede pagar, siempre que ese dinero haya sido obtenido legalmente. Ni siquiera digo honestamente, sino legalmente. Pero es que la vaina esta no va de que Iglesias y Montero vayan a cambiar Vallecas por un chalé de lujo en la sierra, porque pueden, sino de todas las declaraciones que ellos mismos han hecho en los últimos años criticando lo que de golpe y porrazo han pasado a representar. Lo que queda en evidencia es su coherencia.

Leo a simpatizantes de Podemos defender a sus líderes de la nueva política con los modos de la vieja: Por qué no se ha criticado del mismo modo, claman, al líder de Ciudadanos, Albert Rivera, que en los años que lleva en la cosa pública ha pasado de un pisito de 60 metros cuadrados a un chalé de más de un millón en uno de los mejores barrios de Madrid. Pues muy simple, porque no hay contradicción.

Rivera lidera un partido de rebotados y filibusteros políticos que han adoptado como ideología la ausencia total de esta y de cualquier otro escrúpulo que les entorpezca la ambición, nos han acostumbrado, ya como seña de identidad, a los cambios constantes de opinión y estrategia según venga el aire, pero lo han hecho de manera tan impúdica y sostenida que esa ausencia de coherencia es en sí misma coherencia. Nadie les pide explicaciones por ello porque a nadie sorprende. Sus propuestas económicas y sociales, además, beben sin empacho del neoliberalismo más ultra, lo tienen claro. Por eso la única pregunta coherente que nos hacemos sobre el chalé de lujo de Rivera es cuánto tardará en comprar una casa que en lugar de un millón valga tres, o cinco. Y a nadie extrañará.

Pero es que él no ha llenado previamente su Twitter con justificaciones a los escraches, defensas de la okupación o alardes de sueldos contenidos, como sí han hecho Montero e Iglesias, y ahora son presas de su propia contradicción. No pueden reprocharnos las críticas.

Con todo, lo que más me llama la atención del asunto de la dacha de Galapagar es la enorme torpeza con la que la pareja y Podemos se están manejando. Primero por la inoportunidad de la decisión de afrontar la compra, no puedo entender que no pudieran prever la que se iba a liar con el  escenario político actual.

Y, después, por la manera de manejar la reacción. En lugar de apechugar con las risas durante unos días mientras escampaba, porque para los políticos de este país siempre acaba por escampar, han convocado a sus militantes a una ridícula consulta, convirtiendo lo que no deja de ser un problema estrictamente privado en una cuestión de partido. Una votación que no arreglará nada, sea cual sea su resultado.

A lo mejor sí que tenían necesidad de esa casa y ahora, un paraíso privado en el que descansar, porque están dando unos signos de agotamiento sorprendentes en unos recién llegados.

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