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Apóstoles de la evidencia

LOS QUE somos de pueblo llevamos mucho por delante. No es por chulear ni por hacer de menos a nadie, es así y punto. Una de nuestras evidentes ventajas de inicio, por ejemplo, es el tractor. La maquinaria en general, pero sobre todo el tractor, por lo que tiene de símbolo. No hay nada que pueda compararse a la plenitud del orgullo que se siente cuanto tu padre te deja ir por primera vez junto a él mientras lo conduce, y vas saludando a los vecinos como si ya fueras uno de los suyos, como si a tus cuatro años ya fueras quien de sulfatar una viña o de cuadrar un remolque en un ribazo debajo de la tolva de la cosechadora, ¡la leche!

Un contacto tan temprano con la maquinaria implicaba que en los pueblos aprendemos a conducir muy pronto, en cuanto te alcanzan las piernas para pisar los pedales, porque por los caminos no hay controles y en el campo todas las manos son pocas. El problema suele llegar cuando nos apuntamos a la autoescuela para sacarnos el carné. En mi caso también fue así, porque llegas de sobrado, sabiendo más que el profesor, y de entrada necesitas veinte clases prácticas para olvidar todo lo que creías que sabías.

Esto se debe a que en las autoescuelas tienen un objetivo mucho más importante que enseñarte a conducir: que apruebes el examen, que para eso pagas. Luego, una vez que tienes el carné, ya puedes volver a olvidarte de todo y conducir como lo hace todo el mundo, a ojo.

Hace muchos cursos que aprendimos que no hay mayor desgracia para el sistema educativo que un ministro de Educación

Son las exigencias del sistema, las mismas que atenazan y ahogan la educación en este país y que, reforma tras reforma, alejan las escuelas de la realidad, manteniendo las aulas ancladas en la era de la memorización cuando la sociedad hace años que navega por la era de la información. Hace muchos cursos que hemos aprendido que no hay mayor desgracia para el sistema educativo que un ministro de Educación, y ni siquiera eso hemos podido cambiar.

Y no es porque no se haya intentado, dado que toda la comunidad educativa es consciente de la tragedia. Otra cosa es que algunos de los que forman parte de ella se sientan mucho más cómodos en su indolencia y no estén dispuestos a mover un dedo, pero otros muchos sí que lo están.

Esta misma semana ha tenido publicidad el cambio radical que han introducido en sus colegios catalanes los jesuitas, una orden particularmente espabilada desde su formación, a veces incluso para bien. Y radical es el calificativo exacto. Su idea, nada nuevo en otros países, es romper los límites del aula y, con ellos, los de las asignaturas, los horarios, los exámenes, el modelo de trabajo o las relaciones entre alumnos y entre profesores. Se trata de enseñar a aprender en lugar de enseñar solo a aprobar.

«Los alumnos van a la escuela pero no aprenden para vivir en un mundo incierto y cambiante como el que les espera. Necesitan habilidades y competencias para formar su proyecto vital, ser más protagonistas en su proceso de aprendizaje. Seis horas al día sentado de manera disciplinada mirando al profesor no lo aguanta ni un adulto», resume Josep Menéndez, jesuita y apóstol de la evidencia.

Cuando tienes el carné, ya puedes conducir como todos, a ojo

Es quizás el más visible y organizado, pero no el único movimiento en este sentido. Otros muchos colegios, el de mis hijos en Lugo sin ir más lejos, llevan tiempo probando el trabajo en base a proyectos transversales y poniendo el foco sobre las competencias de los alumnos y el desarrollo de las inteligencias múltiples. Algo tan extremo y revolucionario como dejar de construir meros contenedores de datos compartimentados e inconexos y empezar a formar individuos que sepan buscar, procesar, comprender y utilizar del mejor modo todo ese mundo de conocimiento que tienen al alcance de una simple tecla. Una educación que va mucho más allá de lo necesario para aprobar un examen.

Sin embargo, todas estas iniciativas chocan contra un sistema inmerso en una nueva reforma, otra más, que señala exactamente el camino contrario, que recupera revalidas entre ciclos, que desincentiva a un profesorado obligado a destinar más tiempo a corregir que a enseñar, que expulsa de los colegios a chavales válidos pero desmotivados, que bloquea la implicación de los padres y que cree que el mundo cabe en un mapa. Una reforma que parte del concepto de que educación es solo el nombre de un ministerio.




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