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Congresos y salchichas

Hay cosas que los ciudadnos prefieren no saber cómo se hacen, es más fácil mantener sus escrúpulos bajo control

"LA GENTE está más tranquila sin saber cómo se hacen las salchichas y las leyes". Siempre había oído atribuir la frase al canciller y estadista alemán Otto von Bismarck, aunque parece que no, que el autor original es un tal John Godfrey Saxe. Un acierto pleno de perspicacia, en cualquier caso, al que los adanistas de Podemos han añadido este fin de semana otro proceso a mantener protegido de la curiosidad del pueblo: los congresos de los partidos políticos. Para tranquilidad de ambos, del pueblo y de los políticos.

El desprecio de estos novísimos por los clásicos es tan arrebatado que incluso les impide aprovechar en propio beneficio enseñanzas fuera de toda sospecha ideológica, como la asentada costumbre de que a un congreso se va con todo ya hecho, no a debatir. Si queda mucho por negociar, es el momento justo de aplazarlo. Y mejor sin fecha, no sirve apurarse. Es decir, un congreso de partido solo se hace cuando ya no es necesario o no queda más remedio.

Los socialistas, por ejemplo, lo han aplazado para cuando les venga bien, sobre todo a Susana Díaz, que a lo mejor es cuando está previsto o a lo mejor no, ya se verá. El PP, sin embargo, lo ha organizado ahora porque era del todo innecesario.

Antes, en la cocina, se fueron quedando José María Aznar, Esperanza Aguirre y otros maestros salchicheros escaldados, así como cualquier propuesta-ponencia fuera de carta, como la petición de primarias internas, la limitación de mandatos o la depuración de responsabilidades por la corrupción endémica del partido. Y las que no se pudieron cocer lo suficiente, se aplazaron, como el debate sobre la gestación subrogada, al que aún le falta un hervor.

Un congreso de partido solo se hace cuando ya no es necesario o no queda más remedio

Es verdad que han estado a punto de salir abrasados con el asuntillo de la acumulación de cargos de María Dolores de Cospedal. Un desajuste nimio si tenemos en cuenta que el PP ha perdido últimamente más mayorías absolutas de las que parece dispuesto a recordar, y que se ha arreglado como se esperaba en una organización con las tablas de esta: voto a mano alzada, recuento a ojo y dos pinches de cocina de Castilla-La Mancha enviados a pelar patatas. Y aplausos lo suficientemente fuertes como para tapar los pitos.

Son este tipo de detalles los que marcan la diferencia, los que se aprenden con la experiencia que Podemos no ha sabido aprovechar, aunque fuera ajena. Cuando ni la materia prima ni el chef dan para alardes, es el momento de pedir el menú del día, cocina eficaz y sin ambiciones.

Muy al contrario, Pablo Iglesias, Iñigo Errejón y sus respectivos pinches llevan meses cocinando sus salchichas a la vista de todo el mundo, con un exhibicionismo casi impúdico, totalmente innecesario. Han querido ser tan innovadores que han olvidado que a la mayoría de los ciudadanos, incluidos los cinco millones que les han votado, les importan más bien poco, tirando a nada, las discusiones sobre comités técnicos, equipos de estrategia y asesorías varias. Esas listas se llevan cocinadas de casa, se les da un poco de calor antes de servir y a comer.

Lo que unos ciudadanos hartos de la política y, sobre todo, de los políticos demandan es un partido en el que por lo menos todos vayan en la misma dirección, aunque sea equivocada, que dé sensación de capacidad para devolverles el futuro que otros les habían robado y que al menos aparente que lo está haciendo por ellos, y no por intereses individuales y protagonismos de difícil justificación.

Sorprende de manera particular la torpeza que ha demostrado Podemos precisamente en uno de sus puntos fuertes, la comunicación, el golpe de efecto, que con tan buenos réditos habían manejado hasta ahora.

En las votaciones de Vistalegre II han participado 155.000 personas, que me parece una burrada de cifra en estas circunstancias, y quien haya tenido interés ha podido tener acceso a propuestas políticas y sociales de bastante nivel que, más allá de que se esté más o menos de acuerdo, dan al menos para una reflexión pausada. Y la organización ha demostrado que mantiene un músculo notable para dar tantos palos de ciego y haber jugueteado con un desencanto impropio de su juventud.

Pero nada de eso habrá servido de nada. Pase lo que pase en la votación, gane Iglesias o Errejón, el perdedor del congreso ha sido Podemos. Por lo visto, dudo mucho de que exista ese riesgo de ruptura que algunos medios de comunicación llevan tiempo aventurando y creo, muy a pesar de algunos, que esta gente ha llegado para quedarse. Ni siquiera Iglesias o Errejón pueden hacer el suficiente daño como para que toda la indignación popular que ha canalizado Podemos se diluya. Pero estos dos mequetrefes sí se han bastado para que la imagen que quede de este congreso sea la de la división y los personalismos.

No pasa nada, en política la memoria es corta y pronto volveremos a comer salchichas sin pensar en cómo se hacen. Los congresos del PP y de Podemos serán olvido y nadie recordará otra frase, esta sí de Bismarck, que aconseja "cuidarse de los que solo ven desorden en el ruido y paz en el silencio".

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