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Mejores de lo que somos

Es un error conceder demasiada influencia a las personas equivocadas
Manos entrelazadas. EP
Manos entrelazadas. EP

VIVIMOS EN en un mundo tóxico. Y lo peor es que no podemos echar la culpa a nadie, es el mundo que hemos creado. Ni siquiera es exactamente culpa nuestra, o no de todos ni en la misma medida. A veces, solo sucede.

En la mayoría de los casos, queremos creer que nos vienen dadas. Será, pero no siempre. Yo sé que no es así, tengo pruebas. Tenemos personas a nuestro alrededor, que forman parte de nuestras vidas, que nos hacen daño. No porque ellas quieran hacérnoslo, incluso al revés, sabemos que nos quieren bien. Pero no nos hacen bien. No es su naturaleza, es la nuestra. También cualquiera de nosotros puede ser tóxico para otro, con la mejor voluntad.

El error suele ser que concedemos demasiada importancia, demasiada influencia a las personas equivocadas. Por lealtad, por pereza, por comodidad, por urbanidad, por soledad, por cariño... arrastramos relaciones que, en el mejor de los casos, no nos aportan nada o, en el peor, nos lastran y nos hieren. Incluso hasta el punto de hacernos sentirnos culpables, o simplemente infelices, sin saber muy bien por qué. Es inevitable, y hasta necesario. Muchas veces lo llamamos amistad. Es lo que somos, que nunca suele coincidir con lo que creemos ser, sino con lo que los demás creen que somos. No tenemos otra forma de definirnos sino a través de los otros. Siempre somos la mirada ajena.

No sé si serán los tiempos, las edades o las cabezas, que andan todas como sin rumbo, pero cada vez lo llevo peor. Sobre todo porque empiezo a ser consciente del tiempo perdido, de las lágrimas derrochadas, de las copas mal compartidas. Sobre todo porque me duele no haber sabido dedicar ese tiempo, llorar esas lágrimas, beber esas copas con otras personas que te definen mejor, que tienen limpia la mirada.

Porque también hay personas que te hacen mejor persona. Yo sé que es así, tengo pruebas. Todo lo bueno que yo pueda tener, lo tengo por ellas. Incluso a pesar de mí, no hay mucho mérito. Ni siquiera una explicación. A veces, solo sucede.

Por fortuna, hay bastantes personas así. Lo malo es que las solemos dar por supuestas, siempre prestamos más atención a las que hacen ruido, a las que nos ensordecen. Ellas solo susurran, acarician, acompañan. Iluminan, aunque nuestra atención se la lleven las sombras.

Pocas sensaciones hay más plenas, más acogedoras y reconfortantes, que descubrir que una de esas personas te ha elegido, que, por lo que sea, ha decidido que tú eres alguien para ella, que tiene fe en que tú puedes mejorar, merecer la pena.

No piden mucho a cambio, no lo necesitan, están completas. Al contrario, es uno mismo el que no se siente completo sin ellas, el que se descubre en su mirada ajena, el que se define gracias a ellas.

Hay un punto inevitable de orgullo en sentirse elegido por una de estas personas. Solo por eso, ya eres mejor. No mejor que nadie, mejor de lo que eras.

Hay quienes aseguran que saldremos de esta mejor de lo que éramos. Yo también lo pensaba al principio, pero ya no estoy seguro. Pero ahora sé que todo habrá valido la pena si consigo aprender a prescindir de quienes me intoxican y me esfuerzo en merecerme la confianza de esas personas que han decidido, sin pedir nada a cambio, que merezco la pena. Existen, yo tengo pruebas.

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