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No quiero más dramas

Vacuna de AstraZeneca. EFE

SALGO CON MUCHO cuidado del portal, porque me han dicho que España se rompe y desde entonces miro bien por dónde piso, no sea que de un mal paso vaya a estropear algo de manera irremediable o vaya a dar un tropezón con cualquier falla tectónica en la esquina menos esperada. Me voy tranquilizando paso a paso, de momento lo único roto son las baldosas de siempre, parece que España aguanta un día más. Es un buen comienzo.

He salido todo chuleta, con la mascarilla en el bolsillo y la sonrisa en la cara, dispuesto a reencontrarme con todos los rostros añorados, con todas las barbas y los bigotes y los labios pintados que fui olvidando a lo largo de estos meses.

Es el primer día sin obligación de usar mascarilla al aire libre, pero casi todas las personas con las que me cruzo la llevan puesta y muchas me siguen mirando con expresión de reproche. O eso me parece. Al final, me la pongo yo también, sin saber muy bien por qué. Descubro con sorpresa, y bastante decepción, que tampoco me molesta tanto. A lo mejor he entendido mal y lo que se está rompiendo no es España, sino las cabezas, que andan muy malitas.

He quedado en Santo Domingo con Pepa y con Paula para ir juntos a ponernos la segunda dosis de la vacuna, en plan excursión fin de curso, aunque ya vayamos estando más cerca de un viaje del Imserso que de un botellón de hormonas en Mallorca. Lo mismo da, el caso es mantener la ilusión. Por el camino hablamos de enfermedades y de efectos secundarios mientras por los altavoces suena Alaska, que siempre es un subidón. No queremos más dramas en nuestras vidas, y a eso vamos.

Lo del Hula es de una eficacia distópica, las vacunas rulan con más fluidez que los porros en el Resurrection. Además, los tres vamos con el código QR por delante, que es como pillar el fastpass en Port Aventura: pasas por la cola vip con ese punto estúpido de superioridad que te da el sentirte privilegiado aunque solo sea por una vez en la vida. Las cabezas, ya digo, que piensan a piruetas.

En el ratito de espera, miro a la gente que está sentada por toda la planta sujetando con una mano la gasa sobre el hombro en el que les han pinchado. Por un momento, pienso en lo bien conservado que estoy en comparación con mi generación, hasta que caigo en la cuenta de que probablemente todos ellos están agradeciendo lo bien conservados que están en comparación conmigo. Empate, todos contentos.

No habrán pasado ni cinco minutos cuando ya estoy en box número 8. Una enfermera muy amable me lee el código QR y me pregunta el nombre:

—"Hombre, Miguel Olarte, el del periódico...", me dice la buena mujer.

Me quedo un instante callado, sin saber si asentir o negar, pensando en que se acabó mi suerte. La última vez que me pasó algo así fue en la recepción del servicio de colonoscopias y la enfermera que me reconoció tenía guardado un artículo mío sobre funcionarios que no le había gustado nada. Luego me sedaron para meterme aquellas cosas por el ano y no me enteré de nada, pero todavía de vez en cuando navego por internet para asegurarme de que no aparezcan imágenes mías con la búsqueda "Olarte anal".

—"Me gusta mucho lo que escribes, siempre miro en el periódico a ver si publicas algo», sigue ella ante mi silencio, toda amabilidad.

Me relajo. Incluso dejo de apretar el culo, un acto reflejo que me quedó desde la otra vez. No noto ni el pinchazo, esa mujer es oro molido. Pepa, Paula y yo volvemos del Hula como volverían tres adolescentes del viaje de estudios en que por fin se desvirgaron, como tres jubilados viudos que pillaron cacho en el hotel de Benidorm. Nos abrazamos como chiquillos inconscientes, se nos caen los anticuerpos de los bolsillos.

De camino a casa me quito la mascarilla y descubro que sí, que me molestaba. Ya empiezo a notar el primer efecto secundario: no se me va la sonrisa de la cara y han dejado de importarme las miradas de los demás. Será por lo de las cabezas.

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