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Volver para llenar vacíos

Título: A dos metros bajo tierra.
Creador: Alan Ball.
Reparto: Peter Krause, Michael C. Hall, Rachel Griffiths, Frances Conroy, Lauren Ambrose.
Cadena: HBO.
Calificación: ●●●●●

UNA SERIE es como la casa que habitas, como lo que te rodea, como eso que miras de camino al trabajo, como la esquina que intentas evitar cuando regresas. Una serie -una buena serie- es como tú en la versión imperfecta. Como tu enrevesado interior, como tu peor arrebato, como tu conciencia. En la medida en que mejor se asemeje a esa imagen de ti, que se confunde, que tropieza, que titubea con las palabras, que se comporta erráticamente, mejor va a funcionar. Porque una serie existe en la medida en que tú existes, palpita porque tú lo haces a la vez.

No es tontería. Pongamos A dos metros bajo tierra (Six Feet Under). Rompedora, atrevida, valiente y de calidad. La innovación de la televisión en cuanto a series llegó cuando llegó esta. Nada de lo que habíamos visto antes estaba reflejado aquí. Ni siquiera nada de lo que habíamos podido pensar que podía aparecer, así, sin más, en pantalla. La historia que nos cuenta esta serie es la historia que hay al otro lado del espejo, es lo que buscas cuando no encuentras y con lo que te das de bruces cuando no quieres encontrar. Algo que hace de la imperfección un camino a seguir, de la incorrección, una sorpresa y de la fatalidad, una enseñanza. Porque siempre se aprende de aquello que está bien contado.

Podía haber sido una historia de terror porque la narración transcurre en una funeraria. Podría haber sido algo tremendamente triste o deprimente o demasiado exótico como para querer seguirlo. Sin embargo, lo que nos tiene en vilo de A dos metros bajo tierra es que, por más que hablen de la muerte, una y otra vez, en todos los capítulos, la emoción que más domina es la ilusión de futuro.

De verdad, no es tontería. Pasa un poco como con la poesía. De pronto, lees: "Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia", y ya no entiendes qué vacío viviste toda tu vida sin Alejandra Pizarnik. Así llenas huecos, así pintas paredes, así creas, si eres de crear, así te dejas ir, si eres de esperar a que un viento tremendo -de los que arrebatan- te lleve a alguna parte que soñabas en secreto. En realidad poco importa, en este caso, cómo sea cada uno. Hay series para todos porque para todos hay historias.

Se dice que el de esta serie es uno de los mejores finales de la historia de la televisión. Si intriga, hay que empezar por el principio, porque el primer capítulo no se queda corto. Un señor conduce un coche fúnebre y, en un despiste, tiene un accidente mortal. Este hombre es el protagonista. No tantas veces un fantasma da tanto de sí. Deja en herencia una funeraria a una familia a la que maldita la gracia que le hace seguir los pasos de su emprendedor padre. Por el medio, entre arreglo de cadáver y misa por los difuntos, los miembros de esa familia se debaten, se rebelan, se confiesan, se interrelacionan y se conocen como nunca antes lo habían hecho. No siempre es para bien, pero siempre es para algo. Es la clave de la serie.

Con humor muy muy ácido sabe dar en la parte débil sin caer ni en la sensiblería ni en lo grotesco. Poner a cadáveres todo el rato en la pantalla puede resultar poco agradable o, directamente, de mal gusto. A dos metros bajo tierra se permite el lujo de mostrar las zonas pudorosamente escondidas de la existencia humana sin que al espectador le provoque ninguna vergüenza. Un logro encomiable.

La estructura narrativa es hoy repetida hasta la saciedad. Lo que no se repite tanto es el carácter renovador y el riesgo del relato. No hay que perder nunca la costumbre de volver a los clásicos para llenar los vacíos que vayan surgiendo.

Reminiscencia eterna
Si queremos ver los mismos capítulos de Anatomía de Grey o Castle una y otra vez, en bucle, tenemos que poner Divinity. No importa la hora ni el día, no importa nada en realidad. Es algo a lo que siempre podemos volver y nunca nos fallará. En ocasiones, introducen una nueva temporada, pero los viejos, ay, nunca mueren. Jamás te abandonan. Esto sirve por si en algún momento estamos perdidos, en la vida, me refiero. Y buscamos cosas a las que aferrarnos. Bueno, he aquí una.

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