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Huelga usted mañana

Mientras los partidos políticos se reinventan para adaptarse a los tiempos, los sindicatos continúan anclados en el pasado

"NO SOBREVIVEN los más fuertes sino los que mejor se adaptan al cambio", dijo en su día Charles Darwin. Una afirmación que invita a pensar en los sindicatos como una especie en peligro de extinción a medio plazo; al menos en nuestro país. Porque mientras los partidos políticos clásicos tratan de reaccionar —con mayor o menor acierto— al éxodo de votantes hacia las nuevas siglas que irrumpieron durante la crisis, los sindicatos parecen incapaces de frenar la fuga de afiliados y, sobre todo, de recuperar el prestigio pasado.

El discurso sindical quedó en muchos casos desfasado, la organización interna es anacrónica y las medidas de presión están fuera de lugar en los tiempos que corren. El reciente conflicto en la Justicia gallega sacó a la luz algunas de estas carencias y la consecuencia de todo es una profunda crisis de representatividad en España.

Aunque en los últimos dos años las principales centrales consiguieron recuperar más de 50.000 carnés, es un número ridículo si se compara con los más de 600.000 perdidos en los años de crisis. Cifras, no obstante, que hay que coger con pinzas, dado todo el oscurantismo que rodea siempre a la lucha obrera. Lo que ocurre es que pese a esa sangría, no se aprecia por su parte ninguna idea o revolución para reconectar con los trabajadores y con la sociedad. Y eso es lo realmente preocupante.

Imagen para el Blog de Martín G. Piñeiro (29/04/18)A los sindicatos en España hay que reconocerles todos sus méritos, que son muchos, a lo largo de su historia. Así como el papel fundamental que todavía juegan en cualquier democracia. E incluso admitir que el contexto en el que nacieron los vinculó en exceso a los partidos políticos, un factor que fue degenerando hasta convertirlos prácticamente en dependientes de ellos, sobre todo a nivel financiero. Pero de igual modo también se les pueden echar en cara algunas lagunas que deben corregir. Por ejemplo, su incapacidad para adelgazar progresivamente sus macroestructuras internas de forma que cada vez necesiten menos financiación y, así, dependan menos del dinero público. O su falta de unidad, salvo en sectores muy contados. Una división que tampoco los favorece y que volverá a quedar patente esta semana en las manifestaciones del 1 de mayo, donde año tras año arrastan a menos masa obrera, pese a vivir momentos en los que todavía quedan muchas heridas de la crisis.

→ El caso de la Justicia gallega

Llegados a este punto, conviene analizar el papel que están jugando las siete centrales implicadas en la huelga de la Justicia de Galicia, que amenaza con ir para largo y empieza a adquirir tintes dramáticos para muchos trabajadores y, sobre todo, para los ciudadanos. Desde que comenzó el conflicto, hace 81 días, hubo dos bandos muy diferenciados: uno el de UGT, CC.OO., Uso y CSIF; y el otro, el de la CIG, STAJ y CUT. Los primeros llevan tiempo reivindicando la firma del acuerdo con la Xunta y su actitud siempre fue de una mayor predisposición al pacto, incluyendo a Uso, mayoritario en el sector. Los segundos, sin embargo, quieren seguir dando la batalla. Tienen varias razones para hacerlo, como ganar puntos de cara a las elecciones sindicales de dentro de un año —en las que al fin y al cabo se juegan liberados, puestos y dinero— o hacer oposición a la Xunta, ya que a las centrales les encanta jugar a la política. No es un secreto que su nivel de beligerancia y exigencia a nivel municipal, provincial, autonómico o nacional varía mucho según las siglas que estén en el poder. Y el caso de la Justicia gallega no es ninguna excepción. Por eso las escenas de presión del viernes, más allá de invalidar o no la votación, lo que hacen es resucitar la cara más rancia de los sindicatos; esa que amenaza con convertirlos en un anacronismo en pleno siglo XXI.

→ El papel de la Xunta

El problema de todo esto es que la Xunta, que al principio los infravaloró, después los ignoró y ahora los cabreó, tampoco puede abrir la mano y ceder a las pretensiones de estos tres sindicatos —que incluso llegaron a pedir recuperar el dinero perdido en la huelga sin hacer horas extra—. Hacerlo sería un suicidio porque significaría abrir la puerta a que el resto del funcionariado se subiese al carro. Así que por ahora el ciudadano de a pie, cada vez que vaya al juzgado, seguirá encontrándose el cartel aquel que decía Larra: ‘Huelga usted mañana’.

¿Y quién limpia las franjas de seguridad de la dirección de montes?

ANDA EL RURAL gallego acelerado estas semanas por la presión de la Consellería de Medio Rural para limpiar la maleza en los 50 metros alrededor de las viviendas, dentro del plan de prevención de incendios. Los trabajos tienen que estar listos antes del 31 de mayo y, aunque se habilitaron líneas de ayudas, concellos y particulares se quejan de que no dan abasto. Las franjas de seguridad alrededor de casas, carreteras, empresas o líneas energéticas son fundamentales. Eso sí, la dirección de Ordenación Forestal, el edificio de San Lázaro conocido como Montes, podría aplicarse el cuento. Aunque el solar anexo no es suyo, las zarzas no tardarán en entrarle por la ventana a Fernández-Couto. 

El tiempo juega a favor de Quinteiro

EL LÍO INTERNO que tiene montado En Marea a raíz del caso de Paula Quinteiro está alcanzando proporciones disparatadas y hasta ahora desconocidas en la política, como se puede comprobar con la innovadora figura del ‘diputado simbólico’, la del pontevedrés Xoán Hermida. Es algo así como ser parlamentario y no serlo a la vez o, mejor todavía, como aquel perro del hortelano que ni comía ni dejaba comer. Es una medida de presión para que Quinteiro dimita o se marche al grupo mixto y se enmarca dentro de la estrategia política, algo totalmente lícito aunque nada elegante y que demuestra que a unos y a otros se les está escapando la cuestión de las manos. Eso sí, el reglamento del Parlamento hace que el tiempo juegue a favor de la diputada viguesa, que por ahora no tiene ninguna intención de marcharse, digan lo que digan la dirección, las bases o Luís Villares. Hermida tendrá que jurar o prometer su cargo y convertirse en diputado de pleno derecho, algo que dijo que no haría, en el último pleno del mes de mayo.

El Bloque empieza a mover nombres

CON LA MAYORÍA de las fuerzas políticas gallegas pensando caras para encabezar los carteles de las municipales del año que viene empezaba a resultar sospechoso el mutismo del BNG. Sin embargo, los de Ana Pontón empezaron a mover nombres esta semana. El primero fue el de Salustiano Mato, que apura sus últimos días como rector de la Universidade de Vigo y que pusieron sobre la mesa días atrás en la agrupación viguesa para competir en el feudo de Abel Caballero. Mato tiene experiencia política institucional en el Bloque, ya que fue director xeral de I+D+i en el bipartito de la Xunta (2005-2009), en la consellería del lucense Fernando Blanco. Otro nombre del que empezó a hablarse en estos tiempos es el de la diputada autonómica Noa Presas, que podría ser la elegida para Ourense. Quizás dentro de las ciudades el que tenga más segura su fotografía en el cartel sea Rubén Cela en Santiago. El político de origen lucense es hoy por hoy uno de los hombres fuertes de la cúpula nacionalista.

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