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¡Feliz año viejo!

RECIBO UN MONTÓN de mensajes que hablan de felicidad en el 2022. Lo normal, siempre es mejor lo que está por llegar: se llama esperanza, y es el motor que hace que todo avance, cada uno como individuo y todos como sociedad. Hasta ahora nos ha funcionado bastante bien, con pequeños apaños nos ha ido trayendo hasta aquí, que quizás no es momento perfecto pero sí es el mejor posible. Si no entramos en detalles, claro.

Yo también espero mucho del 2022, por pedir que no quede, pero vengo aquí a despedir con cariño el 2021. De entrada, porque se me lleva algo que nunca podré recuperar: un año. Por muy bien que me vaya este que estrenamos, tendré uno más, lo que a mi edad ya empieza a contar como uno menos. No añoramos los tiempos pasados porque fueran especialmente mejores ni peores, sino porque fueron los nuestros, porque todavía cumplíamos los años hacia delante, con desgana, sin darles importancia, como esa prenda que compras de temporada en Zara a precio de cubata sabiendo que dentro de unos meses ya no la usarás. (Excurso: si usted ha pasado por la palabra "cubata" sin prestarle atención, asegúrese de tener la tercera dosis).

Habrá a quien no, por aquello que decía de no entrar en detalles, pero a mí 2021 no me trajo grandes acontecimientos que reprocharle. 2021 nos trajo las vacunas, y con ellas lo demás, la ventana abierta al futuro que nos había cerrado 2020. El año viejo me devolvió los abrazos y los besos; no los de antes, vale, pero sí los que necesitaba para no seguir consumiéndome de anemia de cariño.

Me devolvió a mi madre y a mis hermanos y a mis sobrinas, los arrancó de una pantalla y los volvió a hacer reales, impertinentes, inaguantables, adorables, inoportunos. Imprescindibles. Con test de antígenos de por medio, sí, pero palpitantes.

El 2021 integró a mis hijos en sus aulas, después de un curso que ni fue curso ni fue nada, un año perdido que a su edad asumen como les viene, pero que echarán de menos a la mía. Y los devolvió al botellón y a las tardes en el río y a los pubs en los que fingen creerse los carnés falsificados y a las noches esperando a que lleguen y al dolor primigenio e intratable del desengaño amoroso, que es dolor por el que se miden todos los demás toda la vida. 

El año viejo me devolvió mi mesa de la redacción, y el respeto de mis jefes disfrazado de broncas y las ruedas de prensa que no sirven para nada y ese humor cáustico de mis compañeros que te pone en tu sitio y los reportajes a puerta fría y todos esos cotilleos que nunca se publican pero que sirven para que lo que sí se publica esté mejor contado.

Y los bares, también los bares. Yo no lo entendía, pero resulta que dentro transcurre la vida, que tampoco es eso de lo que yo hablaba cuando hablaba de la vida, ampuloso y pretencioso como si tuviera algo que aportar, sino lo que pasa cada día compartiendo una conversación intrascendente y sin sentido con esos amigos con los que siempre acabas peleando por pagar la ronda.

Habrá quien tenga motivos para odiar 2021. Y tendrá razón, no nos lo ha puesto fácil, no se ha dejado querer. Pero a muchos nos ha dejado salir vivos de él, vivos al modo que decimos quienes tratamos de vivir lo que nos venga de la mejor manera, porque la alternativa es peor. Vivos al modo de quienes nos desean un mejor 2022 no como un hábito social, como un mero trámite, sino como un destino esperanzador, convencidos de que puede ser el mejor año de nuestras vidas. ¿Y por qué no? ¡Feliz Año Nuevo!

¡Feliz año viejo!
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