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Tomar los vinos

La responsabilidad social de un país no surge por generación espontánea sino que hay que educarla a lo largo de los años
Un camarero recoge la terraza de un local de hostelería. QUIQUE GARCÍA (EFE)
Un camarero recoge la terraza de un local de hostelería. QUIQUE GARCÍA (EFE)

ESTAMOS DE NUEVO en el hoyo. En pocas semanas hemos echado a perder el sacrificio y el esfuerzo de medio año. Y lo hemos hecho todos. España ha fracasado porque ni sus dirigentes ni su sociedad han estado a la altura. Aunque el grado de responsabilidad de unos y otros en este fracaso no sea el mismo, no deja de ser precisamente eso: un fracaso colectivo con consecuencias dramáticas en forma de vidas y dinero. Por mucho que se edulcoren las palabras y se torturen las estadísticas, España es uno de los países con peores indicadores tanto sanitarios como económicos a la hora de analizar la pandemia. Si la gestión de la crisis en líneas generales no estuvo a la altura, la respuesta de la ciudadanía tampoco. Ni somos disciplinados, ni solidarios, ni responsables. Aunque también es cierto que nadie nos enseñó a serlo. Más bien todo lo contrario.

→ Predicar con el ejemplo


Los mismos que a las puertas de julio nos pedían salir, disfrutar y divertirse para alentar el consumo y salvar la maltrecha economía del país nos llaman ahora irresponsables por haber alimentado el virus con nuestra actitud. La culpa un día es de los jóvenes, otro de las fiestas y otro de la hostelería. Pero en el fondo lo que nos están pidiendo nuestros gobernantes es una responsabilidad social que no nace por generación espontánea ahora que nos amenaza el covid, sino que ese comportamiento colectivo se educa. Y muchas veces la mejor herramienta para hacerlo es a través del ejemplo.

Pero... ¿qué ejemplo tuvimos en España? El de un monarca, el rey Juan Carlos, supuestamente "el primero de los españoles", que ha tenido que huír del país salpicado por escándalos de corrupción. El de un Congreso donde tres de los cuatro principales partidos políticos (PSOE, PP y Podemos) están condenados, investigados o salpicados por casos de corrupción o fraude millonarios y del otro (Vox) mejor ni hablar. Tuvimos a algún máximo representante de la patronal, de nuestras empresas, en la cárcel por delitos varios. El mismo camino que, por cierto, tomaron algunos sindicalistas destacados del país.

Si la ministra Celaá coge un avión recién declarado el estado de alarma en Madrid para ir a Bilbao con una excusa médica tan peregrina como inverosímil, ¿cómo le podemos prohibir ahora a un vecino de O Carballiño que no cruce al vecino Maside porque hay un confinamiento perimetral? Y si 150 políticos y altos representantes de nuestra sociedad acuden a una fiesta en Madrid y se dejan fotografiar sin distancias ni medidas de protección, ¿con qué autoridad moral pueden exigirle mascarilla a la población?

En casa solo convivientes, pero el fútbol que no pare. Cubrimos de oro a nuestras estrellas deportivas con sueldos que superan el presupuesto de algún hospital y les perdonamos millones a los clubes mientras llevamos al Contencioso el Ibi de un centro de salud. No hay ni una multa de la pandemia ejecutada porque Xunta y concellos son incapaces de ponerse de acuerdo sobre quién debe sancionar. Y el dueño del mismo bar sorprendido durante las restricciones con más de 100 personas agolpadas en diez metros cuadrados se manifiesta al día siguiente en la plaza del pueblo pidiendo ayudas para el sector. Los grandes pensadores han desaparecido y el prime time de la parrilla televisiva lo ocupa... ¡pues eso!

La lista sería interminable, lo que nos lleva a pensar que, visto lo visto, quizás no lo hemos hecho tan mal como sociedad. Solo hicimos lo que nos enseñaron.

→ La educación básica


España es uno de los países que menos invierte en educación, por debajo del 4% de su PIB frente a más del 5% en la UE. Pero además, no se trata solo de la educación de libros, aulas e informe Pisa. La preocupante es la otra, la que enseña lo básico: el sentidiño. El respeto a lo público y al bien común que exhiben otros países y para el que en la España de la picaresca nos hemos quedado, hace tiempo ya, sin referentes. De ahí nuestro nulo compromiso social para sortear esta crisis. Y de ahí el inminente confinamiento que nos viene encima.

"España es un gran país", decía Mariano Rajoy en su último debate electoral. Un mensaje que también rescató después Pedro Sánchez. Y yo comparto esa reflexión. Somos un gran país, sí, pero para tomar los vinos. Y ahora, durante el próximo mes, ya ni siquiera para eso.

La experiencia vivida en O Carballiño justifica el cierre de la hostelería

LA HOSTELERÍA no tiene la culpa del virus ni de los contagios. Y no porque lo diga Feijóo sino porque lo avalan las cifras oficiales. Sin embargo, la experiencia también demuestra que, cerrados los bares, las calles se vacían. Y eso en un momento en que lo más importante es reducir el contacto social resulta fundamental. Este efecto de los bares en las rutinas sociales se demostró en O Carballiño, que doblegó los contagios en solo 15 días de cierre. Y ese modelo es el que quiere exportar la Xunta a los 60 concellos como última medida antes del confinamiento total, que también dañaría a la hostelería y, además, al resto de la sociedad. Eso sí, ayudas a los bares ya: abundantes y urgentes.

Jácome sobrevive en la jungla ourensana

LAS MOCIONES de censura no se anuncian a bombo y platillo, no se registran en las notarías ni se negocian a micro abierto y a golpe de titular. Se presentan y punto. Es una máxima infalible de la política. Por eso, en el ayuntamiento de Ourense no hay todavía ni rastro de la moción que, en teoría, suscribirán PSOE y PP para apartar de la alcaldía a Gonzalo Pérez Jácome. Ambos partidos ya no saben qué inventar para justificarse, cuando en realidad lo que hacen es exhibir que están a años luz en su concepción municipal y, sobre todo, en el plano personal. Y eso invita a pensar que, en el fondo, ninguno tiene ni el más mínimo interés en asumir un gobierno de coalición experimental que los desgaste de cara a las próximas municipales, que en el fondo parece que importa más que los ciudadanos. Ourense es hoy un caos político, una jungla donde Jácome ha demostrado que es capaz no solo de sobrevivir, sino que debido a la incompetencia del resto de la corporación, puede incluso comer el turrón.

La comisión de reactivación echa a andar

POCAS COMISIONES parlamentarias han servido para algo a nivel práctico ya que están convertidas en una herramienta política. Igual que en algunas funciones matemáticas X tiende al infinito, aquí ponerle a un problema el epígrafe comisión a lo que tiende es al fracaso. La última excepción fue la creada a raíz de los incendios de 2017, que llegó a unas conclusiones bastante aprovechables. Esta semana echó a andar la comisión de reactivación económica, social y cultural, llamada a ser una de las más importantes de la política gallega. Por lo visto hasta ahora, se pueden sacar varias conclusiones: en el plano positivo se van definiendo ideas básicas como la importancia de no desperdiciar los fondos de la UE en un nuevo Plan E para hacer aceras o la necesidad imperiosa de apostar de una vez por todas por el rural. En el plano negativo, el número y la tipología de las comparecencias es demasiado amplio. Cada uno va allí a hablar de su libro, lo que complicará acotar las conclusiones. Son mejor tres ideas claras que diez difusas

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