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El alarde

El caso de Rita Maestre no va de ofensas religiosas ni de libertad de expresión, sino de proscribir la libertad de pensamiento

LAS RELIGIONES EN GENERAL, y el catolicismo en particular, porque es la que nos toca de cerca, deben tanto a la fe como al alarde. De hecho, es lo que les da sentido, el pavoneo y la ostentación de lo asombroso: el caminar por las aguas, resucitar según antojo, el lanzamiento de plagas y diluvios, la creación de los mares... ¡Y la omnipotencia!, ahí es nada la omnipotencia, como para no alardear, si fuera yo omnipotente no habría dios que me aguantase.

No es solo cosa de los dioses, también las jerarquías en las religiones estructuradas encuentran su razón de ser en el engreimiento: los representantes de los dioses en la Tierra, los intérpretes de las palabras divinas, los casados con Cristo... ¡Y la absolución de los pecados!, ahí es nada la absolución de los pecados, como para andarse con falsas modestias.

Es normal, a nadie le apetece adorar a seres pedestres, insustanciales, sin poderes especiales, de los que no puedas temer una buena lluvia de azufre si te pasas de vueltas o rogar una intervención milagrosa que te ayude a aprobar unas oposiciones. El fanfarroneo es tan consustancial a los dioses y, por tanto a las religiones, como el creer en algo cuya existencia es indemostrable. Viene en el paquete.

Me llama por eso la atención del escrito que la fiscal Marisa Morando ha realizado para defender la condena a Rita Maestre por su protesta en la capilla de la Universidad Complutense de Madrid, en el que parece especialmente ofendida por la jactancia de los participantes: "Es obvio que las señoritas están en su derecho de alardear de ser putas, libres, bolleras o lo que quieran ser", escribe la fiscal, "pero esa conducta realizada en el altar, espacio sagrado para los católicos al encontrarse allí el Sagrario, lugar donde según sus creencias se encuentra su Dios, implica un ánimo evidente de ofender".

El primer error es el evidente: según sus creencias, su dios se encuentra en todas las partes, no solo en el sagrario, porque es omnipresente

El primer error es el evidente: según sus creencias, su dios se encuentra en todas las partes, no solo en el sagrario, porque es omnipresente. Precisamente por eso a estos creyentes esta y otras protestas que se han hecho a lo largo de los siglos y por variados motivos, desde la rotación de la Tierra alrededor del Sol al divorcio, les han ofendido siempre. Ese es, de hecho, el gran problema, que están eternamente enojados, como dice una de sus canciones de Semana Santa.

El caso es que estoy de acuerdo con la fiscal en situar el eje del debate en el lugar, como trata de razonar después: "En la playa es normal estar sin sujetador para broncearse todo el cuerpo. Pero era un templo, no una playa. En el presente caso, la conducta de la acusada, quedándose en sujetador, traspasa lo que podría ser una falta de protocolo o de saber estar. Esa falta de protocolo y falta de saber estar sería que se quedase en sujetador en un pleno del ayuntamiento o quedarse en sujetador en una recepción oficial. Pero eso no lo ha hecho, seguramente porque respeta esos actos y lo que representan".

No puedo estar más de acuerdo, lo que no entiendo es cómo se puede esgrimir como argumento acusatorio lo que es evidentemente exculpatorio: esa forma de protesta y justo en ese lugar era exactamente lo que se requería, por lo que representan. Ese grupo de personas quería denunciar con su acción -por cierto, popularizada por Femen y ya mucho más común ante actos oficiales y protocolarios de lo que la fiscal quiere reconocer- que una institución de enseñanza pública con problemas de espacio y financiación dedicase dinero y sala a privilegiar a los creyentes de una determinada religión, y no a los de otras o a los de ninguna.

Es un mensaje simple: "Vamos a respetarnos, no vengáis a rezar a nuestras aulas y nosotros no iremos a pensar a vuestros templos"

Trataban de hacer llegar un mensaje tan simple como "vamos a respetarnos, no vengáis a rezar a nuestras aulas y nosotros no iremos a pensar a vuestros templos". Y era exactamente en ese lugar y en ningún otro donde tenía sentido realizar esta protesta, del mismo modo que el lugar de una concentración contra un desahucio es ante la vivienda y no en el desierto de Los Monegros. Sin embargo, la sentencia, la fiscal, se quedan en lo accesorio, en las tetas, el altar, los sujetadores, el sagrario... En lo de siempre, en el alarde.

Volvemos a esconder así tras un falso debate sobre los límites de la libertad de expresión lo que no es sino otro ataque a algo mucho más sagrado: lo que está en juego es la libertad de pensamiento. Es este caso otro episodio más de un proceso que avanza en los últimos años a una preocupante velocidad en nuestro país: la utilización de las estructuras del Estado al servicio de una ideología exclusiva y totalitaria.

En esta ocasión se ha usado a la Fiscalía, como en otras se han usado sospechosas brigadas policiales dirigidas por oscuros comisarios para crear falsos informes, o se han enviado a antidisturbios a disolver manifestaciones de preferentistas jubilados, o se exprime la ya triste famosa Ley Mordaza para coser con multas las bocas que gritan de hambre. Aún no se han apagado las palabras de Ignacio Cosidó, director general de la Policía y sicario principal del ministro Jorge Fernández Díaz: "Suponen una amenaza a nuestra democracia", dijo Cosidó en un alarde del nivel "aquí están mis santas pelotas", situando directamente fuera de la ley a más de cinco millones de españoles que cometieron el gran crimen de votar al partido que les dio la gana en unas elecciones democráticas.

No, esto no va de capillas ni de tetas ni de protocolos. Ni les escandalizó leer bolleras o putas en los cuerpos semidesnudos. Lo que les revienta es que alardeasen de libres.

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