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Como cabras

El alto mando de la Legión le ha declarado la guerra a los gordos: valor y heroísmo son patrimonio de los esbeltos

Cabra. ARCHIVO
Cabra. ARCHIVO

EN ESTOS tiempos tontainas, en los que cada opinión se toma como un insulto y cada carroza de cabalgata como una ofensa, hasta la muerte se está poniendo tiquismiquis. La jodida parca, que antes todo se comía, ahora va de escogida, no le valen los novios gordos y ha puesto a la Legión a dieta. Postureo hasta el estertor, ¡legionarios, a adelgazar!

Sabemos que lo de la dieta y el ejercicio es un clásico de los propósitos de principios de año, pero lo de la Legión es otro nivel, porque no es propósito, sino orden: del alto mando del cuartel general de la Brileg, para ser exactos, con plan de ataque con uno de esos nombres de operación militar (Plan IMC) y amenazas en caso de incumplimiento. Coñitas, las justas, soldados.

Dice el documento interno de marras que la unidad de élite de la infantería española "se halla inmersa en una situación que demanda una serie de medidas para paliar el sobrepeso entre su personal". El 6% de sus hombres y mujeres, calculan, están gordos. No aparecen datos sobre las cabras. De primeras, los 3.000 legionarios van a ser sometidos a un reconocimiento médico para determinar su índice de masa corporal. El que no cumpla con los estándares internacionales —de la Organización Mundial de la Salud, no de la Convención de Ginebra— se tendrá que enfrentar a un plan específico de puesta en forma, a paso rápido, que para eso es la Legión: dieta estricta y ejercicio recio, con un objetivo marcado, "considerándose (afortunadamente, el Ejército siempre ha sido más preciso con el Cetme que con el gerundio) que lo ideal es perder entre 0,5 y un kilo por semana".

No hay que olvidar que esto es un cuartel, no un gimnasio. No vale pagar la cuota el primer mes para acallar la conciencia y no aparecer. Aquí se vive en el gimnasio y al personal trainer se le llama sargento y si se pone chusco el complejo de proteínas te lo saca a mordiscos de la yugular. La última vez que se vio una malla fosforito fue en el cuello de un tipo que apareció estrangulado junto a las letrinas.

Y hay que cumplir con el rigor de los entrenamientos en plena hambruna, según figura en el plan: yogur y plátano al levantarse; infusión y tostada a media mañana; ensalada, un plato y fruta para comer; un actimel a la tarde, y verdura hervida con algo a la plancha para cenar. Supongo que a la cabra le habrán puesto escolta, porque si no desaparece al tercer día.

En lugar de francotiradores, el enemigo pondrá tipos con megáfono haciéndoles bullying

La cosa va en serio, si al cabo de un año no han logrado perder peso se pondrá a prueba la posible "pérdida de aptitud psicofísica", lo que, en lenguaje castrense, supone la expulsión del Ejército. Antes, no obstante, pueden sufrir humillaciones de distinta intensidad, como que se les prohíba la participación en desfiles militares y en las procesiones de Semana Santa, dos de los momentos cumbres para los legionarios cada año. Y hasta ahí, ni tan mal, porque en el siguiente nivel las amenazas del alto mando pasan a no dejarles participar en cursos, no pagarles el complemento de dedicación especial, excluirlos de recompensas, felicitaciones y premios o, incluso, no dejar que participen en misiones internacionales, en las que la Legión se ha destacado como una de nuestras unidades más respetadas.

A mí esto, por muy Ejército que sea, me parece pasarse de tercio. Puedo entender que traten de esconder a los gordos en los desfiles y las procesiones, cuando su paso apresurado, sus brazos tatuados y sus camisas dos tallas más pequeñas y abiertas hasta el ombligo los convierten en el centro del espectáculo y en objeto de deseo para un dispar grupo de tendencias sexuales. Pero no sé qué tiene que ver el índice de masa corporal con felicitaciones y premios, que hemos de suponer que se otorgan en base a un desempeño profesional digno de ellos.

Y peor todavía si las lorzas y las barriguillas se van a convertir en impedimento para participar en misiones militares, que es la única razón de la existencia de la Legión, como si el valor se hubiera convertido en patrimonio de los esbeltos.

Quizás los mandos temen que el enemigo sea igual de puntilloso que ellos, y que si llevan unos cuantos soldados pasados de kilos al frente tengan que enfrentarse a nuevas estrategias. Quién sabe si, en lugar del francotiradores, el enemigo pondrá tipos con megáfono haciéndoles bullying bélico: "Legionario, gordo, que te has comido a la cabra", "cava más trinchera, que se te sale el culo, bola de grasa" y cosas así, que no matan pero hieren. "Mi sargento, yo he venido a morir por mi bandera; si me tienen que matar, que me maten, pero esto no lo soporto más, es una falta de respeto". Y hala, la guerra a tomar por saco.

Vale que si el tipo que tiene que morir por ti tiene la planta de un actor de peli de acción, pues algo más de confianza da, pero eso no convierte los abdominales en el eje de la defensa nacional. Para las medallas y los honores se necesita algo más de chicha.

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