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La mentira, un respeto

Es sorprendente lo lejos que se puede llegar mintiendo en este país, incluso aunque se mienta muy mal

Profesional chapucero. AEP.
Profesional chapucero. AEP.

MENTIR ESTÁ muy feo, pero solo si se miente mal. Si se hace bien, como todo, es un elemento no solo muy útil, sino también muy necesario, sobre todo si aspiramos a seguir viviendo en sociedad. No hay convivencia posible sostenida sobre la verdad pura y descarnada, ni pasado que no se desmorone sin los adornos adosados a los recuerdos, ni futuro si la autoindulgencia de la esperanza se hubiera de cimentar solo sobre la realidad.

Lo que pasa es que la mentira tiene muy mala prensa porque la utilizamos con muy poco respeto. Y, la mayoría, con muy poca maña. Yo no me fiaría de alguien que va presumiendo por ahí de no mentir nunca, ni aunque eso le pueda traer problemas. Es mentira, nadie es capaz de soportar a pelo el peso aplastante de la verdad permanente. Ni siquiera sé si existe la verdad, que empiezo a dudarlo. No sé si todo será más bien un lego de pequeñas mentiras encajadas para dar forma a una verdad que nos permita vivir con nosotros mismos sin desear cortarnos las venas cada anochecer o matar al del enfrente cada diez minutos. La mentira, seguramente, ha evitado más escabechinas que la verdad, y probablemente haya provocado muchas menos.

Hay muchos mentirosos, pero pocos que lo hagan realmente bien, con el respeto que la mentira merece. Por lo general, todos pensamos de nosotros mismos lo contrario, que no se nos nota y que somos absolutamente convincentes, pero suele ser que no. Más que nada porque mentir como dios manda es muy complicado y exige mucho esfuerzo y entrenamiento. La buena mentira necesita de su propia historia real, un planteamiento lógico, una narración convincente y una memoria fotográfica, porque a partir del momento en que sale de ti ya no es solo tuya, sino de todos los que la han escuchado, y de los que se la van a escuchar contar a quienes te la escucharon a ti, y de quienes la van a seguir recordando en el tiempo cuando tú casi ya la habrás olvidado. Una mentira puede volver a revisitarte en cualquier momento, y tarde o temprano lo hace, por lo general cuando uno ya no la espera. Tejer una buena mentira, consistente e inalterable en el tiempo, es escribir una pequeña novela, una trabajo exagerado si el beneficio no va a ser reconfortante.

El riesgo no es que la mentira se convierta en una costumbre, es que se convierta en una chapuza. Y si coinciden ambas, chapuza y costumbre, el resultado es tremendo. La ventaja es que en esta sociedad de mentirosos y chapuceros en la nos vamos manejando, el descrédito lo mismo te lleva a la ruina que al éxito. Somos así de imprevisibles, eso es verdad.

A Albert Rivera, por ejemplo, lo ha llevado a la cima, entendiendo por cima cualquiera que sea el lugar que Rivera ocupe y que él defina como tal. Albert es un muy mal mentiroso, de patas cortas, que tiene una relación inconstante y tormentosa con la verdad pero que, a cambio, ha sabido llevar la mentira a otro nivel: la ha sacado del cómodo terreno de la circunstancia para elevalarla a categoría. Albert Rivera es la mentira.

A fuerza de cambiar de opinión cada dos minutos, de decir una cosa mientras hace la contraria, de negarse a sí mismo día sí y día también, y sobre todo a fuerza de hacerlo de un modo tan impúdico, el líder de Ciudadanos ha logrado darle otra dimensión a la mentira: todos hemos asumido que esa es su naturaleza y la de su partido, ya no merece reproche porque es lo que se espera de ellos. Y lo maravilloso es que sobre estas bases hemos conseguido construir entre todos un nuevo sistema de confianza normalizado.

Pero hasta en ese nuevo sistema hay unos códigos, se debe un respeto a la mentira. Que no sea zafia, por ejemplo, que lleve el traje entalladito y el desparpajo molón de la marca. Y que no colisione con las de otros, porque todos tenemos el mismo derecho a disfrutar del bien común de la mentira.

A Rivera la mentira se le fue esta semana de las manos como si fuera una escurridiza verdad cuando rompió ese código: presumió públicamente de que el presidente francés, Emmanuel Macron, su gran referencia europea hasta ahora, le había felicitado por sus resultados electorales y sus pactos de poder con PP y Vox. Esto chocaba frontalmente con la mentira que Macron se ha construido en Europa como gran adalid de las políticas para frenar el crecimiento de la ultraderecha, por lo que el gabacho reaccionó como era de esperar: el palacio del Elíseo lo negó con tal contundencia que el ruido de la mentira de Rivera al desplomarse se oyó hasta en Bruselas. Especialmente en Bruselas.

Eso no es un problema para Rivera, tardó dos segundos en montar otra mentira sobre la que recomponer parte de la anterior. Ni le cambió el gesto. Tampoco a nosotros, normalizada como tenemos esta nueva forma de construir confianza: asumido que ese su naturaleza, quizás debamos empezar a preguntarnos si no empezará a ser también la nuestra, si no ha llegado el momento de dejar de mentirnos a nosotros mismos.

La mentira, un respeto
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