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Adictos a la monarquía

Felipe VI y Juan Carlos I. AEP.
Felipe VI y Juan Carlos I. AEP.

ME TENGO dosificado el escribir sobre Isabel Díaz Ayuso. Tengo una personalidad adictiva, mis células de liberación de dopamina funcionan a un ritmo desatado y me vale cualquier cosa, lo mismo juego, que lectura, que alcohol, que risas, que trabajo, que tabaco... a cualquier cosa me engancho con un nivel de placer bastante competitivo. Temo que si me dejo llevar por Ayuso me quede pillado y ya nunca más sea capaz de escribir de otro tema, porque lo de esta mujer es mucho. Todo en ella es tan sorprendente e incompresible para mí, y produce contenido a tal velocidad, que por momentos me siento desbordado.

Creo que lo que realmente me desarma es la naturalidad con la que parece actuar siempre, la consistencia con la que dice las cosas que dice y hace las cosas que hace, esa seguridad en sí misma de quien ha nacido para el despropósito. Me desconcierta, por momentos dudo de si es una cínica riéndose del mundo o es que no da para más.

En cualquier caso, es un problema mío, ella está por encima de estas pequeñas dudas. Hay que reconocerle, cuando menos, el mérito de la falta de pudor, de poner en palabras lo que la mayoría de sus compañeros ideológicos nunca se atreverían a vocalizar, esa ausencia casi suicida de instinto de protección. Esta misma semana ha dejado taquigrafiado en plena Asamblea de Madrid una verdad como un templo que hasta ahora, por puro sentido común, nadie se había atrevido a trasladar al pueblo: "La ley es para todos la misma, pero no todos somos iguales ante la ley, porque el rey Juan Carlos no es ni muchísimo menos como usted".

Esto puede parecer una barbaridad, pero es la realidad que rige en este país, una realidad ineludible que emana de nuestra ley de leyes, la Constitución. Seamos congruentes: si queremos monarquía, la queremos con todas las consecuencias. Ahora reprochamos al emérito que se haya comportado como un rey. ¿Qué coño esperábamos? Es un rey y además Borbón, estaba claro que al Nobel de Ciencia no aspiraba. Ha hecho lo que le ha dado la gana. ¡Nos ha jodido, para eso es rey!

A sus antepasados los echamos del país por corruptos, ladrones y vividores, y aún tuvimos las narices de volver a acogerlos. No hay reproche que hacerle. Si acaso, el único reproche sería contra nosotros mismos y nuestra hipocresía. Un rey es un rey, y punto. Si queremos a un jefe del Estado que responda de otra manera, o un régimen presidencialista, o democracia pura, o lo que acordemos, habrá que cambiar lo que somos. Pero no se puede estar en misa y repicando, hay que asumir las consecuencias de nuestras decisiones. Y una de las consecuencias ineludibles de nuestra actual monarquía parlamentaria es que el rey no asume consecuencias.

Ayuso, como dicen que hacen los locos o los borrachos, expresa la verdad cuando asegura que Juan Carlos de Borbón tiene "derecho" a regularizar su situación con Hacienda cuando quiera. De hecho, así ha sucedido. Pero no es nada nuevo, ya lo explicó bien claro la abogada del Estado durante el juicio del caso Nóos para defender la absolución de su hija Cristina: "Eso de que Hacienda somos todos es solo un lema publicitario", argumentó con éxito ante el tribunal.

Así que ya basta de hacernos los sorprendidos con cada detalle que va saliendo a la luz en este vodevil palaciego. Todos sabemos que no va a pasar nada, que las acusaciones contra el emérito se irán diluyendo, o tendrán efectos meramente decorativos. El ejemplar sistema heredero de la Transición encontrará el modode afinárselo, como ha sucedido hasta ahora.

Tampoco cambiará nada si en un futuro Felipe VI, monarca solo por ser hombre, sucumbe a las adicciones de rey y de Borbón. No tengo dudas de que está preparado, pero para ser lo que es: no para gobernar, sino para reinar. Y para hacerlo en un régimen de impunidad. Podrá introducir pequeños cambios cosméticos, mejores asesores para sus negocios o más discreción en sus amoríos, por mera supervivencia y espíritu de conservación y perpetuación. Pero nada distinto en esencia, es la naturaleza de su linaje y de la institución. Asumámoslo, nuestra ley solo es para súbditos, y ni siquiera para todos.

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