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Condenada justicia

A VECES, por simple desconocimiento, somos muy injustos con el trabajo de los demás. Por ejemplo, es muy fácil señalar sin más el caso de las multas de Tráfico como una de las actuaciones judiciales más absurdas e incomprensibles para el ciudadano de a pie que se recuerdan por aquí, pero eso es un análisis simplista fruto del calentón que ignora todo el esfuerzo que hay detrás.

Porque para perpetrar semejante monumento al disparate se han necesitado siete años y la participación de un juez de instrucción, tres de la Audiencia Provincial, otros tantos del Tribunal Superior de Xustiza de Galicia (TSXG) y cinco del Tribunal Supremo, además de tres Fiscalías diferentes. También un número indeterminado de funcionarios de la administración de Justicia, otro buen puñado de policías y guardias civiles y unos cuantos cientos de miles de euros, aunque todo esto se da por supuesto.

El resultado en este punto, porque mucho me temo que lo pero aún esté por llegar, es una situación que solo puede ser vista por el ciudadano como un enorme sinsentido. Sería hasta para tomárselo a cachondeo si por medio no hubieran pasado más de medio centenar de imputados, 24 procesados que mudan de situación penal sin ton ni son y el estupor general de quienes como espectadores asistimos a este circo de tres pistas.

Hasta podemos, para que nadie nos llame malpensados, pasar por encima del momento elegido por el Supremo para dar a conocer su fallo, un mes después de la reunión de la sala para deliberar y a tres días de las elecciones, en un caso que afecta a políticos de varios colores. Y, desde luego, obviaremos el debate puramente jurídico: si doce jueces, con sus carreras y sus oposiciones aprobadas, no son capaces de ponerse de acuerdo, tampoco vamos a forzar nosotros.

Ni siquiera tenemos por qué entrar en si creemos que los acusados son culpables o inocentes, allá cada uno. Porque hasta despojado de esas consideraciones, el resultado es tan incomprensible que, pase lo que pase al final, la que ya ha sido irremediablemente condenada en este caso es la propia Justicia.

Doce jueces, con sus carreras y oposiciones, no se ponen de acuerdo


El abanico de opciones que se abre, además, no es mucho más alentador que el que se cierra con esta sentencia. En un futuro próximo -aunque vistos los tiempos y los plazos quizás esto sea pecar de optimismo- podemos encontrarnos con un número indeterminado de procesados -tal vez todos, tal vez ninguno- condenados en base a unas pruebas que, y en esto sí están de acuerdo todos, han sido obtenidas tras una irregularidad procesal de la jueza instructora. Una irregularidad de tal calibre que puede llevar a esta misma jueza a ser condenada por un delito de prevaricación judicial, lo que puede suponer incluso que sea apartada de la carrera.

Pero es que la cosa mejora por momentos. Así, de entrada, vuelve a estar procesada y pendiente de sentencia una persona que no solo había sido absuelta, como los demás, sino sobre la que la Fiscalía había retirado todos los cargos. Es decir, que su situación actual es de procesada sin acusación, de lo que no sé si existen siquiera precedentes en un Estado de Derecho.

Y el más difícil todavía: muchos, no digo todos pero sí gran parte, de los otros 22 procesados ahora pendientes de nueva sentencia lo están por delitos y actuaciones muy similares -no me atrevo a decir idénticas- que otro de los acusados iniciales que ya está definitivamente absuelto. La diferencia es que este tenía condición de aforado y su caso fue visto y sentenciado por el TSXG: este decidió absolverlo no por defectos en la instrucción, como a los otros, sino porque entendió que no había prueba alguna que permitiera sostener la acusación. Lo que significa que es muy real la posibilidad de que algunas personas sean condenadas por un tribunal por hechos que otro tribunal ha juzgado ya como penalmente inocuos.

Quiero pensar, porque no me queda otro clavo ardiendo, que en algún momento alguien en todo este monstruoso engranaje recuperará el sentido común y arreglará este desaguisado de modo que se añada el menor daño posible al ya causado.

Ya veremos. Lo que sí es seguro es que la única sentencia por unanimidad y en firme que se va a dictar en este caso es la que ya pesa sobre la condenada Justicia. Su esfuerzo le ha costado.

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