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El voto desideologizado

Ciudadanos podría poner patas arriba el mapa político municipal sin la necesidad de montar un gran andamiaje en Galicia

Albert Rivera y Paco Vázquez, en la presentación oficial de Cs en Galicia en 2014. AEP
Albert Rivera y Paco Vázquez, en la presentación oficial de Cs en Galicia en 2014. AEP

LO DE CIUDADANOS con Galicia es digno de estudio. El partido naranja, que experimentó un crecimiento imparable desde su fundación en 2006, se encuentra en el momento más dulce de su corta historia tras su éxito electoral —relativo— en Cataluña y los cantos de sirena demoscópicos. Sin embargo y ante la ausencia de citas con las urnas en 2017 y 2018 que permitan medir su actual musculatura en la comunidad, lo cierto es que la tendencia de los de Albert Rivera aquí es diametralmente opuesta a la del resto del Estado.

Su primera irrupción seria en Galicia fue en las europeas de 2014, cuando consiguió 16.309 votos (1,61%), menos de la mitad de su porcentaje a nivel nacional y una ínfima parte del resultado que obtuvo por ejemplo en Cataluña (6,28%), su ecosistema político natural. Luego llegaron las municipales de 2015, en las que la formación naranja presentó poco más de una docena de listas con intensa vocación urbana y arañó 28.319 votos, un 1,92%. La tendencia al alza se consagró en las generales de 2015, cuando 147.910 gallegos votaron en clave naranja. El plus de resistencia del PPdeG le impidió alcanzar las cotas de éxito del resto de España, pero aun así sumó un escaño —el del políticamente malogrado Antonio Rodríguez— y se ganó a pulso un lugar propio en el tablero político autonómico.

Entonces, Cs entró en barrena. A pesar de ser una legislatura cortísima, a su diputado gallego le sobró tiempo para evidenciar la carencia de proyecto para la comunidad, mientras que desde la capital de España los ataques al Ave y al idioma tampoco ayudaron. Las consecuencias no se hicieron esperar: batacazo en la repetición electoral de 2016 con casi 14.000 votos menos y el diputado que se esfumó. Después, una mala elección de su aspirante a la Xunta —nadie se acuerda hoy de Cristina Losada— volvió  a traducirse en un duro correctivo: apenas 48.103 votos y fuera del Parlamento.

► Más sombras que luces
Esa fue la última referencia para testar el peso real de Ciudadanos en la comunidad y hasta 2019 no habrá más oportunidades —teóricamente— de hacerlo. De arranque, hay que reconocer que en los últimos tiempos han cambiado muchas cosas, como que la crisis catalana ha relanzado la imagen del partido naranja en toda España o que bajo la batuta de la lucense Olga Louzao Cs intenta implantar en Galicia algo parecido a una estructura, con una campaña de afiliación que, aprovechando esa fiebre demoscópica estatal, suma 50 militantes mensuales desde septiembre, según sus datos. 

Sin embargo, Ciudadanos sigue presentando carencias importantes en la comunidad: la ausencia de un liderazgo claro o una figura identificable —Marta Rivera de la Cruz, Sánchez Agustino y la propia Louzao son los más reconocibles—; los pocos concejales que ha conseguido en 2015 no destacan especialmente; o su insistencia en polémicas de dudosa rentabilidad electoral como su cruzada contra el gallego —ahora con la petición de que no sea requisito obligatorio para opositar en Galicia—, que va camino de hacer bueno al PPdeG en una de las materias que tenía suspensas. Pero sobre todo, Cs cojea por su incapacidad para visibilizar un proyecto propio en clave gallega; es cierto que la mayoría de partidos —salvo el BNG— evidencian en algún momento que están teledirigidos desde Madrid, pero en el caso de Cs no solo no lo ocultan, sino que presumen de ello. «Los problemas de España son los mismos de Galicia", argumentan simpre. Una verdad a medias.

La importancia de las municipales
En este contexto poco halagüeño se plantará Ciudadanos en las municipales de 2019, en las que ya anunció su intención de llegar a medio centenar de candidaturas. Sin embargo, atendiendo a las últimas experiencias políticas, puede que en el fondo el partido de Albert Rivera no necesite montar un gran andamiaje para conseguir una serie de concejales que, en un contexto electoral ajustado, pueden resultar determinantes e incluso poner patas arriba el mapa municipal en algunas de las principales ciudades y grandes villas de la comunidad. 

La razón es que igual que en 2015 quien estaba de moda eran las mareas, que con proyectos dados a conocer a última hora lograron resultados históricos, ahora es Cs quien lidera todas las encuestas a nivel nacional. Por primera vez a nivel estatal, los sondeos indican que la suma de centroderecha supera a la izquierda, algo que podría reproducirse en algunas ciudades el año que viene si el color naranja  consigue mantenerse de moda hasta entonces.

Ciudadanos ya tiene concejales en Lugo, Ferrol y Pontevedra. Vigo parece un imposible para cualquiera que no se llame Abel Caballero, pero en Santiago, Ourense y A Coruña tiene serias posibilidades de meterse en la coporación, especialmente en los dos últimos lugares, donde existen bolsas importantes del llamado voto desideologizado, aquel que es precisamente permeable a las modas y que aquí se suele identificar con las cofradías de votantes cabreados. Si Cs ha demostrado que su gran virtud es pescar votos en todos los caladeros, el de los desencantados es sin duda su favorito.

En la ciudad de As Burgas la representa Democracia Ourensana. Díaz Jácome arrasó como segunda fuerza en 2015, pero su castillo de naipes se desmorona por momentos. Y en A Coruña, donde Cs se quedó a un puñado de apoyos de un edil, ese voto desideologizado lo representó la Unión Coruñesa de Carlos Marcos, con 4.553 sufragios y que no estaría dispuesta a repetir su aventura en 2019. Entre ambos, en 2015, se irían casi a un 9% de los votos, un dato a tener en cuenta en una ciudad que tiene un perfil idóneo para Ciudadanos y que constituiría su vía de entrada natural en la comunidad. De hecho, fue la elegida por Albert Rivera para presentar oficialmente el partido en Galicia en el año 2014, en un acto apadrinado por Paco Vázquez, gesto que tantas ampollas levantó entonces en el PSdeG.

► Una bala en la recámara
De todas formas, la verdadera capacidad de Ciudadanos para influir en la política gallega no reside en el papel que tenga en las municipales, que es cierto que puede ser muy relevante, sino en su actitud en Madrid. Ebrio por las encuestas, Rivera parece dispuesto a romper su pacto con el PP para forzar elecciones aprovechando el viento favorable. Un hecho que podría provocar un efecto dominó que desencadene la caída de Rajoy y la salida de Alberto Núñez Feijóo de Galicia. Y eso sí que sería poner el mapa político gallego patas arriba.

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