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Unas zapatillas de borreguito

PERTENEZCO A LA generación de en medio. Es pasajero, por supuesto, no tiene mayor mérito, algo que llega quieras o no si te empeñas en seguir vivo el tiempo suficiente y que acaba por pasar hagas lo que hagas, como los catarros: siete días si te médicas y una semana si no.

Tiene la ventaja de que estás en el punto justo para autoconvencerte de que eres lo mejor: los jóvenes no saben nada, ni tienen valores ni respeto ni cultura del esfuerzo; los viejos ya no están para nada, pertenecen a otra época, sopitas y buen vino. Hasta para la idiotez hay que encontrar el punto exacto de madurez.

Hay algunos trucos para saber si se está en ese punto o en sus proximidades. Uno que suele resultar muy eficaz es comprobar si ha dicho, pensado o asentido recientemente a eso de que los cuarenta son los nuevos treinta y los cincuenta los nuevos cuarenta. Si la respuesta es sí, está usted cercano a su punto óptimo de idiotez. Aproveche y disfrute, en cualquier momento comienza la cuesta abajo y los cincuenta se convierten en los nuevos casi sesenta.

También es verdad que quizás yo no soy una buena influencia, mi cuesta abajo empezó pronto y para cuando me di cuenta de que el aumento de velocidad no era para coger impulso ya me había bebido hasta el líquido de frenos. No pasa nada, ni siquiera tengo a quién reprochárselo, todo me lo merezco.

Pero, con todo, lo peor no es ese viaje interior hacia la idiotez madura, esa convicción íntima que se va asentando poco a poco de que de un día para otro, sin saber muy bien cómo ni qué día, has dejado de madurar y has empezado a envejecer. Lo peor es cuando los que te rodean, los te quieren y también los que solo te aprecian y los que simplemente te soportan, los que ves a diario y los que ves de vez en cuando, los que te venden y los que te compran, todos los que conforman tu hábitat, tu paisaje y tu horizonte, comienzan a mirarte como si en efecto te estuvieras haciendo mayor. Ni siquiera es algo inmediato, coordinado y homogéneo; por descontado que tampoco malicioso, pero es imparable. Cuando comienza, no hay marcha atrás.

Para mí, lo veo ahora, comenzó hace un año y pico, con una hostia tan tremenda como tonta con la bici de mi hija, que me retiró radicalmente del circuito profesional de ciclismo de montaña para señores en bici de niña y, poco a poco, de la liga local de señores con cierta agilidad para su edad. Un par de fracturas mal soldadas no dejan ni una parte de secuelas que una caída estúpida que explicar a los amigos. Amigos, por decir algo, ¡valientes hideputas!

El Borreguito

Todo cambió desde entonces. Mi mujer y mis hijos ya no me dejan subir a los árboles ni saltar en las colchonetas ni jugar a las peleas. Mis jefes y compañeros de trabajo llaman a recursos humanos cada vez que estornudo para que vayan buscando sustituto. Mis amigos no dejan pasar una y hacen cosas como agarrarme del brazo para ayudarme a subir a los taburetes de los bares.

Ayer llegamos a casa de mis suegros para pasar las Navidades. Mi suegra nos había comprado unas comodísimas zapatillas para estar en casa, de esas tipo mocasín indio, con borreguito por dentro, muy calentitas. "Mira, Miguel, las tuyas tienen suela antideslizante, no sea...". Todo amor, Dios la bendiga con doscientos o trescientos nietos.

Se acaban de marchar con los niños a tirarse por uno de esos toboganes que ahora ponen en las ciudades por la Navidad. "Tú mejor te quedas, que tienes que escribir". Y aquí estoy, en mi punto perfecto de idiotez, con mis zapatillas de borreguito con suela antideslizante, sentado y cuesta abajo. Feliz Navidad.

Unas zapatillas de borreguito