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Empacho electoral

EL AÑO QUE VIENE por estas fechas estaremos, salvo giros inesperados en el guion, a las puertas de una nueva campaña electoral y será, para la mayoría de los españoles, una sensación extraña después de un atípico periodo de más de dos años sin ser llamados a votar. No será el caso de los catalanes, que de urnas saben un rato, pero sí el de los gallegos, por ejemplo, que pasaremos de la hambruna electoral a empacharnos en uno de esos domingos que se dan cada mucho tiempo en los que coinciden dos convocatorias a la vez.

Así, aunque la fecha no esté cerrada oficialmente, sí se da por hecho que se juntarán europeas y municipales, además de las autonómicas en casi toda España. El principal argumento es el ahorro, algo que el ciudadano agradece, igual que no tener que soportar dos precampañas y campañas distintas. Pero los partidos no lo ven así. Mientras se espera la confirmación de la cita para el 26 de mayo de 2019, a día de hoy la fecha más probable, las distintas formaciones políticas empiezan a dibujar en el aire sus estrategias, que no son las mismas si hay que hacer frente a una única convocatoria que si hay sobre la mesa dos que, en realidad, son tres, porque además del Parlamento europeo y de los ayuntamientos también está en juego el factor provincial de las diputaciones. Y fuera de Galicia, País Vasco y Cataluña —y probablemente también Andalucía—, las fuerzas políticas tendrán por delante también autonómicas.

→ Algunas consecuencias

Echando la vista atrás, las europeas coincidieron con las municipales en España en otras dos ocasiones: 1987 y 1999. En ambos casos se produce una primera consecuencia, que es el aumento de la participación en los comicios europeos por el efecto arrastre de las locales. En el 87 votó para la UE el 68,52% de los españoles y en el 99 lo hizo el 63,05%, porcentajes que están muy por encima de las posteriores elecciones comunitarias, que se quedaron en el 45,14% (2004), 44,90% (2009) y 43,81% (2015).

La segunda consecuencia es la tendencia a que se abra el abanico del debate político y que la clave local ceda terreno a la agenda estatal y continental. Con un bombardeo continuo de información electoral de las europeas y las autonómicas en los medios a los partidos les cuesta mucho más focalizar la atención del votante en lo municipal. Este problema tiene menor intensidad o directamente no existe en Esgos, Xove, Moeche o Rodeiro, por poner un ejemplo de cada provincia, pero sí es una realidad en las siete grandes ciudades y sus áreas metropolitanas o en algunas villas medias. Además, con el agravante de que si la situación en Cataluña no se desatasca, la agenda política seguirá marcada por Madrid y Barcelona.

La tercera consecuencia puede ser el repunte a nivel municipal de un voto en clave nacionalista-regionalista, ya que a la hora de afrontar psicológicamente unas elecciones europeas se refuerza el sentido de pertenencia a un territorio, en este caso Galicia, con el objetivo de visibilizarlo en un contexto tan amplio como el continental.

Un discurso en esta clave puede generar cierto efecto contagio para las locales, aunque solo sea por la comodidad innata del votante estándar, al que le gusta que le den todo lo más digerido posible y si puede evitar complicarse con dos papeletas diferentes, mejor. Admito que esta puede resultar una reflexión poco científica, pero los partidos se sorprenderían si hubiese forma de medir su aplicación práctica.

Por último, cabe recordar que en 2014 los comicios a la UE fueron la avanzadilla de un fenómeno político que llegaba: Podemos. Los partidos, que en ocasiones demostraban cierta dejadez con las europeas, empiezan a darle la importancia real que tienen a nivel político y eso consume recursos.

→ ¿Y si también hay generales?

La saturación política definitiva en España el año que viene se produciría si, a todo este menú electoral, se le suma un hipotético adelanto de las generales por parte de Mariano Rajoy. Un desafío catalán con pocos visos de solución a corto plazo, la nula fiabilidad de los teóricos aliados del Partido Popular, la dificultad para sacar adelante cuestiones básicas como los presupuestos y otra serie de condicionantes invitan a pensar que no es un disparate contemplar este escenario, que nos conduciría irremediablemente a un 2019 de absoluto empacho electoral.

Primero fueron los incendios y luego, la polilla de la patata

ANDA MOSQUEADO el alcalde de Muxía, el socialista Félix Porto, porque fallaron los controles de la polilla de la patata y la plaga llegó a su municipio. Comprendo su preocupación, pero no que acuse a Medio Rural de que fallaron los controles, porque igual que ocurre con las franjas de seguridad en los incendios, en la vigilancia de la ‘couza’ los concellos tienen mucha responsabilidad que no asumen. ¿Por qué hay plaga en Muxía? Porque el año pasado en A Mariña y Ferrolterra, pese a estar prohibido cultivar patatas, había muchos terrenos sembrados y los concellos de turno, para no enfadar a los vecinos y perder votos, hicieron la vista gorda. Una dejadez que tiene consecuencias.

El caso Quinteiro empobrecerá el debate

NO SERÉ YO quien le escriba el argumentario al PPdeG, pero seguro que quien lo hace estará encantado con toda la munición que le brinda la diputada de En Marea Paula Quinteiro tras su incidente con la Policía. Si los populares fueron capaces de estirar la según ellos «nefasta» gestión del bipartito hasta nuestros días, ¡qué no harán con unos retrovisores rotos por vandalismo! Lo de la diputada viguesa de Podemos con los agentes es una infantilada, lo del vídeo de la comida en la que ella y un grupo de amigos ponen a parir a Luís Villares es una falta de respeto y lo de no dimitir es, directamente, una inconsciencia, porque en cierto modo va a hipotecar el trabajo de todos sus compañeros de filas. Vistos episodios similares en el pasado, la primera consecuencia de este tipo de polémicas no se hará esperar mucho y será el empobrecimiento del debate parlamentario al entrar PP y En Marea, los dos principales partidos del hemiciclo, en esa dinámica tan mediática como inútil del «y tú más». 

La gestión del caso Sestayo agita el PSdeG

NO SERÉ YO quien le escriba el argumentario al PPdeG, pero seguro que quien lo hace estará encantado con toda la munición que le brinda la diputada de En Marea Paula Quinteiro tras su incidente con la Policía. Si los populares fueron capaces de estirar la según ellos «nefasta» gestión del bipartito hasta nuestros días, ¡qué no harán con unos retrovisores rotos por vandalismo! Lo de la diputada viguesa de Podemos con los agentes es una infantilada, lo del vídeo de la comida en la que ella y un grupo de amigos ponen a parir a Luís Villares es una falta de respeto y lo de no dimitir es, directamente, una inconsciencia, porque en cierto modo va a hipotecar el trabajo de todos sus compañeros de filas. Vistos episodios similares en el pasado, la primera consecuencia de este tipo de polémicas no se hará esperar mucho y será el empobrecimiento del debate parlamentario al entrar PP y En Marea, los dos principales partidos del hemiciclo, en esa dinámica tan mediática como inútil del «y tú más». 

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