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El ministro y el farsante

El gran problema, dicen, es que en España hay demasiados universitarios, no por estudiantes, sino por intrusos

EL PAPELITO DEBE DE andar despistado por el fondo de algún cajón o entre los documentos de alguna carpeta. O no, a lo mejor se perdió definitivamente en algún traslado o acabó en la basura en uno de esos arrebatos de limpieza a los que me arrastra el resto de la familia de vez en cuando, empeñados en reventar mi desorden con sus absurdas normas de convivencia, los muy tiquismiquis. Cualquier cosa, porque era un papel birrioso, del tamaño de medio folio, bastante arrugado, una piltrafa.

Me niego a recibir como certificado de mi esfuerzo un papel en el que el nombre del Rey aparece en letras más grandes que el mío

Era, sin embargo, la única prueba de que obtuve una licenciatura universitaria. Tenía los sellos oficiales y era lo que daban en la universidad recién acabada la carrera, como resguardo de que habías pagado las tasas y solicitado el título oficial. Veintitrés años después, sigo sin ir a por el título. Mi madre me lo ha pedido un par de veces, por colgarlo en el salón o así, como hacen los médicos o los abogados en sus despachos, pero me niego a recibir como certificado de mi esfuerzo un documento en el que el nombre del Rey aparece en letras más grandes que el mío. Ahora ya de poco vale, entonces los firmaba el Rey usado y a lo mejor ni es válido.

Será, supongo, porque tampoco me ha hecho falta. He tenido la suerte de andar bien de trabajo sin necesidad de redactar muchos currículos, sin que tampoco pueda dar una explicación razonable al respecto. Pero el caso es que todavía hay noches que se me repite el sueño y despierto angustiado al descubrir que tengo sin aprobar Documentación y Semiótica, que nunca obtuve una licenciatura y que mi vida es una farsa.

Como la de Bruno Pujol Bengoechea, quien fuera hasta este mismo curso decano de la Facultad de Ciencias Sociales, director de Desarrollo Universitario y profesor del grado oficial de Turismo de la Universidad Antonio de Nebrija, uno de los selectos centros de enseñanza de la capital del reino en los que alumnos de posibles siempre encuentran algún modo de compensar hipotéticas carencias de aptitudes o actitudes. Según acaba de publicar elconfidencial.com, el tal Pujol, que también tiene casualidad lo del apellido, nunca obtuvo el título de Geografía e Historia que exhibe en su currículum, y que, junto a un par de másteres, ha paseado durante varios lustros impartiendo clases y conferencias por universidades de medio mundo.

El caso ha estallado a raíz de que una persona se hiciera pasar por él y enviara a medio centenar de personas relacionadas con este elitista centro de formación un correo electrónico en el que confesaba todo. No solo el calibre de su fraude, sino que la propia Universidad de Nebrija lo conocía desde hacía muchos meses y lo había ocultado.

En efecto, una vez revelada la noticia la universidad lo ha confirmado todo, con una explicación que bordea más el insulto a la inteligencia ajena que la razón: «Actualmente», le respondió a elconfidencial.com, « no ejerce actividad docente ninguna en la casa desde la pasada primavera. Sus labores actuales son como directivo de Desarrollo Universitario, lo que implica más funciones de márketing que de profesor. Su trabajo en el área de márketing y ventas es impecable».

Será impecable, no digo yo que no, pero tampoco me parece una gran estrategia para conseguir alumnos reconocer que los títulos que expenden tampoco es que sirvan para gran cosa, que eso de la formación académica está muy sobrevalorado y que se puede ser un decano y un profesor universitario estupendo sin titulación alguna, sobre todo cuando de lo que se trata es de que funcione el departamento de ventas, no el de investigación.

Sea como sea, esta información apenas ha sido difundida, y no se ha escuchado a ningún responsable del ministerio de Educación o la consejería correspondiente abrir siquiera la boca, exigir que se depuren responsabilidades o comprometerse, aunque sea para no cumplir, a ejercer un mayor control sobre algunos centros educativos privados que solo ven los ceros cuando ocupan mucho espacio en un cheque .

Aceptó ser ministro de Deportes justo antes de que le avisaran de que la cartera venía con las molestas Educación y Cultura

A cambio, sí hemos podido escuchar esta semana a Íñigo Méndez de Vigo, quien parece ser que aceptó ser ministro de Deportes justo un segundo antes de que le avisaran de que la cartera venía con las molestas Educación y Cultura como cargas extras: «En España va demasiada gente a la universidad», ha considerado el barón de Claret, que ha expuesto su tesis en un foro hispano-alemán en Berlín, no para presumir, sino como problema.

Seguramente tiene razón, yo también creo que hay demasiada gente en la universidad que no pinta nada allí. Aunque mucho me temo que cuando lo dice el ministro está pensando más en intrusos que en estudiantes, en esos miles de jóvenes que gracias a la enseñanza pública que ahora quieren desmantelar están ocupando un lugar que por origen y condición no les corresponde. Y ahí radica, pensará el barón, buena parte del problema de este país: que hemos proporcionado a demasiada gente una educación que debería seguir siendo solo para aquellos que puedan pagarla, un modo de apuntalar la superioridad de cuna y no un instrumento de igualdad y prosperidad común.

Bruno Pujol sigue trabajando en un relevante puesto en la Universidad de Nebrija. Lejos de avergonzarse ante su comunidad universitaria y desaparecer, su reacción cuando se descubrió su engaño fue ir a la Guardia Civil y denunciar por suplantación de la identidad al autor del email que lo delató. No podemos descartar que en breve sea ministro de Educación, su trabajo en ventas y márketing es impecable.

El ministro y el farsante
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