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Huérfanos en Madrid

Los diputados de En Marea no logran afianzarse como el gran grupo gallego del Congreso ni imponer una agenda propia

Primer asalto de En Marea al Congreso, cuando todo iba bien. EFE
Primer asalto de En Marea al Congreso, cuando todo iba bien. EFE

LA CARTA remitida días atrás por el líder de Anova, Antón Sánchez, a la dirección de Unidos Podemos en Madrid quejándose por la actitud de ninguneo del grupo confederal hacia sus dos diputados en el Congreso, Alexandra Fernández y Miguel Anxo Fernán-Vello, no es más que la punta del iceberg de un problema mucho mayor y que tiene importantes repercusiones para Galicia pese a tener su epicentro a más de 600 kilómetros de distancia. La experiencia confirma que la coalición En Marea en las Cortes no carbura.

En realidad, las cosas ya se torcieron desde el mismo día en que hubo que repetir las elecciones de 2015, porque solo medio año después En Marea perdió en las urnas uno de sus seis diputados —el ourensano David Bruzos— y uno de sus dos senadores —el coruñés García Buitrón—. A este ‘lifting’ electoral se sumó la batalla perdida por conseguir un grupo propio en el Congreso, un derecho que les negó la Mesa. Tras recibir el portazo en la cara, la opción más lógica parecía el grupo mixto, que fue el camino elegido por Compromís. Sin embargo, esta fórmula no convencía a la marca gallega, que finalmente optó por unirse a Unidos Podemos-En Común Podem en lo que se bautizó como grupo confederal. Hoy, a las puertas del ecuador de la legislatura, surgen dentro y fuera del espacio serias dudas sobre la conveniencia de ese acuerdo.

→ Varios frentes abiertos


Alexandra Fernández, que ejerció como primera portavoz dentro del sistema rotatorio acordado entre los cinco diputados, defendió en julio de 2016 que el grupo confederal les concedía privilegios de grupo propio como asistir a la junta de portavoces, tiempo en los grandes debates, no estar sometidos a disciplina de voto y gestionar una agenda gallega propia. Todo eso es cierto. Lo que ocurre es que en la práctica En Marea no ha conseguido exprimir al máximo todas esas supuestas ventajas al ser incapaz de convertirse en ese gran grupo gallego que se esperaba. Y aunque es justo reconocer que durante estos meses favoreció que muchosasuntos de la comunidad traspasasen Pedrafita en dirección a la recentralizada capital, no se puede afirmar que haya impuesto una agenda propia en clave galaica.

Tampoco es que los doce representantes del PP o los seis del PSOE estén sirviendo para situar a la comunidad en el epicentro del debate nacional, pero de ellos ya nadie esperaba ese papel porque su capacidad de maniobra es casi nula al estar sometidos a las órdenes e intereses de la dirección de sus grupos parlamentarios.

La primera reflexión que se puede tirar de todo esto es que el BNG, hoy desahuciado de la Carrera de San Jerónimo y que nunca pasó de dos escaños, fue el único grupo del Congreso con una imagen y una agenda marcadamente gallegas —aunque después no lo respaldasen las urnas— porque nunca tuvo más ataduras que su propia dirección, algo que no se produce en un PP y un PSOE que siempre funcionaron como satélites o sucursales de sus marcas nacionales.

Y el problema de En Marea es que, al diluirse en el grupo de Unidos Podemos, su papel en lo que va de legislatura se está asociando más al de una formación también sometida a las directrices de una fuerza nacional que al de una coalición con independencia para marcar su propio camino. Esa es la percepción de mucha gente fuera del espacio rupturista, pero también dentro. Y muestra de esa preocupación que suscita la deriva de En Marea en Madrid es que el propio Xosé Manuel Beiras pusiese el asunto sobre la mesa en el plenario gallego.

A este problema, además, se añade otro. La En Marea del Congreso nació en 2015 como una coalición o alianza de Esquerda Unida, Podemos y Anova, mientras que la En Marea del Parlamento se formó un año después bajo la fórmula de partido instrumental donde, en teoría, todos renunciaban a las cuotas, las siglas y las parcelas de poder en beneficio de la marca común. Son planteamientos distintos y, de hecho, el engranaje entre ambos nunca llegó a funcionar. La resistencia de los cinco diputados madrileños a rendir cuentas ante sus homólogos y homónimos gallegos es el ejemplo más claro de ello. Precisamente hay quien interpreta que por ahí el grupo del Congreso está perdiendo otro de los vínculos que asociaría su imagen a la de Galicia.

Y por último tampoco hay que olvidar que parte del ‘bajo rendimiento’ que algunos atribuyen a En Marea en las Cortes deriva de las malas relaciones personales entre sus integrantes. «Nin se falan entre eles», llegaron a asegurar, una afirmación que yo pondría en cuarentena. Lo que no quiere decir que no haya marejada de fondo.

→ Roles perfectamente definidos


En la Cámara baja, los roles de los cinco diputados están muy bien definidos. La ferrolana Yolanda Díaz, le toque o no su turno de portavoz, es la cabeza visible del proyecto junto a Tone Gómez Reino. Ambos son amigos personales de Pablo Iglesias, pero especialmente la primera forma parte de su guardia pretoriana. Pasea platós de televisión al mismo nivel que cualquier líder nacional y, según la estadística del Congreso, en lo que va de legislatura acumula 1.195 iniciativas, más que todos sus compañeros juntos: Fernández (212), Tone (148), Fernán-Vello (146) y Pam (230). Además de ser trabajadora y asumir las áreas ‘estrella’ que requieren más micrófono, vinculan su hiperactividad el hecho de que aparezca como cofirmante en muchas propuestas del grupo confederal; otra muestra del hilo directo que tiene con la Complutense.

Su protagonismo creció todavía más cuando Iglesias decidió dar un paso atrás y rebajar un poco su exposición mediática, pero Yolanda Díaz tampoco aprovechó todo ese espacio que le cedieron para reivindicarse como la voz que capitalizó el discurso gallego en Madrid. Al contrario, le reprochan que esté más centrada en hacer carrera en Podemos o IU que en pelear por En Marea. Si esto significa que superó su etapa en la política gallega o que, al contrario, aprovechará la experiencia y los focos para regresar por la puerta grande es una incógnita. Junto a Tone y Díaz está Ángela Rodríguez ‘Pam’, que como ‘errejonista’ mantiene un perfil más bajo tanto en Podemos como en el grupo, a la espera de mejores tiempos.

Y por último aparecen los citados nacionalistas de Anova Alexandra Fernández y Miguel Anxo Fernán-Vello, que parece que casi se tienen que enterar por los medios de los acuerdos y estrategias de su propio grupo. Por eso Antón Sánchez se quejó por carta. Y quizás también por eso la agenda política gallega está un poco huérfana en Madrid en esta legislatura.

El dilema coruñés de Gonzalo Caballero

AUNQUE SOBRE el papel deciden las bases y no las cúpulas, lo cierto es que Gonzalo Caballero tiene que tener cierta preocupación cada vez que mira a A Coruña, Santiago y Ferrol. En las tres grandes urbes de la provincia más importante para el socialismo gallego a nivel electoral, en las que el PSdeG lleva tres años desaparecido tres caer a tercera fuerza en 2015, se jugará el vigués buena parte de su futuro. De acertar o no con los candidatos dependerá en buena medida sostener el gobierno de la Diputación, frenar el empuje de las mareas o incluso conseguir alguna alcaldía. Lo que ocurre es que algunos de los nombres que salen por ahora a la palestra son los de Fernando González Laxe, Xosé Sánchez Bugallo y Beatriz Sestayo. Los tres políticos representan todo lo contrario a lo que es la renovación que encarna Caballero en el PSdeG, pero por otro lado pueden conseguir mejores resultados que alguna apuesta joven y desconocida como la que también se está manejando. Y ahí radica el dilema coruñés de Gonzalo Caballero.

A Núñez Feijóo le toca tomar decisiones

CON TODOS LOS partidos empezando a moverse para las municipales de 2019 no resulta descabellado pensar que también lo esté haciendo Alberto Núñez Feijóo. Al de Os Peares le toca tomar decisiones en su doble papel de presidente de la Xunta y líder del PPdeG porque en el fondo la elección de candidatos en las grandes ciudades llevará aparejada una remodelación de su Gobierno. Las salidas de Beatriz Mato para A Coruña y la de José Manuel Rey Varela para Ferrol parecen seguras, sin descartar alguna otra. Eso sí, los únicos conselleiros que le quedan con un perfil óptimo para la política local son Jesús Vázquez Almuiña y Román Rodríguez, que podrían encajar en Vigo o Lalín, dos plazas importantes para el PPdeG, donde no gobierna. Sin embargo, la salida de alguno de los dos parece difícil. No obstante, a lo mejor el presidente opta por tomárselo con algo más de calma, como hizo en 2015. Entonces, remodeló la Xunta con la salida de Elena Muñoz para Vigo y Jesús Vázquez para Ourense el 10 de febrero con las elecciones en mayo.

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