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¿A cuánto el polvo?

El culebrón de la Diputación amenaza con cuatro años de constantes giros de guion y cualquiera encamado con cualquiera

"Tres veces te engañé: la primera por coraje, la segunda por capricho, la tercera por placer", cantaba con la voz cargada de tequila y rencor Paquita la del Barrio, mexicana grande y señorona, vestido de pedrería y lentejuela ceñido a las carnes y una coqueta canana con un revólver del 38 a la cintura, por si algún admirador embravecido se le venía encima. "Y después de esas tres veces, no quiero volverte a ver. ¡Me estás oyendo, inútil!", escupía luego con ese estilo único de la mujer que supo hacer del desprecio un género musical, dejando claro que hay que ser muy macho para ser la mitad de mujer que Paquita.

No me puedo sacar la canción de la cabeza desde que asisto, ya con la indignación primera convertida en estupor, al culebrón de la Diputación de Lugo, con Manolito el de Becerreá llorando a tiros su rencor: "Cuatro veces me engañaron", entona mientras dispara un folio con las firmas de sus diez amantes traidores, compañeros de cama que no lo quieren volver a ver. "¡Me estáis oyendo, inútiles!", le falta decir, sin faltarle porque ni falta que hace que lo diga para que todos lo escuchemos. "No es por mí, Manolo, es por ti", reprochan después ellos, menudo papelón, "que te has ido de tránsfugas y nos has engañado con una cualquiera en una gasolinera".

Al final va a terminar con Martínez de presidente de facto, constituido en junta de gobierno unipersonal, con el PP haciéndole requiebros

Nos quedamos así, con la boca abierta y la ansiedad encasquillada, en espera del siguiente capítulo, de la siguiente pirueta del guión. ¿Quién se encamará con quién? ¿Es amor o solo sexo? ¿Habrá acuerdo de divorcio? ¿A cuánto el polvo? ¿Quién caerá más bajo?

Hay en la Diputación, explican, un problema de transfuguismo, que tal y como va lo mismo puede acabar con Manuel Martínez apartado del Partido Socialista de Ahora, que con los otros diez diputados socialistas de antes en el grupo mixto con el BNG, al que apenas le llega para montar grupo propio pero ha montado una de narices. Al final va resultar que después de dar tantas vueltas para deshacerse de Martínez, este va a terminar de presidente de facto, constituido en una junta de gobierno unipersonal y con el PP haciéndole requiebros.

Menos mal que todo es por nuestro bien, porque si por un momento sospechásemos que en realidad se están riendo de nosotros entre todos ellos, esto era como para cabrearse. Aunque es verdad que puede hacer desconfiar que todo haya reventado de una manera tan purulenta a cuenta del pleno de organización: es, para entendernos, el del reparto del pastel, y cuando no hay mayorías absolutas suele ser el primero y último de todo el mandato en el que los grupos llegan a acuerdos. No hay diferencia ideológica que, en beneficio del interés general, no pueda ser superada con unas buenas asignaciones y varios sueldos de libre designación.

Sí que es verdad que ya había desamor, cuernos y reproches de antes, que bien se veía que el cariño no era el mismo de los últimos ocho años. Es lo que tienen los matrimonios de conveniencia, que a medida que pasa el tiempo va habiendo ratos que no convienen, hasta que no convienen ni a ratos. Y esto lo mismo vale para los de la bancada propia que para los de la ajena. Así, lo que antes era una imputación sin relevancia, una cana al aire en una sólida relación de pareja, se convierte de la noche a la mañana en una línea roja, en un hasta aquí hemos llegado.

Lo malo de los divorcios, aunque sean a tres bandas, como este, es cuando hay por medio criaturas, como nosotros. Tan bien nos quieren que nos hacen llorar, aunque sea por vergüenza ajena, como ahora. Aquí hemos perdido todos, sobre todo los ciudadanos.

Los matrimonios de conveniencia, a medida que pasa el tiempo, hay ratos que no convienen, hasta que no convienen ni a ratos

Porque Manuel Martínez se ganó, en ocho años de arar con los bueyes de Cacharro para sembrar los pastos que se comió Besteiro durante otros ocho, el derecho a tener ilusiones. Luego se la jugó en dos votaciones a pecho descubierto, una municipal y otra interna de su partido, poniendo todas las cartas sobre la mesa, y también ganó. Y después se ganó el respeto de muchos cuando no se dejó ningunear por los que se decían sus compañeros ni arrinconar por los que antes le llamaban socios, y mantuvo su postura hasta el extremo de sacrificar el propio gobierno provincial. Un respeto que, sin embargo, luego perdió cuando puso precio a su dignidad, vías y obras y un puesto de mando donde se le viese bien. Ahí demostró que quizás todo lo anterior tenía más que ver con la ambición personal y el ansia de poder que con la honra, que su voluntad de servicio a una causa común también tiene un precio. Y quien acepta venderse a sí mismo, puede vender a cualquiera.

Algo que han dejado muy claro a todo el mundo, y sobre todo a los de dentro, en el PSOE. A partir de ahora, ningún socialista lucense tiene derecho a la sorpresa o el reproche cuando note el cuchillo de su compadre hurgándole entre los omóplatos. Entre la traición y la gallardía de intentar un gobierno en minoría para poner al BNG ante la responsabilidad de su propia contradicción, eligió el descrédito.

Una situación, la de descrédito, en la que el BNG vive hace ya mucho tiempo y que ahora ha confirmado de una manera tan chabacana, en una pataleta vergonzante por haber perdido la ocasión de sustentar con el dinero público casi tantos asesores como votantes tiene.

Este es el guion del culebrón que emitirán en la Diputación lucense durante los próximos cuatro años. Menos mal que todo es por el bien de la democracia y para cumplir la voluntad de los ciudadanos. Faltaría más, somos los que pagamos.

¿A cuánto el polvo?
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