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Igor sabe quién es

Igor el ruso. EFE
Igor el ruso. EFE

Igor el ruso ni se llama Igor ni es ruso. Es Norbert Feher, un serbio de orígenes húngaros que debe andar por los 41 años. O eso creemos, porque Nobert, al que ya para siempre se le conocerá en España como Igor El Ruso, ha tenido una veintena de identidades a lo largo de los años que recorrió Europa cometiendo barbaridades. Eso de las barbaridades también lo decimos nosotros, no él: para Igor era solo buscarse la vida, otro día más en la oficina. 

Hemos acordado que Igor llegó a España en 2017 en bicicleta, huyendo de Italia, donde había sido condenado por matar a dos hombres. Esta semana está siendo juzgado como autor de los asesinatos de un ganadero al que no conocía de nada y a dos guardias civiles. El jurado ha escuchado su declaración en la Audiencia Provincial de Teruel mientras permanecía encerrado en una urna de cristal blindado, instalada especialmente para él por su peligrosidad. Es la misma Audiencia que hace poco ya lo condenó a 21 años de prisión por el intento de asesinato de otras personas, con las que también se cruzó por casualidad y a las que dio por muertas. 

El asunto me fascina porque, en realidad, no hay mucho que decidir en el juicio. Los mató él, a los tres, sin pestañear y disparando con una pistola en cada mano "como una ametralladora". No tuvo problema en confesarlo, lo hizo de la misma manera que los asesinó, con frialdad y sin remordimientos. Sin embargo, está poniendo en este proceso judicial un empeño, un desgaste personal, un interés por la opinión ajena impropio de un tipo del que cuentan que solo tiene permiso para salir de la celda una hora al día a pasear y pasa de salir. No un día, todos. 

Igor me fascina porque no ha ido a ese juicio a defender su inocencia ni el resto de su vida, ha ido a defender su identidad. No niega lo que hizo, sino quién lo hizo. Admite que fue él pero no la persona que retratan las acusaciones y los informes periciales, ese sociópata sin sentimientos ni empatía, ese monstruo que mata por matar. Igor solo quería aclarar que aquel 14 de diciembre de 2017, después de llevar unos días sobreviviendo por las montañas turolenses, disparó al ganadero solo porque necesitaba su coche, y que si cuando llegó la pareja de la Guardia Civil no huyó sin más, sino que retrocedió y acabó con los dos agentes a balazos, fue porque "era la única manera de salvar mi Biblia. Para mí es muy importante. Si la mochila donde llevaba la Biblia hubiera estado en otro sitio, hubiera escapado sin disparar". 

Igor, a su manera, razona que pocas cosas hay tan realmente trascendentes como saber quiénes somos, quién es uno, y aceptarlo. Solemos mentirnos, por simple y primitivo instinto de supervivencia, para autoconvencernos de que somos unas personas bastante cercanas a las que nos gustaría ser, de que podemos ocultarnos ante los demás y convencerlos de que no llevamos disfraz, de que somos diestros en el camuflaje. Pero no engañamos a nadie, o al menos no durante demasiado tiempo, nos delatamos en cualquier descuido: somos aquello que nos motiva, aquello que mueve y determina nuestro comportamiento en la mayor parte de la ocasiones y de manera casi inconsciente, tan automática, primitiva e inevitable como el instinto de supervivencia. Será el dinero, el amor, la venganza, el éxito, la lealtad, el poder, el sexo, la amistad... Para el caso, da lo mismo: cualquier motivación, mejor o peor vista, nos define con la misma exactitud. Es un triunfo llegar a ser consciente de qué te mueve, saber quién eres. 

Cuando le preguntaron a Igor por qué era tan importante esa Biblia, respondió: "Para mí ese libro es la salvación. El cuerpo no es más que un contenedor, nuestra alma es inmortal". Ni siquiera era una Biblia especial, cuando ingresó en prisión tras ser detenido lo único que pidió fue otra. Su abogado trató de explicar la situación, por qué lo confesaba todo: la misma convicción que le llevó a matar a dos personas para recuperar ese libro, dijo, le impide mentir. No hay nada que entender, nada que razonar. Él sabe qué le motiva, sabe quién es. 

Es raro, pero no puedo dejar de sentir cierta envidia. Hay que ser demencialmente consciente de lo que uno es para aceptarte sin remordimientos hasta el punto de acomodarte a vivir solo contigo mismo encerrado en una celda, renunciando incluso a un paseo por el patio. 

Me pregunto si no será eso lo que nos pasa un poco a todos en este agotador momento, que dudamos de quiénes somos, que ya no nos reconocemos en nuestros recuerdos ni en nuestras circunstancias ni en nuestras esperanzas. Ni como individuos ni como sociedad. Y me pregunto cuántos muertos más necesitaremos.

Igor sabe quién es