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¡El caos, el caos!

ALGUIEN ENLAZÓ la viñeta hace unos meses en una de las redes sociales, no recuerdo cuál. Es una portada del semanario satírico ‘Hermano Lobo’. En ella, un hombre trajeado con aspecto de político de relumbrón arengaba desde un palco a la masa: «¡O nosotros, o el caos!», advertía; «¡El caos, el caos!», elegía la masa; «Es igual, también somos nosotros», zanjaba el preboste. La portada era de agosto de 1975, hace cuarenta años, lo que dura una dictadura media en este país.

Efectivamente, también eran ellos, aunque ahora su nueva palabra favorita es «ingobernabilidad», que es el hombre del saco de toda la vida en versión incertidumbre política. Se supone que el escenario postelectoral que se avecina, en el que los dos de siempre perderían sus mayorías absolutas en beneficio de otros nuevos partidos minoritarios, sean cuales sean, arrojaría irremediablemente a nuestros gobiernos municipales y autonómicos al caos, la parálisis y la inoperancia. Es decir, justo donde están ahora, pero con los concejales y diputados más repartidos.

Será que yo siempre he sido muy de ríos revueltos, pero esto de la ingobernabilidad no me vale ni como argumento de campaña, y anda que no hay que ver cosas en campaña, que solo nos falta una batucada de candidatos en la Praza Maior. No hay nada más necesario, más connatural a una democracia que el diálogo con el otro, el acuerdo con quien busca lo mismo que tú, el bien común, aunque sea por otro camino. El intercambio y la confrontación de ideas es, no solo en política, el pilar de cualquier avance, es el principio de todo y el final de nada. Un político que exhiba como valor su nula disposición al diálogo con otro y señale la necesidad del pacto como el gran peligro a evitar, se está retratando como un incapaz y un soberbio y está poniendo en evidencia su pobre concepto de la democracia. Y, sobre todo, dando una pista definitiva de cómo utilizaría una mayoría absoluta si la obtuviera. Y eso sí que me parece más aterrador que el caos.

Son, en cualquier caso, los tiempos que nos han tocado, los estertores de una forma perversa de entender la política, la coartada del grupo de mediocres y mangantes que nos ha traído hasta aquí. Son tan dañinos que todo lo contaminan, porque arrastran en su deriva a todos los que se les acercan, como puede comprobarse en su dolorosa evidencia incluso en la campaña de las municipales de una pequeña ciudad como Lugo.

He asistido a los dos debates entre candidatos a la alcaldía que se han celebrado hasta ahora, he hablado personalmente con casi todos ellos y tengo una idea bastante clara, prescindiendo de los detalles, de lo que proponen cada uno. Y, qué quieren que les diga, en un noventa por ciento, en el que va incluido lo esencial, coinciden. Pueden expresarlo de un modo u otro, revestir sus propuestas de diferente manera, poner el acento aquí o allí, pero no aprecio un solo motivo de relevancia para la ciudad de Lugo que pueda impedir el diálogo entre todos y el pacto entre los que hiciera falta.

Lugo son habas contadas. Desde nuestro salón de plenos no se va a terminar con el paro, con la lentitud de la Justicia, con la privatización de la sanidad o la educación, con la inmigración ilegal o con la avaricia de los financieros. Se podrá arrimar el hombro en lo posible para que los vecinos en peor situación lo pasen un poco mejor, para que un emprendedor acelere un par de semanas la licencia de su taller, para que un comedor escolar abra un par de sábados y domingos. Pero no mucho más.

Lugo es un ascensor en As Fontiñas para que los ancianos puedan subir hasta el centro de salud, es un núcleo del rural con saneamiento, es una dotación urgente para el viejo Xeral, es la rehabilitación del casco antiguo, es la limpieza de fincas urbanas, es un plan para A Milagrosa, es una calle asfaltada en As Gándaras, es una grúa que funcione, es un servicio de autobuses que sea útil, es una adjudicación transparente.Es un modelo de futuro para la ciudad que no tiene más horizonte que el turismo, la industria agroalimentaria y los servicios. Es un presupuesto prisionero del gasto corriente. Y todos los programas que yo he visto, los candidatos a los que he escuchado, son conscientes de ello, más allá de los detalles o de cómo los ordenen en la lista.

En el momento que atravesamos, solo los irresponsables y los ineptos pueden esconderse tras el parapeto de la ingobernabilidad. No deberíamos tener miedo al caos, en especial si el caos surge de las urnas. A no ser que el caos también sean ellos.

Artículo publicado en la edición impresa de El Progreso de el pasado domingo 17 de mayo de 2015.

¡El caos, el caos!
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