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Una mínima garantía

Hasta la mayor de las seguridades es mucho más débil de lo que damos por sentado
Incendio en el polígono sur de Tarragona. TWITTER
Incendio en el polígono sur de Tarragona. TWITTER

VERO ES una mujer estupenda y brillante que vaga por la vida penando como una holandesa errante su único gran error, casarse. Casarse con quien se casó, me refiero. A lo mejor por eso, por castigo, ahora tiene que dar clases de materias legales a opositores, aunque a lo mejor solo es un trabajo y el único castigo sigue siendo su marido, que bastante tiene.

El caso es que Vero flipaba hace unos días cuando daba una clase sobre contratos con las administraciones a una camada de licenciados aspirantes a sueldo público. Una de las alumnas se atascó en el artículo sobre la devolución de las garantías depositadas por las empresas en los procesos de contratación; tras varios intentos de Vero para aclararle dudas, fue la alumna quien se las aclaró a ella de golpe: lo que no entendía era el concepto de "garantía".

Yo también hubiera flipado si me encuentro a una persona que ha conseguido vivir el suficiente tiempo en sociedad como para sacar adelante una carrera universitaria y preparar unas oposiciones sin conocer el concepto de garantía. Diría, incluso, que la práctica totalidad de nuestras existencias se limitan a la búsqueda constante y agotadora de una garantía tras otra, aunque sean mínimas. Una sensación de seguridad, por débil que sea.

Porque hasta la mayor de las garantías es mucho más débil de lo que damos por sentado. Sergio Millán, por ejemplo, podría haber apostado su vida con plenas garantías a que no iba a morir aquella tarde de martes en un accidente industrial. Nadie hubiera podido reprocharle semejante seguridad viendo a este frutero retirado tranquilamente sentado en su sofá de su segundo piso de la Plaza García Lorca de Tarragona.

Muy lejos de allí en un universo paralelo en el que había operarios trabajando, polígonos industriales e industrias químicas, el reactor de una de ellas reventó y la explosión mandó la tapa de hierro de una tonelada casi tres kilómetros por el aire. Se suponía que las medidas de seguridad garantizaban que eso no podía suceder, pero allá fue la tapa volando como un estornino grácil y caprichoso hasta topar con un edificio de la Plaza García Lorca de Tarragona. La plancha de una tonelada atravesó la fachada a la altura del tercer piso, sin dañar a nadie, pero el golpe y su peso hicieron que el suelo se desplomase y todo cayese sobre la cabeza de Sergio Millán, el hombre al que cinco minutos antes cualquier ser humano o algoritmo hubiera concedido total garantía de que aquellla tarde no iba a morir en un accidente de una industria química.

Y así andamos, mendigando garantías que nadie puede asegurarnos, intentando crear burbujas protectoras que la mayoría de las veces solo estorban más que resguardan. Una garantía imposible es lo que en realidad están pidiendo el PP, Ciudadanos y Vox con lo que ellos llaman el pin parental para la educación pública, aunque me parece más apropiado el nombre pin neandertal que han acuñado otros. Tienen miedo a lo que no entienden, como tenemos todos, y creen que así se garantizan que nadie va a convertir a sus hijos en maricones, comunistas, feministas o cosas peores, como federalistas o bolivarianos, porque alguien les ha dicho que a eso es a lo que se dedican los profesores en España y nadie se ha molestado en contarles que eso es una sandez.

Da lo mismo, están en su derecho de tener miedo y de pedir garantías, como el Estado que formamos todos está en su obligación de negárselo. Primero porque, por desgracia para los que somos padres, no hay ningún pin que pueda evitar que nuestros hijos tengan que enfrentarse a sus propios riesgos y amenazas. Y segundo, porque una educación sin pin parental es la mínima garantía que podemos ofrecer a los hijos para protegerlos de los miedos, los prejuicios y la ignorancia de sus padres.

Una mínima garantía
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