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Cuando fuimos viejos

TENGO MUY MAL concepto de la juventud. De la mía, quiero decir. Supongo que tiene que ver con los recuerdos, con que no los tengo.Mi familia, e incluso algunos de mis amigos, creen recordar que sí, que en algún momento fui joven, uno del montón, ni fu ni fa, tan feliz y atormentado como cualquier otro. Yo no lo podría jurar. A veces se me vienen imágenes borrosas e inconexas de una madrugada que llegué de fiesta, quizás con 18 años, me metí en la cama y me desperté ocho años después con un título universitario que no sé cómo aprobé, un contrato laboral con trienio en el que alguien había puesto mi firma y una resaca que todavía hay mañanas que me da dolor de cabeza.

Quiero suponer que a partir de ahí todo fue a mejor, aunque tampoco tenga gran cosa para argumentar en ese sentido. Por eso no me siento joven ni ahora que me hago viejo, que es cuando la mayoría de las personas tienden a sentirse jóvenes porque cuando de verdad lo son no tienen un segundo que perder en esas tonterías, tan ocupadas como están apurando los últimos segundos de sus vidas.

Joven es solo una etiqueta que nos ponen los otros cuando aún no la necesitamos y nos adjudicamos nosotros cuando ya no la merecemos. "Yo todavía soy joven, de espíritu y de cabeza", se oye decir al tipo de turno mientras se da golpecitos con el índice en la sien. Pues yo no, yo me siento envejecer desde hace tanto tiempo que ahora hasta estoy muy bien para mi edad, aunque mi hija no piense lo mismo: "Qué viejo eres, papá, mira cuántas canas tienes, eres viejísimo", se asombra mientras pasa sus pequeñas manitas por mi pelo. "Yo también te quiero mucho, Bicho, y casi nunca me he arrepentido de haberte recogido de aquella papelera del parque de Frigsa cuando eras un bebé, aunque mamá no quería", le explico, vengándome por anticipado del día que decida dejarme abandonado en una gasolinera en mi silla de ruedas.

Me fastidia porque los niños siempre dicen la verdad, y de verdad soy viejo. Tanto que ya no hago esfuerzos ni por entender a los jóvenes. El Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud acaba de publicar un estudio que concluye que son cada vez más conservadores ante la vida en general y que, seguramente por la crisis, cada vez apuestan más por los valores tradicionales. Entre estos, el estudio, que recoge respuestas de chavales entre 18 y 25 años, cita el esfuerzo, el ahorro, la prudencia y el orden y la seguridad ciudadana.

A mí, por el contrario, cada vez me importan menos todos ellos, señal inequívoca de mi envejecimiento, intuyo. Será porque a mí también me criaron en muchos de esos valores, y ahora compruebo que no puedo citar nada que merezca la pena que haya conseguido después de tanto esfuerzo, prudencia y ahorro.

Si algo deberíamos haber aprendido de estos años de crisis selectiva y estafa generalizada es que esos valores que permitieron a nuestros abuelos y padres legarnos un futuro no valen ya ni la tinta que se gasta en escribirlos; que el esfuerzo personal no alcanza si no se acompaña de la ansiedad acaparadora de un tesorero de partido y la personalidad psicopática de un gran financiero; que la prudencia es la coartada tras la que se esconde el miedo a que algo cambie, aunque sea a mejor; que orden es solo el establecido por quienes lo utilizan como guardián de sus privilegios; que la seguridad ciudadana es una mordaza que utiliza el poder para que no escuchen nuestros lamentos mientras nos despluman y apalean.

En un país con una tasa de paro juvenil por encima del cincuenta por ciento y el aeropuerto o la miseria como únicas salidas, un joven anclado en la prudencia y preocupado por el orden y la seguridad es lo más viejo que puedo imaginar.

Bien es cierto que los viejos nunca hemos sabido comprender a los jóvenes, afortunadamente para ellos. Cada generación ha estado convencida de que ha sido más responsable, más esforzaba y ha superado condiciones más difíciles que la siguiente. Mi generación, sin embargo, ya no lo podrá decir, porque hasta se han apropiado del mito de los valores tradicionales. Yo ni de joven ni de viejo he dado un buen consejo, ni siquiera a mí mismo, pero tengo la sensación de que el esfuerzo de la juventud podría ser mucho más útil enfocado hacia otros objetivos que no fueran la prudencia y el orden establecido.

Se mantiene el idioma original del artículo, publicado en la edición impresa del diario del domingo, día 12 de abril de 2015.

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