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Cafeteras y balones

Los ricos son mucho menos empáticos que los pobres, saben que es un lujo demasiado caro

CON LA EMPATÍA pasa un poco como con el tracto intestinal, que su funcionamiento puede variar de un día para otro y ambos dependen mucho de la dieta y las infecciones. Por lo que sea, me notaba yo estos días bastante suelto de empatía y he tratado de aprovechar para ponerme en el lugar de Andrew Francis Lippi, un multimillonario de Florida que acaba de comprar por ocho millones de dólares una mansión supercuca en Miami.

Hasta ahí, no tiene nada de especial: cualquiera puede imaginarse a sí mismo en la típica casita de miles de metros cuadrados construida en una isla privada en uno de los cayos de Florida. Pero yo trato de ponerme en la piel de Andrew Lippi en uno de los salones privados de esa casa, apenas unos días después de haberla comprado, desenvolviendo un par de cafeteras y un paquete de sábanas que acaba de comprar en un supermercado de la zona, para sustituirlos por otros objetos e intentar que le devolvieran el dinero que acaba de pagar por los nuevos.

En la caja de una de las cafeteras, de 55 dólares, Lippi metió un balón de baloncesto; otra cafetera, de 150 dólares, la había cambiado por un modelo más viejo; había sustituido por otras bombillas las ocho LED nuevas que se había llevado; y en el envoltorio de la colcha de cama solo había una vieja funda de almohada. La Policía de Key West tuvo que entrar en su isla privada y molestarlo en su mansión para llevárselo detenido, acusado de un delito de hurto mayor por valor de 300 dólares.

Me esfuerzo por entenderlo, pero no llego. ¿En qué momento y guiado por qué idea un multimillonario decide que robar una colcha de cama y unas bombillas es algo necesario en su vida? Cuando la prensa le preguntó a él tras ser puesto en libertad, respondió: "Es muy complicado, prefiero no meterme en eso".

Razón no le falta, hace bien, pero yo sí quiero meterme en eso. Quizás un buena pista es la que dio uno de los policías que lo detuvo, que narró cómo cuando le preguntó por el cambió de la cafetera por el balón, el multimillonario le contestó que "el empleado debería haberse dado cuenta de que no había una máquina de café por el peso de la caja". La culpa es, por tanto, del pobre empleado del supermercado, no suya.

Lo que seguramente estaba queriendo decir Lippi sin decirlo es que no ha hecho en esta ocasión nada diferente a lo que estaba acostumbrado hacer a otros niveles mucho mayores, a cualquier nivel de hecho, lo que muy probablemente fue un factor clave a la hora de amasar su fortuna. Que él no tiene la culpa, que es su naturaleza, y que la empatía es un lujo que solo se pueden permitir los que no tienen nada que perder, ni que ganar.

Será por eso que los pobres somos mucho más empáticos, supongo que porque pensamos que es gratis, aunque luego nos salga por una pasta. A un obrero industrial, a un funcionario medio, a un albañil o a un empleado cualquiera de los que vivimos de una nómina nos dan una hipoteca a sangre para una casa, una nevera con dos puertas y un mueble bar con una botella de Black Label y, de empáticos que somos, ya nos creemos clase media.

Una vez en ese puesto de la escala social, lo fácil es venirse arriba: otro empujón de nómina al crédito privado para un coche de 50.000 euros para ir y volver de casa a la fábrica y ya estamos a un paso de la clase alta, casi la aristocracia financiera: si bebemos lo que ellos beben y conducimos los que ellos conducen, será que somos ellos. Lo siguiente es que nuestra preocupación sea el impuesto de sucesiones a las grandes fortunas, la bajada del IRPF para las compañías del Ibex o la indisolubilidad del Estado, en lugar de la sanidad pública, los derechos laborales o las colas del paro. Es nuestra naturaleza.

Mientras unos conocen perfectamente el valor de cada céntimo que acumulan, aunque para ello tengan que pasar una noche cambiando balones por cafeteras, otros no damos importancia a cada gota de sudor que aportamos para que algunos con el tracto empático mucho menos suelto puedan mantener bien cuidado el césped de sus mansiones y sus islas privadas.

No me debería costar tanto esfuerzo, por todo esto, ponerme en la piel de un trabajador a pie de nómina que a la hora de votar se decanta por los partidos de la derecha neoliberal, en sus más variadas y pintorescas formulaciones.

Pero me cuesta, a lo máximo que alcanzo es a pensar que son generosamente empáticos en lugar de completamente idiotas. Pero ya lo dice Andrew Lippi, que de esto y de todo lo demás sabe, como las trayectorias de ambos dejan en evidencia, mucho más que yo: "Es muy complicado, prefiero no meterme en eso".

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