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Cargados de razón

La izquierda parece dispuesta a caer de nuevo en la trampa del debate nacionalista para arrinconar el debate social

LOS DE IZQUIERDAS siempre fuimos un poco gilipollas. A veces, incluso bastante, según las dialécticas que en cada momento fueran tocando. Bienintencionados, sí, e idealistas, pero gilipollas. En el caso específico de España, la afirmación anterior es además una verdad históricamente constatable.

Harto más complicado sería determinar qué es ser de izquierdas y, en su caso, si tiene alguna utilidad más allá de poder dormir tranquilo con uno mismo. Yo lo dudo. Esta misma semana, Aurora Nacarino-Brabo, nada sospechosa de izquierdista y prácticamente descartada como gilipollas, lo expresaba así: «Sabemos que hay una parte de la izquierda que está más preocupada por guardar la doctrina, por conservar las esencias, que por ganar elecciones. Siempre ha existido. Hay una parte de la izquierda que no es progresista, sino moralista. Su objetivo no es, pues, alcanzar una mayoría social suficiente para ser alternativa de gobierno y transformar la realidad. Su meta es tener razón, aunque sea a riesgo de caer en la irrelevancia».

Yo, acostumbrado a tener la razón aunque la obcecación ajena se empeña en negármela, sé bien lo que es eso. Lo estamos demostrando, los de izquierdas o equivalentes, me refiero, en el asunto catalán, en el que andamos al vapuleo.

No voy a negar que yo ya estoy mucho más tranquilo desde que tenemos un frente antiindependentista, ¡buena va! Era justo lo que las circunstancias y el momento estaban demandando, un frente centralista como dios manda para que los del frente soberanista, al verlo, se acojonen, recapaciten y digan: «Ah, vale, si vosotros tenéis otro frente cambia mucho la cosa; mejor renunciamos a todo y nos quedamos como estamos, que total...». Bueno, eso, un frente, y un buen pacto de Estado contra los nacionalistas, porque ya se sabe que un pacto de Estado que se precie o es contra alguien o no es nada.

Son por lo de ahora las ocurrencias camufladas de solemnidad que han puesto sobre la mesa preelectoral las derechas, a las que en este país siempre les ha ido muy bien gracias a que son mucho más pragmáticas que moralistas: siempre han sido la misma derecha defendiendo los mismos intereses, los suyos, pese a que de vez en cuando tenga que hacerse pasar por varias para disimular. Ahora están a ver quién tiene más grande la talla de estadista, si Mariano Rajoy o Albert Rivera, el uno con su frente antisecesionista y el otro con su pacto de Estado, tan distintos ambos que ya estaban de acuerdo de antes. Y en su trampa ha caído, como siempre, la izquierda, que iba a ser, esta vez sí, solo una, pero vuelve a ser tantas que caminan de nuevo hacia la irrelevancia, todas ellas cargadas de razón.

Se la había jugado antes otra derecha, disfrazada de soberanista, a otra izquierda, despistada. La Convergencia de Artur Mas, la derecha catalana de toda la vida, consiguió enredar, aunque ellos piensen que fue al revés, a la Esquerra Republicana para que le salvara la cara endurecida por décadas y décadas del tres por ciento, de estafas, desfalcos y prevaricaciones. Ante el riesgo cierto de descomposición por putrefacción, Mas lanzó el anzuelo de la independencia y los otros picaron, alejando el debate electoral catalán de estados corruptos y naciones en quiebra.

Los últimos moralistas en sumarse, los de la izquierda alocada de las CUP, que en su razón incontestable han considerado más urgente quemar los cuartos en la traca independentista que desmontar el entramado de latrocinio institucionalizado que mantiene en su país la derecha de Mas. Entre una algarada sin mayor recorrido y la defensa del estado del bienestar y las conquistas sociales de los ciudadanos, han elegido rescatar al sistema contra el que decían luchar. Entre lo urgente y lo importante, han elegido darse la razón.

Un camino similar al que parecen dispuestas a recorrer las izquierdas más o menos centradas y centralistas, que han aceptado apoyar la estrategia que la derecha unida en dos está marcando para las próximas elecciones generales: llevar el grueso del debate a las cuestiones identitarias para evitar el fango de otros asuntos de más difícil explicación.

Solo de esta manera puede entenderse que Mariano Rajoy intente reinventarse, a estas alturas, como el estadista empeñado en poner tras de sí al país en el objetivo común de la unidad de destino. Después de cuatro años de gobierno en los que ha dejado de ser el inextricable líder que manejaba silencios y plazos a su antojo para revelarse como el político insustancial e incapaz que ahora todos conocemos, el problema catalán sigue suponiendo para él un balón de oxígeno. Es la coartada perfecta para no hablar de un partido gangrenado por la corrupción, de un país en paro en el que la riqueza se condensa y la pobreza se expande, en el que los recortes han afectado por igual al estado de bienestar y al de derecho.

Una coartada a la que, como ya hizo la derecha catalana de Mas, se agarran sin dismulos los Ciutadans de Albert Rivera, siempre mucho más cómodo en el debate epidérmico sobre símbolos y soserías, en el campo de las frases hechas y las reflexiones de regate en corto, que en los análisis de propuestas que encierran copagos y repagos, más privatizaciones, menos impuestos para los que más tienen y la amputación traumática de algunos derechos laborales y sociales que ha costado décadas y vidas conseguir.

Será, seguramente, que yo soy el único que tiene razón aquí, o que soy un poco de izquierdas y un mucho gilipollas. Pero no veo que una declaración de intenciones que no va a ningún lado por parte de un grupo de diputados catalanes incapaces de ponerse de acuerdo hasta para repartirse el pastel, pueda condicionar en modo alguno el debate y la acción política de un país que está sufriendo como este. Y no reprocho a las derechas, llévese dos por el precio de una, que lo intenten, porque está en su naturaleza. Lo que me niego a consentir es a una izquierda tan unida en su empeño por la irrelevancia.

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