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Una estación de ensueño

NOS ESTÁN jodiendo. Otra vez. Y mucho me temo que los mismos. Normal, de tan neoliberales que somos ya solo nos joden quienes pueden, no quienes quieren, y quienes pueden son los de siempre. Les ha salido tan bien tantas veces que ya no se molestan en disimular. Si acaso, murmuran algún argumento de consumo rápido y sustancia escasa con los mismos ingredientes: es por nuestro bien, no queda otro remedio y, de algún modo, nosotros somos los culpables. 

Vía muerta. XESÚS PONTE
Vía muerta. XESÚS PONTE

Lo vi claro la otra noche, tirado en mi sofá a una de esas horas en las que o estás de copas con unos amigos o estás en la cama, cualquier otra opción es perder el tiempo miserablemente. Yo estaba viendo la tele, desorientado, que es como se ve la tele en esas circunstancias. Caí en una de esas cadenas perdidas en el mando a distancia, una de esas que andan entre el canal veinte y el cuarenta, que es el lugar destinado a las últimas cadenas que organizas cuando tienes que volver a memorizarlas en el mando después de alguna de esas molestas resintonizaciones de la TDT. Eso si te llega el tiempo y la paciencia después de memorizar las que más ves, porque generalmente quedan donde cayeron y solo vuelves a ellas por pura desorientación. 

Era uno de esos reality de estadounidenses normales y corrientes que hacen cosas normales y corrientes, como forjar una espada de los cruzados fundiendo tuercas, cazar castores con trampas en las Montañas Rocosas, vender los anillos de boda de sus padres en una tienda de empeños o comprar a ciegas trasteros abandonados. Este se llamaba Minicasas de ensueño y, pese a lo que en principio se pudiera pensar, iba exactamente de eso: minicasas. 

Un par de presentadores recorren Estados Unidos visitando y siguiendo desde cero los proyectos de construcción o de reforma de los protagonistas de turno, generalmente una pareja joven, muchas de ellas con uno o dos hijos de muy corta edad y con un presupuesto muy limitado, seguramente producto de unos empleos temporales y de baja cualificación, aunque esto último no lo dicen en pantalla. La pareja cuenta cuál es su problema de espacio, lo mucho que han soñado con un lugar propio en el que formar su familia y educar a sus hijos y la pasta de la que pueden disponer, por lo general entre 40.000 y 50.000 dólares. 

El resultado final es un rocho full equipe. Treinta y cinco metros cuadrados en los que hay un dormitorio de matrimonio sobre un altillo en el que apenas se cabe de rodillas, un fregadero-ducha sumamente funcional, unas cajoneras de las que lo mismo sale un perchero para camisas que un retrete y un salón-comedor supercuco solo apto para platos de postre. Las impresiones finales son del tipo "mira que bien, así podemos tener al niño controlado en cada momento, es que es muy trasto", "esos tonos claros la hacen parecer más grande, como si fuera de cuarenta metros cuadrados" o "estoy muy contenta, la ventaja es que lo tienes todo a mano". Faltaría más, si hasta mi televisor es más ancho, como para que encima las cosas te pillen lejos. 

Todo el mundo, ellos también, tiene derecho a vivir el sueño americano. Solo que hasta hace no mucho esos realitys iban de reformar una casa de 400.000 dólares para venderla y poderse trasladar a una de 800.000. Ese sueño americano, en realidad el sueño de todos en lo esencial, era triunfar en lo tuyo y ganar el suficiente dinero, influencia, cariño o respeto (que cada quien ponga aquello que lo mueve) como para permitirte aspirar a darte y darles a los tuyos una vida más cómoda y, con suerte, relativamente feliz. 

Esos sueños, nuestros sueños, no cabían en 35 metros cuadrados, eso seguro. Y ahora nos parece lo más normal un reality con personas trabajadoras y responsables que solo pueden soñar con un remolque grande y un tejado de PCV. Están blanqueando la miseria, nos han recortado hasta los sueños. Y han sido los de siempre. 

Veo esas minicasas de sueños comprimidos y me temo que algo parecido nos está pasando con la estación intermodal de Lugo, que poco a poco se nos está quedando en nada. Lo que iba a ser Ave ahora ya solo es velocidad alta. Donde iba un aparcamiento ahora se apañan con cuatro plazas. Donde había Talgos modernos ahora solo hay antiguallas que se quedan tiradas en cualquier estación. Donde antes había varias líneas diarias ahora no dejan sacar ni los billetes. 

Y están siendo los de siempre. Todos nos prometen el sueño americano, pero cada vez que de uno u otro lado se toma una decisión es para recortar expectativas y presupuestos. Lo único que siguen ampliando son los plazos. 

Es por nuestro bien. Y seguro que además no hay otro remedio, porque es lo que nos hemos merecido por nuestra indolencia. A ver si con suerte nos decoran la intermodal en tonos claros, para que parezca una estación de ensueño.

Una estación de ensueño
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