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Antisistemas de Playmobil

Los recuerdos de dos generaciones serán historietas de carraras delante de los Grises

NO ES MUY tarde, pero ya ha anochecido cuando afuera, en la calle, hay ruido de algarabía y de sirenas. Las luces azuladas de la Policía se cuelan por la ventana de la Redacción girando sobre el techo y por un instante parece que estamos dentro de una escena de una de esas pelis americanas.

Desde la ventana se ve a la chavalada corriendo por las aceras hasta llegar al cruce de la entrada del Parque de Rosalía para desperdigarse en las tres direcciones. Detrás, lento por la calzada de sentido único y en dirección prohibida, va pastoreándolos un zeta de la Nacional.

Cuando alcanza el cruce, frena durante un instante, hasta llegar a detenerse, como indeciso. Pero los agentes no muestran mayor interés por continuar la persecución, ni se molestan en amagar con abrir las puertas. Tras elegir una dirección, el zeta sigue recto, hacia la calle Cidade de Viveiro, rodando lento, con sus luces azuladas destelleando sobre las fachadas y sobre los árboles del Parque.

Seguro que no es la última carrera del día. Acaba de pasar justo debajo de nosotros, pero en la Redacción recibimos avisos constantes sobre situaciones así cada fin de semana, cada día libre. En las cuestas del Rosalía, en O Carme, en el Marcos Cela, en el Colegio de Arquitectos... Primero llega la alerta de minibotellón, luego la de que se han visto coches de Policía persiguiendo a alguien. Tenemos a las fuerzas de seguridad haciendo de polis de guardería y a los jóvenes jugando a los antisistema de Playmobil.

Casi me dan envidia, al menos ellos han encontrado algo con lo que entretenerse, algo que hacer, una manera de acumular recuerdos que el tiempo irá puliendo y falseando hasta convertirlos en emocionantes, hasta en épicos cuando se cuenten dentro de unos años, cuando se relaten por enésima vez en las comidas de amigos, en los cocidos de otros inviernos, en las pulpadas de otros sanfroilanes.

Peor va a ser para mi generación, pienso mientras veo la escena difuminarse desde la ventana. Nos hemos pasado décadas escuchando a nuestros mayores las batallitas de cuando corrían delante de los Grises durante el franquismo y nos vamos a pasar las próximas escuchando a nuestros hijos presumir de cuando corrían delante de los polis durante la pandemia.

Supongo que es ley de vida, pero no deja de dar pereza. Tal vez la historia, mientras se hace, cuando aún no lo es ni se ha asentado en los papeles de los académicos, solo sea eso: recuerdos de un enorme botellón del que nos despertamos con resaca y recuerdos confusos. Como esas mañanas de boca reseca y cabeza palpitante en las que uno se ve a sí mismo la noche anterior como el amo de la discoteca y los otros solo vieron a un borracho haciendo el ridículo en la pista de baile.

Pero el tiempo no cambia lo que fue, solo matiza y embellece los recuerdos y la historia. Como cuando escucho ahora a los próceres del tardofranquismo y la Transición contar sus batallitas como si todo el país hubiera sido una gigantesca carrera delante de los Grises, como si Franco no hubiera muerto en la cama y no siguiera en nuestras teles durante los discursos de Navidad y en nuestros parlamentos durante los debates sobre el estado de las naciones. Como si dentro de unos años recordásemos que el virus murió de agotamiento por correr detrás de unos chavales de botellón en lugar de por efecto de la vacuna.

Quién sabe, a lo mejor ahora, cuando se han vuelto a normalizar ideas y discursos que creíamos olvidados desde entonces, cuando algunos de los nuestros están recuperando el instinto de correr en lugar de asentir, es un buen momento para limpiar de adornos la épica de lo que realmente fuimos: un país que miraba con resignación por la ventana cómo corrían otros. Tampoco me parecería tan malo si pudiéramos convertirlo en un buen final. Incluso en un buen principio.

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