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Diagnóstico leve

LOS MÉDICOS no se acaban de explicar cómo estando yo tan bien como estoy, estoy tan mal. Yo en esto ni entro ni salgo, no me incumbe, y ni falta que les hago a semejante grupo de brillantes especialistas, sabios generalistas y minuciosos analistas, todos con sus estudios y sus batas blancas con un montón de bolígrafos de colorines asomando de los bolsillos. Yo callo y me dejo hacer, porque da gustito sentirse interesante, aunque solo sea por una anomalía en el colon o una espirometría mal soplada, así de triste es la vida de quienes no somos nadie. Pero para mí que al final va a ser mucho menos de lo que ellos piensan y bastante más de lo que pienso yo.

Da igual, el caso es que los voy dejando hacer, solo por ver si consiguen arreglar a su modo lo que hasta hace no mucho tiempo se hubiera solucionado tirándome por un acantilado a los pocos días de nacer, por ahorrar gastos irrecuperables a la tribu y apaciguar, de paso, algunas iras divinas. Es el suyo, de cualquier manera, un esfuerzo muy de agradecer.

Las enfermedades, como todo en la vida, se me tienden a cronificar


Me tienen, incluso, un poco preocupado, porque con esta matraca de los recortes no sé cómo estarán haciendo para ocultarle a la gerencia del Hula tanto dispendio en paciente tan nimio. El mejor día los llaman a consulta, porque ni aunque entre ellos y Rajoy consigan mantenerme trabajando hasta los 70 años iba a pagar lo suficiente a la Seguridad Social como para compensar el gasto. A mí las enfermedades, como todo en la vida, se me tienden a cronificar.


Sea como sea, tanto recorrido por los hospitales me está permitiendo conocer un montón de departamentos médicos y servicios sanitarios. Supongo que en estos asuntos cada uno cuenta la feria según le va, y a lo mejor me estoy adelantando y lo peor está por llegar, pero yo no puedo sino reafirmarme en la opinión que ya sostenía de que nuestro sistema sanitario público es admirable, probablemente el mayor de nuestros éxitos como sociedad si exceptuamos la propia democracia.

Nadie va a negar ahora que el sistema tiene sus fallos, pero no seré yo quien se los eche en cara, porque mantengo como enfermo mi desastroso nivel general, próximo a la gangrena: olvido citas, llego tarde a las consultas, pido que me adelanten pruebas, incumplo tratamientos, ignoro ultimatums... Pese a todo, la mayor parte de los trabajadores de la sanidad pública que me encuentro, desde los administrativos a los auxiliares, pasando por los médicos, enfermeros o cualquier otro eslabón del sistema, se esfuerzan en solucionarme problemas que generalmente he provocado yo. O ellos, lo mismo da, pero buscan soluciones dentro de las posibilidades del sistema.

El sistema público de salud debería estar en manos de profesionales comprometidos con su curación y no de matasanos


Me resulta por todo esto especialmente doloroso comprobar cómo nuestros gobiernos, nacional y autonómicos, están tratando de desmantelar la sanidad pública bajo la falsa coartada de su insostenibilidad. Un argumento basado en informes nunca mostrados, seguramente inexistentes, y esgrimidos para favorecer al ya poderoso lobby de la gestión sanitaria privada.


Más bien al contrario, todos los seguimientos serios que se han realizado sobre la privatización de servicios sanitarios públicos, incluso en aquellos modelos basados en la financiación mixta, han concluido que la indiscutible reducción de calidad en la atención al enfermo no ha llevado aparejada una reducción sustancial de costes. Países como Gran Bretaña o Francia, donde se han hecho este tipo de seguimientos en algunos hospitales, están ahora debatiendo cómo recuperar la gestión pública de los mismos.


El problema es que nuestros gestores, ante la falta de esos datos que justifiquen sus tratamientos invasivos, han decidido falsificar el historial clínico del sistema por el método más radical, provocando la enfermedad: primero inventan el diagnóstico que les conviene, la supuesta insostenibilidad, para administrar un tratamiento, los recortes, que convierta a un paciente sano con leves achaques pasajeros en un enfermo terminal al que aplicar la eutanasia de la privatización.

Es innegable que nuestro sistema público de salud debe aliviar síntomas y suturar heridas


Es innegable que nuestro sistema público de salud debe aliviar síntomas y suturar heridas. Pero como cualquier enfermo necesita estar en manos de profesionales comprometidos con su curación y no en matasanos con una nociva predisposición a la sangría y la autopsia. También ayudaría, supongo, que algunos aprendiéramos a ser más pacientes que enfermos.

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