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Cuñados

Si aprendiéramos a encajar mejor las bromas y peor las tomaduras de pelo nos ahorraríamos un montón de indignaciones gratuitas

Casi humanos.
Casi humanos.

PUES A mi los británicos no me caen mal del todo. Algunos me despiertan hasta ternura, a veces te miran de una manera que parece que te comprendieran y se fueran a soltar a hablar, como si fueran humanos. Y me gusta especialmente su sentido del humor, incluso el de Chris Haslam, el corresponsal de viajes del diario The Sunday Times que esta semana ha puesto a media España de mala virgen con un artículo sarcástico sobre los españoles.

Si algo echo de menos en su simpática recolección de tópicos es una referencia a esa nueva característica del españolito de pura cepa, una absurda tendencia a la indignación por las causas más peregrinas y, en especial, las menos relevantes. Si entrenáramos ese arrebato de ira con cada caso de corrupción, de recortes sociales o de desvergüenza patria en lugar de por unos cuantos chistes mal hilados, a lo mejor los extranjeros nos verían con más respeto.

Además, no podemos olvidar que los ingleses y los españoles llevamos siglos por el mundo adelante matándonos, guerreando juntos y frente a frente, saqueándonos barcos y colonias, haciéndonos la puñeta. Que ya hay confianza, vamos, como para poder decirnos cuatro tonterías a la cara sin declararnos otra guerra. Somos ya como de la familia; bueno, sin pasarnos, quizás algo parecido a cuñados.

Y habrá que reconocer que razón no le falta al Haslam ese. Por ejemplo, en lo de la impuntualidad. Hay que pensar que hablamos de británicos, que se han construido un mito nacional sobre los pilares de la puntualidad y los zapatos limpios. Esta misma semana, su ministro de Desarrollo Internacional, lord Michael Bates, ha presentado su dimisión porque llegó dos minutos tarde a una sesión parlamentaria; no se la han aceptado, claro, porque lo de la autoindulgencia también es muy británico, pero él la ha presentado.

En estas condiciones, es imposible que nos entiendan a nosotros, que cuando quedamos lo hacemos "a eso de la once más o menos", bailando el más o menos entre las once y cinco y las tres de la tarde. Nosotros tenemos políticos que deberían incluir los retrasos en el programa electoral. El día, por ejemplo, que Alberto Núñez Feijóo o Darío Campos se despisten y se presenten a la hora en una acto convocado por ellos, es posible que se desate tal especulación que acabe en crisis de gobierno. Sin necesidad de que dimita nadie, damos por hecho.

Tampoco sé muy bien para qué quieren luego los británicos todo ese tiempo, a no ser que sea para conquistar un imperio o para expoliar la India. Que esa es otra: siglos de colonización e intercambio con muchas de las culturas más ricas de la civilización para acabar comiendo fish and chips y pudding, ¡vamos, no me jodas! Así cómo van a entender que nosotros nos pasemos dos horas comiendo o nos marquemos una cena de señores. Por eso se ventilan el almuerzo en dos patadas, porque con esa porquería no apetece.

Le llama también la atención al corresponsal de The Sunday Times que nos abracemos en los bares y que hablemos a gritos. A mí esto, la verdad, también me sorprende: no tenia ni idea de que hubiera otra manera de estar en los bares. Por supuesto que gritamos, faltaría más. De hecho, no solo en los bares, es nuestra manera habitual de debatir; basta con darse una vuelta por cualquier parlamento patrio para comprobar que el soliloquio enfurecido es la base de nuestra comunicación.

Discutir a gritos, y sobre todo en los bares y en los parlamentos, tiene tres ventajas evidentes. La primera es que te cargas de razón, cuanto más alto hables, más sólido tu argumento. La segunda, que es la única manera de hacerte oír sobre los gritos de los demás. Y la tercera y más importante, que mientras gritas lo tuyo no oyes las estupideces de los demás, que no tienen ni idea de qué hablan.

Nuestro comportamiento en los bares centra buena parte de la atención de Chris Haslam, como es normal porque los bares forman el hábitat natural de los guiris. No dice nada, por poner el caso, de cómo somos en las catedrales o en las reuniones de vecinos, porque no interesa. Y sigue teniendo razón en casi todo lo que dice, porque diferenciar la tapa del pincho tiene su ciencia y se necesita entrenamiento. Y sí, somos unos guarros que tiramos al suelo "todo lo que haya en el bar que no se pueda comer o beber". Por fortuna, en los bares españoles se puede comer o beber prácticamente todo, salvo las cáscaras de los cacahuetes, los palillos y algún camarero que no lo traga ni dios.

Yo sí me siento bastante identificado con buena parte de la caricatura que dibuja Haslam de los españoles. Solo que no creo que tenga que pedir perdón a ningún cuñado británico, ni turco, ni alemán ni indonesio por ello, ni me importa un pimiento su opinión sobre mí. Es más, ni siquiera sabría quién es Chris Haslam ni lo que piensa si no fuera por ese buen puñado de españoles sinsustancias que van dejando todo el suelo perdidito de indignación.

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