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Una provocación brillante

Título: The Young Pope.
Director: Paolo Sorrentino.
Reparto: Jude Law, Silvio Orlando, Diane Keaton.
Cadena: HBO.
Calificación: ●●●●●

PAOLO SORRENTINO firma una serie que es de todo, menos, digamos, correcta. Polémica, escandalosa, exorbitante y provocadora en su concepción y en su puesta en escena. Con portentosas imágenes y diálogos que llevan al espectador directamente a los márgenes. Lo sitúan allí, en las esquinas de las cosas, en los abismos de la palabra y de los actos. Ni es una serie fácil ni pretende serlo. Es un reto que lanza su creador para que reaccionemos como podamos o como sepamos o, al menos, para que vayamos saliendo del paso a trompicones. En ‘The Young Pope’ se entrecruzan dos líneas muy definidas y de una calidad indiscutible: por una parte, la del cuestionamiento religioso que supone poner en el centro del foco a un joven, guapo e irreverente Papa, que recoge, en conversaciones secretas, tener serias dudas sobre la existencia de Dios, y, por otra parte, la línea de la narrativa audiovisual, manejada con un pulso exquisito, creativo y, también -como no podía ser de otra forma- quebrando normas, costumbres y creencias. Estos dos dos hilos avanzan inexorables por terrenos, en general, desconocidos y en cada nuevo trazado se alza un nuevo debate. Es una serie que no permite descansar, la relajación no es, siquiera, negociable.


Habrá controversia. Probablemente buscada. Con seguridad encontrada y asumida. No es, en absoluto, un planteamiento cómodo y lo interesante del asunto es que ese enfoque ha sido elegido así porque es así como la provocación alcanza su plenitud. La cima de la serie es la serie misma. Es el producto de un trabajo milimétrico, demostración de un conocimiento profundo, tanto de las técnicas y de los recursos audiovisuales, como de los tenebrosos vericuetos del alma y la mente humanos.

La Iglesia a examen, de eso trata ‘The Young Pope’, ante la llegada de un extraño, de un extranjero, a una casa en la que todo parece estar poderosamente controlado. Esa costumbre de no dejar nada al azar, de mantener un equilibrio con los pesos repartidos en función de las debidas conveniencias, estalla por los aires y el desconcierto es mayúsculo. La serie destila un humor punzante, cercano a la violencia, ciertamente belicoso. No existen grietas en el Vaticano que escapen de una cámara —casi— en guerra.

Y lo cierto es que desagrada y fascina por igual, porque se aprecia una suerte de verdad escondida que, de pronto, sale a la luz y su destello nos pone delante de los ojos cosas que, en demasiadas ocasiones, preferimos no ver. Como una terapia de choque.

Hay agudeza en la visión, valentía en el planteamiento e inteligencia en todos aquellos que se han sumado a un proyecto que dará que hablar. El protagonista marca el tono y el resto de personajes completan -de un modo brillante- esta obra que se convertirá, posiblemente, en serie de culto.

De cómo somos, aunque, alguna vez, nos toque ser Papa o cosa similar. De cómo no dejamos de ser lo que somos por erigirnos en lo que nos toca. De cómo no cambiamos, a pesar de cambiar constantemente. ‘The Young Pope’ sitúa al ser humano en un estado de crisis. En una crisis capaz de destruir o capaz de crear, capaz de convertirse en ejemplo de la maldad o de la bondad. La belleza y la fealdad van de la mano en una historia tremebunda. Que atemoriza y que atrae y que, además, adquiere fuerza narrativa a medida que avanzan sus capítulos.

Si quieren despedir el año con un estremecimiento, vean ‘The Young Pope’. Quizá comiencen el 2017 siendo otros. Quizá tengan más incertidumbres, más miedos, más sorpresas, más preguntas. Quizá sean un poco más sabios que ayer. Merece la pena el riesgo.

Una provocación brillante
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