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El beso

Hay familias que arreglan sus problemas en casa y otras que hacen convenciones en la Cuba precastrista o en Sevilla

El beso entre Rajoy y Cifuentes. EFE
El beso entre Rajoy y Cifuentes. EFE

LAS PERSONAS NORMALES, las del montón, solemos solucionar los problemas familares en la cocina, el día del patrón o, si las cosas van a más, en el notario. Luego están las familias importantes, las famiglias, que son de reuniones más protocolarias: hubo una época en la que se pusieron muy de moda las conferencias en la Cuba precastrista, donde lo mismo se partía la herencia del juego en La Habana que el tráfico de drogas en Chicago que el control de los muelles en Nueva York; eran otros tiempos, ahora las actividades están más normalizadas y se apañan igual con una convención en Sevilla o con un funeral en el monasterio de El Escorial, según quién organice.

Cambian los lugares y los tiempos, pero la esencia es la misma. La resumió la consigliere Cospedal al inicio de la reunión en Sevilla: "Hay que defender lo nuestro y a los nuestros". En una tradición en la que el beso del boss o la foto con la nuera pueden significar, según y cómo, la diferencia entre el todo o la nada, es muy importante resaltar la precisión en los gestos y las palabras: "Lo nuestro y a los nuestros", por ese orden. Toda la familia popular lo entendió, menos Cifuentes, que no lo quiso entender aunque se lo huele.

Luego llegó Rajoy y acabó con las dudas: se fue hacia Fredo Cifuentes y la abrazó y besó con la rabia, el cariño y el desconsuelo de quien ya ha empezado a echarla de menos. "Manifiesto el apoyo del PP a la presidenta de la Comunidad de Madrid", soltó lacónico, por si no había quedado claro, y ella le sonrió con esa mueca ensayada que lo mismo vale para exprun sincero "¡pero qué majo eres, Marianico!" que un sorprendido "¿eso que acabo de notar es una puñalada en el bazo?". Cuando se quiso dar cuenta, de sus hasta entonces compañeros de partido brotaba una hemorragia de aplausos protocolarios, con entusiasmo de velatorio, que sonaban a sentencia.

La abrazó con la rabia, el cariño y el desconsuelo de quien ya ha empezado a echarla de menos

Al menos en esta ocasión, al contrario que en las clases de su máster, Cifuentes sí estaba presente para aprender que había pasado de ser "lo nuestro", uno de los grandes patrimonios del partido, esperanza de un futuro que prolongara eternamente el pasado del que vienen y del que viven, a "una de las nuestras", una soldado a quien rendir respetuosos honores por los servicios prestados cuando sea necesario sacrificarla para proteger "lo nuestro".

Así ha transcurrido para Cifuentes el resto de la convención en Sevilla: en público, ante las cámaras, sonrisas amables de solidaridad, como las que se ofrecen a ese conocido que sabes en estado terminal cuando vas a verlo al hospital, y aplausos exagerados como ráfagas de metralleta, como salvas de honor en un funeral de Estado; por los pasillos, en los mentideros y en los grupitos del café, miradas de lástima a hurtadillas y lamentos en voz baja, "¡qué pena de chica, con lo que prometía, si podía haberse comido el mundo!".

Cristina Cifuentes seguía repitiendo a quien quisera oírla eso de que su máster es totalmente legal, que ella había estudiado como la que más y que si algún error hubo fue de la Universidad Rey Juan Carlos (ese nombre, dicho sea de paso ya que hablamos de familias, ya debería habernos dado una pista), al parecer empecinada en regalarle un título y después, inexplicablemente, en borrar cualquier prueba con la que demostrar que lo tiene. Pero cuando ya no te quieren creer ni los tuyos, cuando el boss te ha dado el beso o te ha mandado el SMS de "sé fuerte", es el momento de asumir que es mejor hacerse a un lado.

En el caso de Cifuentes lo es, además, por un doble motivo: el común al clan, la protección de "lo nuestro", y el personal, que todavía siga siendo "uno de los nuestros" y una renuncia le abra alguna puerta giratoria, como antes le abrió la puerta de las titulaciones universitarias. Como no asuma su sacrificio, más pronto que tarde pasará a ser "esa persona de la que usted me habla" y cualquiera de los compañeros que estos días le sonreía y le aplaudía en la convención sevillana la visitará para invitarla a dar un paseo nocturno en barca.

Sobre todo porque este tipo de famiglias sabe lo que se juega cuando hay otros clanes disputándoles el territorio y el negocio. Cualquier error, cualquier signo de compasión puede ser interpretado como un síntoma de debilidad que desate la guerra por el poder. Y enfrente tiene a Ciudadanos, un clan que en su aún corta trayectoria ya ha demostrado una ambición y falta de escrúpulos digna de las mejores tradiciones, pero sin los límites autoimpuestos de estas. Concederles la ventaja del desgaste que supondría prolongar en el tiempo esta situación con una comisión de investigación, por inútil que esta fuera, podría significar la ruina de "lo nuestro".

No serán, por tanto, ni la dignidad propia ni el respeto a lo público los que pongan un final rápido a este drama mafioso que está protagonizando Cristina Cifuentes, sino el puro egoísmo y el instinto de suprevivencia de "los suyos".

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