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La gañanización del mito

RECONOZCO QUE Tito Floren me tiene ganado. La publicación de sus audios ha sido lo mejor que ha pasado en el Real Madrid desde el fichaje de Bale, uno de mis grandes ídolos blancos recientes, junto a Cassano, Robinho y Coentrao. De este último opina Florentino Pérez que es "un tolili, un poquito subnormal. Conduce sin carné…", que es lo menos que se puede decir de un tío que te está chuleando cinco o seis kilos al año por teñirse el pelo.

En realidad, los audios nos descubren poca cosa que ya no intuyéramos o que, directamente, no supiéramos a ciencia cierta. Que alguien que los conoce tan de cerca opine que Cristiano Ronaldo "está loco, este tío es un imbécil, un enfermo" o que Mourinho sea "anormal, un niño malcriado" no supone ninguna novedad, si acaso una confirmación de la evidencia.

Como que Raúl era un cáncer en el vestuario, como bien supo ver Luis Aragonés; a los que tenemos el afecto que yo le tengo al Real Madrid nos tarda que vuelva al primer equipo de entrenador, esperamos grandes alegrías de él.

Si acaso, por decir que no nos lo esperábamos, avergüenza un poco comprobar cómo funciona cierta prensa en este país. No porque se compre o se venda, que en eso estamos de vuelta, sino por lo está cayendo el mercado: que un tipo que se puede comprar a cualquiera se lo gaste en Roncero, en Ferreras o en Inda convierte al resto de la profesión en casquería. Es algo que te podías esperar de un nuevo rico, como cuando El Pocero se compró a Urdaci, pero no del señor Pérez, empresario de referencia durante cuatro décadas en la España del pelotazo, la financiación ilegal de los partidos, las planas de publicidad y las autovías y los bancos rescatados.

No es un reproche ético, es más una decepción estética. Porque si de algo hablan los audios de Florentino es de Florentino. Es él quien más y mejor se retrata, él la persona que más impúdicamente se muestra.Y me gusta lo que se adivina, esa humanización del mito, esa gañanización del poderoso, el ingeniero que mide en palmos.

Estos audios tranquilizan, como el olor a galletas de la abuela, como algo conocido, quizás un momento si no mejor, al menos más accesible, menos complejo. Huelen a Caneda y Gil a puñetazos, a Lopera poniéndole su nombre al campo, a la bilis de Joan Gaspart, a Piterman haciéndose pasar por utillero en el banquillo del Rácing, a palco de Teresa Rivera en Vallecas. Huelen a rancio.

Que una persona como Florentino Pérez hable con ese desprecio, seguramente justificado, de profesionales a los que en muchos casos ha contratado personalmente y a los que paga volquetes de euros induce a pensar que su respeto por ellos es parecido a su respeto por el propio club que preside. Le hace a uno dudar de que haga lo mismo en sus empresas, de que gaste con tanta alegría y despilfarro cuando el dinero sale directamente de su bolsillo. Tengo la sensación de que a Tito Flo el Real Madrid le importa lo mismo que el fútbol cuando intentó aquello de la Superliga, que vale que iba a arruinar al 95% de los equipos de Europa, pero era por su bien, los muy desagradecidos. Le deseo sinceramente muchos años más en la presidencia del club, tal vez cuarenta más, por poner una cifra simbólica.

Está bien que podamos desmitificar a los poderosos. A los poderosos de verdad, no a esos otros que van y vienen y se creen alguien porque tienen un despacho en la sede de un partido o porque duermen en la sede de un gobierno cualquiera. Ahora ya podemos imaginarnos perfectamente cómo hablan de nosotros, simples mierdas, Florentino Pérez y sus iguales cuando se reúnen para seguir repartiéndose el país. Si alguna vez llegan a publicarse esos audios, seguro que apestan a desprecio.

La gañanización del mito
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