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Un crucero a ninguna parte

Los abrazos y las hostias son eficaces para transmitir mensajes complejos

Nunca fui un gran viajero. Ahora lo pienso y me da rabia, viajar más sería una de esas cosas que haría si pudiera volver a empezar. Pero tampoco me arrepiento, las cosas vienen como vienen y los emigrantes tendemos a hacer turismo en nuestras infancias, revisitando constantemente el paraíso imposible.

Debería haber viajado más, aunque tampoco tengo muy claro a dónde. Me doy cuenta mirando las fotos en mis estanterías y encima de mis muebles, colocadas con desorden, con necesidad, sin ánimo de exhibición, pero bien dispuestas para ser miradas cuando uno tiene confinado hasta el ánimo. Todos mis paisajes son abrazos.

Leo que algunas compañías acaban de lanzar los "cruceros a ninguna parte" y los están llenando. Los viajeros se encierran en un barco para pasar unos días navegando sin rumbo y regresar al mismo punto de partida. Solo por ir y volver, por el viaje. A veces tengo la sensación de que todos mis viajes, los que hice y los deseé, han sido cruceros a ninguna parte, con el mismo punto de partida y de destino. Voy, abrazo y vuelvo.

Siempre tuve en alta estima los abrazos y las hostias, por su poder para transmitir mensajes complejos y eficacia tanto para quien los da como para quien los recibe. El problema de los abrazos y de las hostias es que hay que darlos en el momento justo, sino se pierden. Una buena colleja a tiempo, dada por quien sabe y quien te conoce, tiene un efecto corrector inmediato, igual que un abrazo en el instante preciso en el que lo necesitas tiene la capacidad de marcarte el buen rumbo, de recolocarte los objetivos.

Veo en las fotos a mi mujer viajando hasta sus abuelas, a Elías besando a mi padre, a Julia colgada de mi cuello, a Irene con sus primas. Me veo a mí mismo abrazado a María el día de su boda y recuerdo lo bien que abraza María, de un modo que parece que te abraza por dentro y te recoge en el regazo, te inmoviliza y para el tiempo mientras dura.

Pienso en los abrazos fraternales, sólidos y sinceros de Ángel cada vez que lo echo de mi casa a las tantas de la mañana. O en el gustito que da abrazar a Paula, tan pequeña y tan dulce que te la quisieras llevar en el bolsillo de la chaqueta para ir achuchándola a ratitos, cada vez que tengas un momentillo.

En mis viajes a ningún sitio vuelvo a agarrar y a besar la calva redonda de Curro porque ya no me queda otra, o lo beso o lo mato. O me abrazo con la mirada con Jacobo, porque él no es de tocar pero te agarra a su manera. Y me lanzo con mis bracitos de mequetrefe sobre el enorme cuerpo de Emilio, que refunfuña y rechaza y amenaza con esa vergüenza para el cariño de los hombres antiguos, pero a la vez no puede evitar encogerse un poquito sobre sí mismo, como si tratara de hacerse más pequeño en ese momento para que el abrazo abarque más cuerpo, para quererte y dejar quererse como un inabarcable peluche.

Y voy y vuelvo hasta mi madre, que es la medida de todos los abrazos, y me doy cuenta de que la mujer dejó que se perdieran muchas más collejas que abrazos y que seguramente por eso nunca fui un viajero, sino un eterno retornado.

Tengo todos mis abrazos embarcados en un crucero a ninguna parte, en un barco embarrancado en mi salón. Y tengo miedo de que se pierdan por no poder darlos a tiempo, miedo de no volver a revisitar mis paisajes.

Un crucero a ninguna parte