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Amantes para indecisos

El nuevo tipo de hombre que se lleva, dicen, es el retrosexual, una especie tan improbable como el político perfecto

TENGO CUATRO o cinco americanas en un armario tan al fondo, que ya ni fondo de armario se puede decir que sean. La que menos, debe de hacer diez años que no me la pongo. Cada vez que necesitamos sitio en casa, mi mujer insiste en que las tire, pero yo tiro de argumento: «Están casi nuevas, y verás como si les doy un poco más de tiempo, enseguida se vuelven a poner de moda esas solapas altas, ese corte ancho, o ese desfile de botones. Créeme, son dinero en el banco». Cada vez, ella me mira con cara de «qué le vería yo a este tío» y trata de aclararme que lo de la moda no va así, que por muy inspiradas en lo anterior que estén, las tendencias siempre incorporan alguna novedad que harán parecer mis americanas exactamente lo que son, unos trapos viejos.

Por supuesto, ella tiene razón. Por supuesto, yo no le hago caso. Es mucho lo que me juego como para ceder solo porque no tenga razón. Buena parte de mi vida se cimenta en esa convicción, en que si espero lo suficiente todo lo demás acabará por venir a mí.

Las modas masculinas, por ejemplo. Ante la evidencia de la falta de materia prima que ir moldeando según los gustos femeninos de cada temporada, opté desde muy pronto por esperar mi momento emboscado al fondo del armario. «Cariño, por qué no te cuidas un poco», me aconseja de vez en cuando ella, taimada, «siquiera para poder sacarte de paseo sin correa». Por supuesto, no le hago caso, ni tampoco me he dejado tentar por yupis, ni grunges, ni ecopijos, ni metrosexuales, ni ningún otro modelo pasajero, en espera de que lleguen los quince minutos de gloria para hombres como yo: atento cuando me acuerdo, cariñoso a destiempo, insano, físicamente breve, vicioso a la vez que sexualmente poco molesto y, sin embargo, sumamente irritante en lo demás, como si lo entrenase a diario.

Sigo esperando, claro. Va ya para treinta años. Y parece que tampoco será ahora, porque quien se lo va a llevar crudo en adelante será el hombre retrosexual. Eso es lo que indica, al menos, una encuesta realizada por Victoria Milan, que se define como una web para personas casadas o en pareja que quieren tener una aventura.

Retrosexual es un concepto no ya difícil de explicar, sino incluso de imaginar. «Un hombre fuerte, con un look masculino, una actitud despreocupada, un cuerpo sexy, maduro y que trate a las mujeres de manera caballerosa», precisa Alicia Gallotti, sexóloga y portavoz de Victoria Milan. Afirma la especialista en hombres deseados que «la aparición de los retrosexuales deja claro que las mujeres se han cansado de los metrosexuales depilados y atentos al corte de pelo más cool, y ahora se sienten atraídas por hombres naturales y sencillos que estén pendientes de ellas».

Hay más: «Las mujeres quieren hombres que las hagan sentirse seguras, que las sepan arropar, con los que puedan pasar momentos increíbles en la intimidad de la habitación y que encima sepan ser unos perfectos caballeros cuando salgan a cenar. Un hombre que pueda cuidar de las necesidades de una mujer a la vez que sepa cambiar una bombilla, sin preocuparse de cuándo será su próxima cita para depilarse».

Para facilitarnos la comprensión, supongo, la web pone como ejemplos de retrosexuales a Vince Vaughn, Ryan Gosling, Javier Bardem y Matthew McConaughey, lo que no resuelve mi desconcierto. Y es para preocuparme, porque la entrevista ha sido a 3.211 usuarias de la página, el doble que cualquier encuesta electoral de las que nos venden, el mismísimo CIS de las encuestas femeninas. Son demasiadas mujeres como para no entender a ninguna, pero es que «el 68% de ellas preferirían que su amante no estuviera tan interesado en el deporte y al 59%, que pasara más de tiempo en el gimnasio», y así no hay manera.

Si no fuera porque tengo a las mujeres por seres tan sensatos como incomprensibles, estaría por pensar que con esto del retrosexual no están hablando de alguien determinado, sino de un hombre con lo bueno de los mejores y lo malo de ninguno, un ser tan improbable que si llega a aparecer tendría que ser declarado bien de interés social e inmediatamente nacionalizado.

Un poco, supongo, como lo que les debe de pasar al 41 por ciento de votantes que todavía se reconocen indecisos, después de año y pico de campaña que llevamos entre pecho y espalda y de cuatro años de legislatura que han parecido cuarenta, otra vez. Tanta gente, no es normal. Al principio estaba convencido de que no eran en realidad indecisos, sino avergonzados que preferían callar por no dar que hablar. Pero ahora veo que les puede estar pasando como a las usuarias de Victoria Milan, que una vez que se deciden a tener la aventura prefieren que sea con alguien que lo tenga todo, aunque sea mentira. No es que estén indecisos entre un candidato y otro, es que quieren a los dos. Lo que unas llaman retrosexual, los otros lo llaman pacto, que no cunde lo mismo, pero es más probable encontrar.

A mí, sin embargo, ya no me van quedando ganas de aventuras, ni siquiera políticas. Cuando uno lleva tanto tiempo con sus ideas colgadas en una percha al fondo del armario, esperando a que en algún momento se vuelvan a poner de moda y pueda lucirlas de nuevo camino de la urna, va perdiendo esperanzas. He visto demasiados políticos que han dejado la bombilla a medio poner para salir corriendo a su cita para depilarse. Me temo que la retrosexualidad de los que ahora están de temporada tampoco durará mucho, tal vez justo hasta la próxima consulta entre votantes en busca de aventuras.

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