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Repúblicas errantes

Un hombre porta una estelada durante una manifestación a favor de la independencia. AEP
Un hombre porta una estelada durante una manifestación a favor de la independencia. AEP

PUTIN ESTÁ contra las cuerdas. Lo imagino en el Kremlin temblando mientras espera el suplicatorio internacional para venir a declarar como imputado al juzgado de instrucción 1 de Barcelona, tal vez incluso planeando su fuga a un país sin órdenes de extradición. A Emiratos Árabes Unidos, por ejemplo.

El temible oso ruso ha sido pillado por fin en una operación de desestabilización internacional de la que esta vez no podrá huir. Influir en la elección del presidente de EE.UU, anexionarse Crimea, financiar campañas a favor del Brexit o matar rivales políticos con polonio radiactivo en territorio europeo puede tener un pase. Para eso, al fin y al cabo, se ha inventado la diplomacia, para que las violaciones del derecho internacional puedan ser arregladas en el terreno de la cortesía, hoy por ti, mañana por mí. Pero invadir Cataluña es cruzar los límites, menos mal que en Bahía Cochinos lo estaban esperando la Guardia Civil y el juez Joaquín Aguirre.

Según los informes de la Benemérita y del magistrado, el plan ruso-catalán de los independentistas de Puigdemont no tenía fisuras, lo escucharon en una conversación telefónica: a cambio de que Cataluña reconociera Crimea como territorio ruso, lo que sin duda hubiera supuesto un seísmo capaz de modificar todo el orden internacional, Rusia reconocería la independencia catalana y Puigdemont regresaría de Waterloo al frente de 10.000 soldados rusos para instaurar la República de Cataluña; además, Rusia pagaría toda la deuda de Cataluña con criptomonedas con el objetivo de que se convirtiese en una nueva Suiza.

Dice el juez en el auto en el que justificaba la detención de una veintena de personas, que poco después quedaron libres, que no ve motivos para "dudar de la legitimidad y autenticidad" de las pruebas. A mí me faltan algunos detalles, no sé, quizás perfilar algo más el plan, tapar fisuras: ¿Por dónde entrarían los 10.000 soldados en Cataluña, camuflados en un crucero de placer por el Mediterráneo? ¿Lo harían todos a la vez o en comandos de cuatro para guardar las medidas sanitarias por el covid? ¿Se anexionarían Andorra para acabar con la competencia antes de convertirse en otra Suiza?

La vida política, judicial y social de este país ha cruzado en poco tiempo tantos límites del absurdo que uno no sabe qué pensar, si todo este relato solo es la prueba del delirio al que ha llegado el procés o la constatación de que a algunas instituciones se les ha ido la cabeza en su guerra contra el independentismo. Sea lo que sea, no es sano.

Instalados parece que definitivamente en el esperpento y dispuestos a perder los papeles, mis simpatías están sin duda del lado de ese hombre que fue detenido hace un par de días en Oza-Cesuras, uno de esos luchadores anónimos y necesarios por la independencia de los pueblos. Parado por la Guardia Civil por conducir sin carné, presentó como documentación un pasaporte de la República Errante Menda Lerenda. Llevaba además plazas de matrícula propias y luego se dio a la fuga hasta refugiarse en una casa de la que se negó a salir argumentando que era representante diplomático de ese país. Si le llegan a dar un par de días más seguro que imprime hasta su propio dinero y reconoce Crimea.

A mí, de entrada, todo país que se autodenomine República Errante me parece que tiene un brillante futuro. Probablemente más que este, en el que hace tiempo que nos hemos entregado al delirio como instrumento de cohesión nacional.

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