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La fama cuesta, y más en el ámbito de la política local, donde hay concejales dispuestos a pagarla en dolor y espasmos
Concejal Leroy. EP
Concejal Leroy. EP

LOS DE mi generación crecimos sabiendo que la fama cuesta. Tampoco tiene mérito, nos costó muy poco saberlo, era lo que decía al empezar cada episodio la profesora de la academia en la mítica serie de los ochenta Fame: "Buscáis la fama, pero la fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagar. Con sudor". La serie iba básicamente de eso, de gente en mallas que sudaba bailando, dos novedades impactantes en la España de la época: las mallas y bailar. El sudor no, el sudor ya se llevaba mucho por entonces, eso no pasa de moda. Tampoco es que la fama fuera entonces una aspiración muy extendida, la costumbre era que la gente fuera famosa por saber hacer algo extraordinario o algo extraordinariamente bien, mira tú que ocurrencias. No era como ahora, que la gente es famosa de profesión, aunque no sepa hacer nada, solo saber ser famoso. Claro, con estas cosas la cotización ha subido mucho y la competencia es brutal, así que ser famoso no es tan fácil.

No es fácil en ningún ámbito, y menos aún en el de la política local. Es muy complicado para un alcalde o un concejal de una localidad cualquiera saltar a la actualidad. No llega con hacer un puente, o un ascensor, o rehabilitar una barriada, o crear una red de servicios sociales, eso lo puede hacer cualquiera. Hay que ser detenido en una operación contra la corrupción o contra la pornografía infantil, enchufar en el ayuntamiento a toda tu familia y amigos y que te pillen y que te dé lo mismo, darle unas leches a una oponente en el pleno, o ser de Vox. Ser concejal de Vox es una categoría en sí misma, solo hay que darles tiempo y micrófono para que acaben por hacer o decir una gilipollez que los lance hacia sus cinco minutitos de fama.

Gregorio Olmos no es de Vox, sino del PSOE, pero es un concejal que hace gilipolleces, lo que demuestra que no es indispensable ser gilipollas para ser concejal, pero que cualquier gilipollas puede ser concejal. A Goyo, concejal de seguridad de Moraleja de Enmedio, lo hemos visto estos días saltar a la fama en un vídeo en el que unos policías locales de su pueblo prueban con él una pistola táser. Son esas que provocan descargas eléctricas dolorosas y paralizantes, es fácil distinguirlas, supongo que hasta vendrá en las indicaciones: "Esta pistola provoca descargas eléctricas muy dolorosas y paralizantes. Manejar con precaución. El fabricante recomienda no dispararse a uno mismo, salvo excepciones. Si usted sospecha que puede ser una de estas excepciones, dispárese repetidamente".

En las imágenes se ve a Goyo en camiseta interior de tirantes como si fuera el Leroy Johnson de Fame (hay que ver cómo sudaba ese chaval, se pasaba el rodaje empapado); dos instructores lo agarran de los brazos delante de una colchoneta mientras da la espalda al que le va a disparar. Cuando recibe la descarga, grita, convulsiona y se desploma entre espasmos como si... como si le hubieran disparado con una táser, tampoco sé muy bien qué esperaba. Los policías y monitores se parten el culo, claro, como si... como si acabaran de abatir a su concejal de seguridad. Normal, que se lo digan a los policías locales de Lugo, a ver si no se iban a reír. ¡Y yo, nos ha jodido, sin ser del CSIF ni nada!

Por lo que se ve, las descargas eléctricas de la táser no tienen efectos beneficiosos sobre las conexiones neuronales de quien las recibe: "Se trataba de un curso que organizaron allí, pidieron voluntarios y los policías clamaron: ¡El concejal, el concejal! Pues al final, el concejal, para no ser menos", contaba en una de las entrevistas que ha ido dando Goyo estos días, con su camiseta interior henchida por sus cinco minutos de fama. Por si tenían alguna duda, el efecto es el esperado: "Son cinco segundos que se te hacen muy largos. Tienes el conocimiento, pero no te puedes mover por mucho que quieras. Es como cuando te da un tirón, pero de todo el cuerpo". Sin sorpresas, salvo quizás la parte en la que dice que "tienes el conocimiento"; vamos a ponerlo en duda, ya sería mucha casualidad que lo fuera a tener justo en ese momento.

Gregorio incluso recomienda la experiencia al alcalde de Madrid, ahora que va a dotar a sus policías municipales de estas pistolas. El alcalde verá, pero yo no necesito que nadie me dispare con una táser para saber que no me gusta, me llega con leer las indicaciones. Ni para saber que estoy totalmente en contra de la generalización de estas armas entre nuestros cuerpos policiales.

Allí donde su uso se ha generalizado se ha mostrado con el tiempo mucho menos eficaz para la lucha contra los delincuentes que para el control de las protestas y de los movimientos ciudadanos contra el poder. Se han documentado miles y miles de abusos en su utilización en situaciones que antes los agentes resolvían de modo mucho menos lesivo, porque para eso les pagamos la formación, como el típico altercado con un borracho a la puerta de un pub o una discusión por una multa de tráfico. Son también muy usadas en determinados países en manifestaciones de protesta. Es decir, está comprobado que con las pistolas táser los policías tienden a tener el gatillo más fácil; sin embargo, no se ha demostrado que hayan ayudado a reducir los índices de delincuencia ni a rebajar notablemente el peligro para un agente en situaciones de riesgo grave.

A la vista de las imágenes de Goyo, no puedo negar, sin embargo, su eficacia en el control de políticos. Ni tampoco que hacer de diana pueda ser una utilidad de los alcaldes y concejales a explorar en determinados casos. Incluso sería una atracción divertida y barata para fiestas patronales. Para todo lo demás, mejor sin la táser.

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