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El gallego ya no se mide en votos

La manifestación del Día das Letras Galegas del martes 17 en Santiago de Compostela no pasará a la historia por ser la más multitudinaria, aunque quizás sí lo haga por ser una de las más descafeinadas en lo que se refiere a representación política en la misma, que se limitó mayoritariamente al Bloque y Anova, destacando la ausencia de cargos de peso del socialismo gallego, cuya cabeza más visible en la marcha por las calles de la capital gallega fue la de Aitor Bouza, el líder de las Xuventudes Socialistas.

Resulta hasta preocupante el poco interés que parece despertar el idioma patrio en la clase política gallega de un tiempo a esta parte. Olvidado por buena parte de la sociedad y desahuciado en muchos sectores pese a su cooficialidad, el gallego tenía en los políticos unos aliados fieles, aunque la mayoría de las veces simplemente fuese para usarlo como arma arrojadiza, destrozarlo, manipularlo o ponerlo a los pies de los caballos para ser pisoteado sin piedad.

Ahora ni siquiera es así. Para ver una pregunta al presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, en una sesión de control del Parlamento o un debate de cierta intensidad alrededor de la lengua casi hay que remontarse más de un año atrás, a principios de 2015. El resto casi fueron anecdóticos. Una situación que contrasta con las grandes movilizaciones del 17-M de los primeros años de la era Feijóo, cuando la Xunta desalojó al bipartito y, bien por hacer un guiño a los votos que pudiese reportar la órbita de la Galicia Bilingüe de Gloria Lago o bien para evitar que la entonces amenazante UPyD de Rosa Díaz pescase apoyos en sus caladeros urbanos, sí emprendió una política considerada por muchos beligerante con el gallego. Y especialmente a raíz de la aprobación del llamado decreto del plurilingüismo en la educación en 2010.

En aquellos momentos sí era normal hablar de macromanifestaciones de miles de personas o ver a los socialistas Francisco Caamaño y Pachi Vázquez junto a la plana mayor del nacionalismo gallego tras las pancartas, además de una nutridísima representación de la sociedad y la cutura gallegas que el martes muchos echaron en falta en Compostela.

En ese sentido el Ejecutivo de Feijóo, consciente quizás de que el conflicto lingüístico restaba más votos de los que podía aportar ya que provocaba un enorme efecto de unidad en la oposición, fue poco a poco rebajando la tensión y retirando la problemática de la actualidad. Así, en su segundo mandato iniciado en 2012, el debate político alrededor del idioma, sin llegar a desaparecer, sí pasó a un segundo plano. Un estado de letargo que parece contagiar a la oposición, visto lo visto en la manifestación del Día das Letras Galegas de 2016.

El único partido que parece ahora dispuesto a enredar con el idioma es Ciudadanos, que nunca ocultó su cruzada contra el gallego, ya desde que en 2009 un jovencísimo Albert Rivera acudía a Santiago a apoyar la manifestación de Galicia Bilingüe en favor de un castellano que consideraban en peligro de extinción tras las medidas progallego aprobadas durante los cuatro años del bipartito. Y no menos sonada fue la moción presentada el otoño pasado en Ferrol por la concejala de C’s Ana Rodríguez Masafret para que el gallego dejase de ser lengua oficial en ese Ayuntamiento. Quizás la formación naranja sí tiene echadas sus cuentas y en ellas el número de votantes que ganará con esa política supera con creces a los que podría perder. Aunque lo más normal es pensar que hoy en día el gallego, como el cemento, ya no ganan ni pierden elecciones. Al menos al lado de problemas como el paro o la corrupción.

Lo que sí parece evidente es que situar el gallego en el conflicto político permanente le hace un flaco favor al idioma, aunque tampoco ayuda aparcarlo en un cajón y condenarlo al olvido los 364 días del año que non son 17 de mayo, porque los datos reflejan que si sigue su evolución actual, y nadie llama la atención sobre él, desaparecerá.

Ciudadados sigue desconcertando
Los problemas de Ciudadanos en Galicia a corto plazo pueden ser bastante más graves que los que ha tenido hasta ahora con el idioma. Si es cierta la denuncia pública de su hasta ahora único diputado gallego, Antonio Rodríguez, de que la dirección estatal lo amenazó y coaccionó para que se echase a un lado y dejase el puesto en las listas a José Canedo, lo cierto es que C’s ya empezaría incluso a dar miedo. Pero lo que más sorprende de todo esto es que lo echasen argumentando que no estaba a la altura mientras, según su versión, le ofrecían ser candidato en las autonómicas. O lo que es lo mismo: para Madrid no sirves como diputado pero para Galicia sí.

La revolución de los pequeños
El alcalde de Oleiros, Ángel García Seoane 'Gelo', soltó esta semana el globo sonda de que podría presentar a su partido independiente, Alternativa dos Veciños, a las elecciones autonómicas, algo que se decidirá esta semana. Aunque se trata de un personaje conocido en la comunidad y gobierna con amplísima mayoría en su ayuntamiento, en las municipales del 24-M su marca no llegó a los 14.000 votos en los cuatro concellos del área metropolitana herculina en los que se presentó, la mitad de los que necesitaría, aproximadamente, para obtener un escaño en O Hórreo.

Lo cierto es que Alternativa dos Veciños no es el único partido de ámbito municipal interesado en jugar a la política autonómica, donde lo apretado de los resultados que auguran las pocas encuestas manejadas hasta el momento animan a algunos aventureros a convertirse en llave de Gobierno.

Uno de ellos es Gonzalo Pérez Jácome, el líder de Democracia Ourensana, que ya confirmó a Miguel Caride como candidato a la Xunta. Y aunque el 24-M tuvo más o menos los mismos resultados que Gelo -algo más de 14.000 votos en tres concellos del área ourensana-, él sí tendría pasaporte para O Hórreo al tratarse de la provincia gallega donde el escaño es más 'barato'.

De todas formas, el impacto de estos partidos pequeños en unas elecciones autonómicas puede ser determinante incluso sin conseguir un escaño, ya que se mueven en cifras de votos que no son ni mucho menos residuales y que pueden inclinar la balanza hacia un lado u otro, bien por el posterior reparto de los restos -que suele beneficiar al partido mayoritario- o por acción directa del robo de votos a otras fuerzas. Es decir, que Gelo puede hacerle daño al Bloque o En Marea en la provincia de A Coruña mientras que Jácome cazaría votantes en el caladero del PP y el PSOE en la de Ourense.

Pontón tendrá poco tiempo para lucirse
Al final imperó el sentido común y será Ana Pontón, la nueva líder del BNG, la que asuma en el Parlamento los debates de la sesión de control a Alberto Núñez Feijóo en lugar de Francisco Jorquera a través de la introducción de la figura del coportavoz. De esta forma resuelve el Bloque uno de los problemas que tenía -aunque quizás el menor de ellos-, el de desaprovechar la única plataforma de promoción que tenía su portavoz nacional para ganar visibilidad de cara a las elecciones: los cara a cara con el presidente gallego. Con Jorquera ya de retirada, es lógico que la sarriana adopte este nuevo papel, aunque lo cierto es que apenas le quedará tiempo para lucirse, porque a falta de un pleno en mayo y, como mucho, dos en junio, serán tres sesiones de control las que resten en el actual periodo de sesiones. Algún pleno extraordinario en julio o el retraso técnico de las elecciones por parte de Feijóo hasta noviembre podría dar alguna oportunidad más a Pontón, pero lo cierto es que el actual mandato está prácticamente finiquitado.

La política de gestos y los gestos políticos
La política de gestos que le atribuyen ahora a los nuevos gobiernos de candidaturas ciudadanas -los representantes de la llamada nueva política- está muy de moda, pero en ocasiones resulta más interesante quedarse con lo de toda la vida, es decir, los gestos de los políticos, de los que se puede aprender bastante. Por ejemplo, Xosé Manuel Beiras y Yolanda Díaz no hicieron ni el más mínimo esfuerzo por encontrarse o saludarse para la foto en la última asamblea de En Marea hace dos domingos, lo que confirma que lo suyo es más que un enfrentamiento dialéctico. También en Vigo, durante la visita del socialista Pedro Sánchez, el anfitrión y alcalde de Vigo Abel Caballero se sentó en el lado opuesto al de la presidenta de la gestora del PSdeG, Pilar Cancela, certificando que el socialismo gallego está partido en dos. Por cierto, ninguno de los dos aspirantes a la candidatura a la Xunta, Leiceaga y Romeu, acudió a la ciudad olívica a ver a su jefe de filas. Un gesto que muchos atribuyen a un factor: el nulo peso de Pedro Sánchez entre los suyos.

El gallego ya no se mide en votos
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