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El lujo de la soberbia

Amigos. ALBERTO ORTEGA (EUROPA PRESS)
Amigos. ALBERTO ORTEGA (EUROPA PRESS)

ADMIRO AL PP por la fidelidad que es capaz de generar entre los suyos. Entre todos los suyos, en un arco que va de fervientes devotos de la(s) obra(s) a feligreses de base, que se completa eventualmente con creyentes no practicantes, de los de bodas, funerales y elecciones. Me asombra esa facilidad para apretujarse lo que sea preciso para hacer un hueco en el banco a cualquiera que busque dónde sentarse y aun así mantener la comodidad. Eso en política es, indiscutiblemente, una virtud. Teologal, quizás, pero virtud.

El PP merece un respeto. En sus diferentes denominaciones, estructuras, justificaciones y circunstancias, lleva en lo alto de la cadena trófica española demasiado tiempo como para no respetarlo. No queda nadie vivo en este país que lo recuerde sin el PP en alguna de sus muchas materializaciones, casi siempre acertando con la más adecuada, con la más útil para sus objetivos del momento. Y eso a estas alturas es mucho decir como para andarse con soberbias, no es inteligente darle la espalda.

Eso también lo sabe mejor que nadie el PP, que cada penitencia que ha cumplido ha sido por soberbia, un pecado capital de clase que a veces se disfraza de avaricia. Pero no, es soberbia, un lujo que solo se pueden permitir no ya los poderosos, sino aquellos que lo han sido tanto y durante tanto tiempo que no se conciben de otra manera, que descuidan las formas y se desprotegen las espaldas. También suele esconderse entre los complejos de los advenedizos, pero es por puro divertimento, son huéspedes de recorrido corto.

Como el propio PP, también sus pecados de soberbia fueron adoptando distintas formas y nombres: una vez fue república, otra dejarlo todo bien atado, otra aznarismo, otra caja B... Pero de cada una ha sabido ir aprendiendo para seguir siendo lo que es, para mantener la fidelidad inquebrantable, a veces ciega, de los suyos. Y los suyos son muchos, de eso puede presumir sin soberbia.

Miro la batalla por el control del PP madrileño, que los ensoberbecidos medios capitalinos quieren presentar como la lucha por el PP nacional, y no dejo de ver soberbia. La del advenedizo Pablo Casado tratando de despojarse de sus complejos de don nadie con aspiraciones que le quedan grandes; la de la malcriada Isabel Díaz Ayuso descuidando las formas y desprotegiendo su espalda para imponer su derecho de pernada.

Coinciden muchas opiniones en comparar este pulso con aquel que Esperanza Aguirre trató de ganar a Mariano Rajoy. Algún parecido hay, pues la soberbia que movía a Aguirre es madre de la que ahora ciega a Ayuso, pero hay también una diferencia clave: Rajoy. El PP periférico, que de esto algo va sabiendo, supo ver a tiempo la soberbia suicida que empujaba a Aguirre y le paró los pies en aquel congreso de Valencia como acto de supervivencia, puro instinto de conservación. Y porque la otra opción era Mariano, un señor como ellos, que lo mismo podía ser de Pontevedra que de Cuenca, un registrador de la propiedad con aspecto de registrador de la propiedad, que daba el perfil igual en un mitin en una granja de cerdos de Cáceres que en una cena en casa de tu suegra que firmando un crédito en una oficina bancaria rural. Y el PP volvió a acertar, claro, tontos no son.

Me pregunto qué estará pensando ese PP periférico, heredero legítimo de aquellos otros PP que siempre fueron, gente de orden y de paz mientras todo vaya como debe, al ver el espectáculo de Madrid, al darse cuenta, porque se ha dado cuenta, de con quiénes se está jugando los cuartos.

Admiro, insisto, la fidelidad de unos votantes que han sabido ignorar las querencias franquistas, las imputaciones de todos los tesoreros del partido, las condenas a un buen puñado de ministros, las refundaciones, la guerra de Irak, los rescates a fondo perdido a la banca, las mentiras del 11-M, la subasta de lo público, la complicidad con Vox o la corrupción institucionalizada. Hasta puedo llegar a entenderlos, porque cada quien tiene sus principios y sus intereses y el derecho a defenderlos como considere. Pero creo que obligarlos a comulgar con Casado o con Ayuso es mucho más que un acto de soberbia: es pedirles que se falten al respeto a sí mismos.

El lujo de la soberbia
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