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Doña Concepción

La polémica por la estelada ha sido uno de los planes mejor diseñados con mayor eficacia en mucho tiempo

ESTAMOS SOBREVALORADOS. Sobre todo, por nosotros mismos. No tenemos que avergonzarnos ni pedir disculpas, es nuestra naturaleza, probablemente otro instinto más inscrito en el ADN mitocondrial de la especie que nos permite seguir adelante cada día con nuestras existencias sin venirnos abajo ante tanta mediocridad interior. 

Todos y cada uno de nosotros estamos internamente convencidos de que somos mejores, más listos y más necesarios que todos y cada uno de los demás. Es por eso que cualquier imbécil, como yo sin ir más lejos, está convencido de que no hay nadie que pueda hacer mejor su trabajo y, a la vez, de que es capaz de hacer mejor el trabajo de cualquiera; por eso todos en un campo de fútbol ven qué cambio es el adecuado en ese momento de partido, salvo el entrenador, que no tiene ni idea; o cualquiera está más capacitado que nuestros gobernantes o nuestros jefes para la toma de decisiones. Y todos sabemos que nuestros fracasos personales, nuestras carreras capadas, nuestros amores malogrados se deben casi en exclusiva a la envidia que nos tienen todos los demás, que son gilipollas. Todos ustedes, en mi caso.

Nuestros fracasos personales, nuestras carreras capadas, nuestros amores malogrados se deben a la envidia de los demás

Supongo que este es el inevitable motivo por el que medio país se ha echado encima de la señora Dancausa, doña Concepción, por su papel en la polémica por el intento de prohibición de banderas independentistas catalanas en la final de la Copa del Rey que se juega hoy [el domingo]. La resolución judicial que sitúa en los márgenes de la democracia los humores autocráticos de la delegada del Gobierno en Madrid está siendo analizada como la prueba de su gran fracaso, como una torpeza política merecedora, cuando menos, de su dimisión. 

Una vez más, nos sobrevaloramos y, consecuentemente, menospreciamos a los demás y confundimos el diagnóstico. Yo, aunque me pese, voy a reconocer que ha sido uno de los planes mejor diseñados y ejecutados de la manera más eficaz que he visto en tiempo. Hasta rabia me da, con qué limpieza nos la han metido doblada. 

De entrada, alguien no llega a la Delegación del Gobierno en Madrid sin un currículum. En el caso de doña Concepción, heredera de una significada familia del franquismo y orgullosa representante del ala más derechista en un partido cada vez más derechista, sobraban méritos. Y llegó para hacer exactamente lo que está haciendo, controlar el ruido del manifestódromo nacional en un momento en el que la calle se estaba haciendo oír por encima de sus posibilidades. 

A sus propias capacidades para la reeducación de la masa por la vía rectal une las posibilidades de asesoramiento legal de la Abogacía del Estado, otro cuerpo que tiende a veces a la sobrevaloración propia pero al que hay pocos motivos para minusvalorar. Es, por tanto, muy osado sostener que cualquiera de esos letrados no le dejó bastante nítido que las posibilidades de que un ataque tan burdo a la libertad de expresión tuviera recorrido en un juzgado eran las que hemos visto, ninguna.

Como si no tuviéramos otra cosa de qué ocuparnos que de los colores del trapo que mejor combine con nuestra estupidez

Pese a todo, se decide prohibir la exhibición de la estelada justo en esta semana, cuando hace más de dos meses que se conocen tanto los finalistas como el estadio en el que se va a jugar el partido. Se hace, además, cuando el debate sobre el problema catalán llevaba mucho tiempo adormecido, desde las elecciones de diciembre, y cuando el país arrastra su resignación en otra precampaña. 

Hay que creerse mucho más listo que los demás para defender que todo esto no ha sido sino una torpeza coronada por el fracaso, en lugar de una jugada maestra pensada con tino y plena de éxito. Una jugada en la que el Gobierno, su delegada en Madrid y el partido que sostiene a ambos, no se jugaban nada, porque la única consecuencia que podía tener una previsible negativa judicial a apoyar su veto es que las banderas esteladas se izasen en el estadio Vicente Calderón, cosa que hubiera sucedido igual si no hubieran hecho nada. 

Sin embargo, la polémica ha servido para volver a reactivar el asunto de Cataluña y situarlo de nuevo en primera línea de cara a las próximas elecciones. Un conflicto que, tal y como se comprobó, ha dado muchos votos al partido. De paso, esta manera tan nuestra de debatir en trincheras ha hecho despertar a buena parte del electorado popular, decepcionado como los demás después de tantos meses de inoperancia política y ahora ya dispuesto de nuevo para lo que tenga que venir, prietas las filas. 

Por si fueran pocos los beneficios, la polémica de la banderita, como si no tuviéramos otra cosa más importante de qué preocuparnos que de los colores del trapo que mejor combine con nuestra estupidez, ha tapado cualquier otro análisis en unos días en los que, por ejemplo, hemos conocido que Europa nos exige otros ocho mil millones de euros en recortes; que nos está preparando una multa por incumplimiento del déficit que va crujir al próximo gobierno que salga de las urnas; o que la deuda pública ha superado el 100% del PIB, en lo que no es sino la constatación de que la gestión de Rajoy será recordada en este país durante muchísimo tiempo, seguramente durante generaciones. 

Habremos de reconocer que difícilmente se puede obtener mayor rentabilidad con menor riesgo que doña Concepción. Es difícil, porque es nuestra naturaleza, pero deberíamos esforzarnos en sobrevalorarnos menos a nosotros mismos y en valorar en su justa medida a los demás. Sobre todo porque algunos de ellos tienen perfectamente claro quiénes son los gilipollas.

* Artículo publicado en la edición impresa de El Progreso el 22/05/2016

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