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Cuestiones puntuales

El fútbol sufre una epidemia de excepcionalidad fiscal, tan rara como la corrupción política o la evasión en el gran capital

VIVIMOS UNA auténtica epidemia de casos puntuales, puntuales como la gripe, que llega puntual cada invierno. Es una putada que sean puntuales, porque si fueran habituales podríamos intentarlo con algún tipo de vacuna, pero siendo los casos así de escurridizos e imprevisibles, estamos en manos del azar. Que toca joderse y aguantar, vamos.

Pasó primero con los políticos, un grupo de riesgo asolado por casos puntuales de corrupción que se encuentra a merced del contagio aleatorio. La epidemia ha pillado con las defensas bajas a centenares de ellos, se ha extendido como una plaga por todo el territorio nacional, afectando por igual a concejales de medio pelo que a ministros de rompe y rasga, a nacionalistas periféricos que a centralistas redomados, a liberales en lo económico pero reaccionarios en lo social que a socialistas en lo ajeno pero conservadores en lo propio, todos puntualmente imputados. Del rey abajo, nadie está libre de sufrir un caso excepcional de corrupción; del rey arriba, lo mismo da.

A lo mejor es que, al ser todo puntual, se confían y negocian los contratos y adjudicaciones sin protección, y se la contagian unos a otros sin la menor intención, como la gonorrea. Pasa mucho también, al parecer, en el mundo de las altas finanzas, las grandes empresas y las viejas fortunas, pobres víctimas de insólitos ataques de evasión fiscal que, por su carácter evidentemente excepcional, solo pueden ser tratados con ventajosas regularizaciones y mucho amor y comprensión, que bastante tienen con su sufrimiento. Si fuera algo generalizado, como el fraude de los pequeños empresarios, los autónomos o los perceptores de ayudas sociales, se podría preparar un tratamiento de choque con armamento legislativo y ejército de inspectores, pero al ser lo suyo tan puntual, no hay manera.

Al ser todo tan puntual, se confían y negocian sin protección, y se la contagian unos a otros sin la menor intención, como la gonorrea


La excepcionalidad amenaza también con convertirse en norma en el mundo del fútbol. Ya sabíamos de las excepciones que parecen haber afectado a la práctica totalidad de los grandes fichajes del Barcelona, desde Messi a Neymar pasando por Mascherano, pero una investigación desarrollada por un grupo de medios de comunicación de toda Europa acaba de poner negro sobre blanco, por si no llegaba con lo azulgrana, que el fraude parece haber contagiado puntualmente a todo el sistema, con mayor virulencia cuanto mayor es el contrato y más rutilante la estrella.

"Yo no creo", ha querido atajar el ministro de Justicia español, Rafael Catalá, "que temas puntuales puedan descalificar en su conjunto ni la transparencia que existe desde el punto de vista tributario en el fútbol, ni el trabajo que cada día van a ejercer la Agencia Tributaria y los tribunales".

Si no supiéramos que es algo impropio de un ministro, y por tanto del todo descartable, podríamos pensar que nos trata de tomar el pelo. A nuestra Agencia Tributaria el asuntillo de Ronaldo, Xabi Alonso, Di María, Carvalho, Coentrao o Falcao les ha pillado tan de imprevisto como a los demás. No había datos para sospechar siquiera que el mundo del fútbol nos estaba regateando de esta manera a todos. Porque, al fin y al cabo, el hecho de que las cúpulas de la Fifa y la Uefa al completo hayan sido investigadas por corrupción generalizada, habiendo quedado señaladas como los organismos oficiales más podridos del mundo, no era como para desconfiar.

Tampoco, barriendo para casa, había motivo de alarma en el funcionamiento cuasimafioso de la RFEF y sus federaciones asociadas, o en la relajación ética de la LFP. Quién podría imaginar que algo así podría estar pasando en un mundo tan sano como el del fútbol profesional, cuyos clubes acumulan deudas con Hacienda y la Seguridad Social del tamaño de los recortes en sanidad pública, donde se ha enterrado dinero público ya imposible de cuantificar, que nos ha dado personajes tan siniestros como la familia Gil y su mascota, Cerezo, Joan Laporta, Florentino Pérez, Lendoiro, Ruiz de Lopera, Villar, Del Nido o Javier Tebas, por recordar a unos cuantos sin ánimo de exhaustividad.

Tendremos que asumir, entonces, que esto del fraude generalizado y el filibusterismo económico es otra de esas cuestiones definitorias del fútbol que no tienen absolutamente nada que ver con el fútbol, como el machismo o como la violencia de los ultras, que son mimados y subvencionados por los mismos clubes que reniegan de ellos con la boca pequeña cuando la lían parda.

Ha desvelado Football Leaks que Cristiano Ronaldo obliga a firmar a sus empleados una cláusula de confidencialidad que les prohibe hablar de él hasta 70 años después de la muerte del jugador o del último de sus familiares. En unos tipos que miran al resto del mundo como si fuéramos sus criados, no me parece mala solución. Sigamos guardando un puntual silencio.

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