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Cuatro dedos

Gran Bretaña afronta el Sexit: su Parlamenton estudia una ley para prohibir "prácticas sexuales no convencionales"

TRAS EL Brexit, llega el Sexit, y si no, al tiempo. Se ve que a los conservadores del Gobierno británico no les valía con la que han liado -sobre todo a ellos mismos, como ahora están viendo- con sus pretensiones de salirse de la Unión Europea, que ahora han enfilado sus naves directamente contra los salidos. Solo que con los salidos les pasa como con los inmigrantes, que unos valen y otros no, porque ya se sabe que la carne y el sistema son débiles.

Andan enfangados estos días los parlamentarios británicos en la discusión de un proyecto de ley sobre economía digital, un debate que les debe de estar aburriendo tanto como cabría esperar del tema, por lo que han decidido darle gusto el cuerpo y meter algo de picante. Uno de los puntos de esa ley estará dedicado a prohibir a los ciudadanos británicos el acceso a sitios web que publiquen "prácticas sexuales no convencionales". Así, a bulto.

Voy a confesar que me apasionaría, aunque no sé si hasta el punto de que se pudiera considerar sexo, asistir a los debates de la comisión que esté elaborando la ley cuando entren en lo menudo, en el detalle. Conocida y bien documentada la larga tradición de los escándalos sexuales más estrámboticos en la política británica, la discusión sobre convencionalismos aplicados a las zonas erógenas tiene que tener por fuerza momentos de intensidad erecta.

Un listado corto pero prometedor en un país en el que su príncipe heredero y futuro rey soñaba con ser el tampax de su amante


Nunca he acabado de comprender la necesidad que mueve al neoliberalismo, que encuentra su estimulación para el onanismo ideológico en la intervención mínima del Estado y las regulaciones imprescindibles para el desarrollo de la libertad individual, a comenzar a aprobar y regular los ámbitos más privados de los ciudadanos según llegan al poder, y casi siempre para prohibir. Deberían hacérselo mirar, porque la contradicción es tan abultada que amenaza con caer en el campo de las parafilias.

Rebusco y releo en las informaciones para asegurarme de que he entendido bien, de que se trata de prohibir a ciudadanos adultos y libres el acceso a contenidos "sexuales no convencionales" ofrecidos por webs perfectamente legales. Prácticas que seguirán siendo de hecho legales y que nadie les puede impedir que disfruten piel contra piel, contra cuero o a contrapelo, cada uno según los deseos y las capacidades que le hayan tocado, pero que no podrán ver convertidas en contenido audiovisual.

Me preguntó cómo decidirán sus señorías qué es convencional o qué deja de serlo en una relación privada entre personas adultas, qué tipo de expertos y expertas serán citados a consulta, cómo se ilustrarán los informes de trabajo, dónde se documentarán los asesores y, sobre todo, cómo pretenden salir sin mayores daños de semejante bacanal parlamentaria.

Las informaciones que se han ido conociendo detallan algunas de esas prácticas que podrían ser censuradas en Gran Bretaña: azotes que dejan marca, actos que implican orina o menstruación, eyaculación femenina (ya que la masculina está permitida) o introducir más de cuatro dedos en cualquier orificio. Un listado corto pero prometedor, y más en un país en el que su príncipe heredero y futuro rey -si logra sobrevivir a su madre- soñaba con ser el tampax de su amante y cuyos medios de comunicación y opinión pública pasaron un buen rato dirimiendo si su primer ministro había practicado sexo oral con un cerdo muerto, que poco pudo aportar por el doble motivo de estar muerto y de tener la boca ocupada. El cerdo, digo, no el primer ministro.

Sé que es una opinión muy particular, pero yo, de entrada, no pondría mayores reparos a prescindir de cualquier práctica que implique orina, y cuatro dedos en un orificio, cualquiera que sea e incluso cualquiera que sea el grosor de los dedos, se me antojan más que suficientes. Pero ahora mismo, por ejemplo, no se me ocurre nada en contra de la eyaculación femenina como tal, más allá del esfuerzo y dedicación que se precise, que eso ya depende.

Pero, claro, también habrá quien opine con igual fundamento que cada uno con su orina puede hacer lo que quiera menos salpicar, que cuatro dedos solo alcanzan para los preliminares o que no hay nada tan hermoso como la marca de un azote en su propio cuerpo. Y que si esas personas han conseguido encontrar a otras con las que compartir esos momentos, prohibir webs que ofrezcan esos contenidos es un paso hacia la criminalización de la diferencia, hacia la negación de la individualidad.

Siento de verdad curiosidad por saber cómo terminará el asunto del Sexit, aunque el sentido común me invita a pensar en un coitus interruptus. Como sigo sin explicarme la parafilia de algunos políticos de meter sus dedos en los orificios de los ciudadanos, teniendo los suyos tan a mano.

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