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Efectos secundarios

Vacuna de AstraZeneca. EFE

El viernes por la tarde llamé a una persona. Llamé a varias, pero esto me pasó con una. La vamos a llamar fuente por mantener la ilusión de profesionalidad, pero en realidad era una persona que, básicamente, sabía más que yo del tema del tenía que escribir, como casi siempre. Quería consultarle sobre un asunto del que probablemente leerán ustedes pronto en otras páginas de este diario; aparecerá citada como "profesionales consultados por este diario", "fuentes conocedoras del caso" o algo por el estilo, no es importante ahora.

La cosa es que mientras hablábamos por el móvil, a esta persona le entró otra llamada. "Hostias, espera, no cuelgues, que creo que es lo de la vacuna", me espetó antes de ponerme en espera. Un minuto después regresaba a la conversación pidiendo disculpas innecesarias: "Es que era uno de esos teléfonos largos que parecen de la administración y, como ya tengo 60 años, estoy pendiente de que me llamen para la vacuna".

Evidentemente, la conversación siguió "por lo de la vacuna". Al fin y al cabo, el otro asunto no era tan interesante, a pesar de que este diario pueda titularlo en portada en cuanto se descuiden. No sabía cuál le iban a poner en caso de que esa llamada hubiera sido la que esperaba, pero, con ligeras matizaciones que ya podrán suponer, le daba lo mismo.

Yo pensé en ese momento en lo que me había contado mi mujer unas horas antes, en la comida. Por motivos profesionales había subido al Hula y lo primero que se encontró fue a un señor bien asentado en los setenta que caminaba hacia la salida hablando por el móvil como hablan las personas de su edad, sin confiar en la tecnología: "Que no", le contaba a quien estuviera al otro lado y a quien hubiera en un radio de doscientos metros, "que no me pasa nada. Todo bien, no noto nada, y hace ya quince minutos".

Yo me identifico con cualquiera de los dos. De los dos, o de los doscientos millones de europeos que en estos momentos debemos de estar abochornados con el espectáculo que están dando la Unión Europea y, con ella, todos nuestros gobiernos nacionales, autonómicos, de lander, de confederaciones o de lo que en cada Estado corresponda. Si los descerebrados antivacunas hubieran querido pagar a precio de oro una campaña internacional de descrédito más eficaz que la que nuestros gobernantes les han hecho gratis, no hubiera sido posible. ¡Menudo despropósito!

¡Pero vamos a ver, almas de cántaro! La mitad de la población ya estamos aguantando esto no con paciencia, sino con ansiolíticos y antidepresivos que como efectos secundarios probables marcan disfunciones eréctiles y disminución de la líbido. ¿Ustedes se piensan que el improbable riesgo de una embolia, que la mayoría de nosotros no sabía ni lo que era hasta ahora, nos va a tirar para atrás? Por aquí hay gente que consume anabolizantes para mejorar su rendimiento físico, que se toma las pastillas para el colesterol en mitad de un cocido, que se mete por las mucosas una sustancia que ha cruzado el Atlántico en el ano de una mula. Por aquí, quien más quien menos, asume sus riesgos.

El cristo que nos están montando con la AstraZeneca y las demás es de juzgado de guardia. Ya ni sabemos cuál es la mejor ni la peor, ni si preferimos covid o trombosis, libertad o comunismo. Esto es un sindiós. Miren, señores ministros o lo que se tercie. La inmensa mayoría de nosotros lo único que necesitamos es una salida. Por lo que a mí respecta, me pueden inyectar suero de un frasquito al que le hayan pegado un pósit con la palabra "vacuna" escrita a rotulador, que me vale igual. Nunca hay que desestimar el efecto placebo, durante muchos siglos lo llamamos milagro y aún se mantienen franquicias con resultados notables. Que ustedes, señores presidentes de la UE y subalternos, tienen sus problemas económicos, políticos o éticos con alguna de las vacunas, pues no pasa nada. La AstraZeneca, la Moderna o la que sea, para voluntarios. Ni por edades ni por apellidos, para quien quiera asumir los riesgos. Me da que no iban a llegar las dosis de los que nos íbamos a apuntar. Estamos todos tan hartos que solo pedimos que no nos metan más miedo , que no nos creen más incertidumbre de la que tenemos. Hemos asumido el virus porque no hay otra, es lo que nos toca, y creo que lo hemos hecho, en general, de una manera ejemplar. Tampoco me parece mucho pedir que no nos vuelvan locos, más que nada porque a lo mejor concluimos que el peor efecto secundario, insignes administradores, son ustedes.

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