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Soberanía piojosa

Alberto Rodríguez, en el Congreso. ZIPI (EFE)
Alberto Rodríguez, en el Congreso. ZIPI (EFE)

VAYA POR delante que me cae bien Alberto Rodríguez. A estas alturas, si de algo no se me puede acusar es de objetividad. A cambio, miento poco y mal, vaya una cosa por otra.

Como la inmensa mayoría de los españoles, desconocía todo acerca de Alberto Rodríguez hasta que tomó posesión de su escaño como diputado de Podemos por Canarias. Largo y cenceño como un día sin pan, con sus rastas de Buffalo soldier y su aspecto de ir a una feria de artesanía en cuero en lugar de a una sesión de Congreso, desde el principio fue convertido en un símbolo por la política rancia y el periodismo apesebrado del país: el icono de todo mal que al sistema se le venía encima por dejar entrar a cualquier perroflauta en la basílica del poder popular. Celia Villalobos, entonces vicepresidenta del Congreso en lugar de estrella de la televisión, lo resumió de manera precisa cuando le preguntaron su opinión sobre las rastas del nuevo diputado: "A mí con que las lleven limpias para que no me peguen un piojo, me parece perfecto".

A mí con eso ya me llegaba para mirarlo con simpatía, pero también me pasó con otros/otras que luego resultaron que no. No es el caso de Alberto. En estos cinco años de diputado se ha ganado a pulso el papel de símbolo que al principio le asignaron, aunque por otros motivos: es reconocido por propios y ajenos como un parlamentario serio y competente, respetuoso, conocedor de los asuntos que trata, buen orador alejado de los efectismos y la descalificación fácil en los que se manejan muchos de uno y otro espectro ideológico, y apreciado por colegas de otros grupos que al principio lo miraban con la prevención simplona, clasista y anacrónica de Celia Villalobos.

También a mí me ha ido ganando. A veces estoy de acuerdo con lo que defiende y a veces no, como con casi todos. Bueno, mentira: como con algunos, que no son casi todos ni de lejos; pero a ese nivel, quiero decir. El caso es que se ha ganado mi respeto sin dejar de parecerme el típico tío con el que podría compartir un canuto en la curva que hace la barra al final del pub, donde la oscuridad protege, mientras hablamos de música, de mujeres, de economía, de evolución, de cine, de hijos, de padres, de religión o de cualquier otro tema probablemente improbable que surja en esa situación. Ya sé que esto también son prejuicios, como los de Villalobos pero desde otra perspectiva, que a lo mejor ni fuma, ni se droga, ni va a pubs oscuros de noche, ni come carne, ni habla con extraños. Pero estos son mis prejuicios; si no les gustan , tengo otros.

Por una vez, creo que PP, Vox y sus extensiones judiciales están de acuerdo conmigo. De ahí su ciega batalla para que Alberto Rodríguez pierda su condición de diputado elegido democráticamente tras la cuestionada sentencia del Tribunal Supremo por delito leve por haber agredido a un policía en una manifestación contra la Lomce, con la única prueba de cargo del testimonio cambiante del policía y dos votos del tribunal que le juzgó en contra. Todos ellos saben que Alberto Rodríguez es mucho más que un simple parlamentario de Unidas Podemos, aunque ni más ni menos influyente ni poderoso que los demás: es un icono, el mismo en el que el renqueante sistema lo convirtió aquel día que fue a recoger su acta en camiseta, vaqueros y rastas recogidas en una coleta frondosa y desafiante, pero reforzado por su trabajo y su valía.

Me gustaría equivocarme, pero no le arriendo las ganancias a Alberto. Las derechas, la entera y la semidesnatada, lo han asumido como un asunto central, al PSOE tampoco parece desagradarle cobrarse una pieza como esta y el Tribunal Supremo de Marchena ha enfocado el tema como un nuevo capítulo en su pulso contra los poderes Legislativo y Ejecutivo. A la Acorazada Brunete se suman el Consejo General del Poder Judicial y, si es precisa, la Junta Electoral Central, que ha dado sobradas muestras de adhesión al régimen. Curiosamente, Rodríguez solo tiene de su parte a los letrados del Congreso, los mismos cuyo dictamen inapelado, por ejemplo, han impedido hasta el momento investigar a Juan Carlos de Borbón a causa de su inviolabilidad absoluta, pero que en este dilema se ven cuestionados y ninguneados.

Lo que pase ya da lo mismo. Es el problema de los símbolos, que una vez creados ya no son en realidad de nadie, que cada uno los esgrime y los reinterpreta según le da el aire. De manera inevitable, Alberto Rodríguez se habrá convertido tanto para unos como para otros en el ejemplo del precio a pagar por tratar de hacer país en camiseta. Ahora que cada uno decida si es una victoria o una derrota, yo no les puedo ayudar: no soy objetivo.

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