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Un antes y después de todo

SUPONGAMOS QUE hacemos una casa. La queremos bonita, distinta, quizás, si poseemos cierta ambición, la soñamos única. Planificamos el espacio, distribuimos las habitaciones, nos reservamos una con vistas. Es importante el interior para nosotros. Necesitamos que fluya con el aire, por los pasillos y los rincones, una agradable sensación de bienestar. Cada detalle está pensado para producir un efecto deseado. Hay tranquilidad, hay equilibrio, hay algo que se parece bastante al orgullo. Puede que, a primera vista no se aprecie en toda su dimensión, sin embargo, son ráfagas, expresiones fugaces de un delirio no confesado, o, al menos, no públicamente, las que hacen saltar las alertas. Puede que ese mueble, aquella inclasificable mesita con jarrón, sea solamente un síntoma. Puede que sea mucho más. En el exterior, nos encontramos con una estructura novedosa que podría integrarse dentro de un estilo vanguardista con toques especiales, no se sabe bien si de genios o de oportunistas. Al menos, a primera vista. Nos atrae su fachada, sus enormes ventanales, sus materiales novedosos y amigos del medio ambiente. Si alguien, desde fuera, paseando por esa calle con los suficientes elementos en ella como para denominarse señorial, volteara la cabeza y mirara hacia ella, su anhelo inminente sería vivir ahí. Y probablemente pensaría en la suerte que tiene la persona que ostenta la propiedad, para después, seguir caminando y perderse entre la multitud o entre las esquinas.

Supongamos ahora que hacemos un poema. Lo queremos bonito, distinto, quizás, si poseemos cierta ambición, lo soñamos único. Nos enfrentamos al espacio que no es ni blanco ni mudo, sino que se muestra ante nosotros repleto de voces, sonidos y colores, lleno de una especie de burlona ironía. Es un espacio que va y que viene, al que nosotros hemos de perseguir y apresar, de algún modo, para que no se mueva demasiado mientras escribimos sobre él. Corremos constantemente el peligro de una trágica desaparición de nuestros versos juguetones, en el mejor de los casos, versos libres, en todos los demás, versos volátiles, impredecibles, caprichosos y no precisamente bien educados. Pero somos valientes y guardamos, secretamente, la honorable aspiración de que uno de los episodios de la historia del mundo lleve nuestro nombre. 

Existe un momento, en esa persecución lírica, en que nos entra la prisa. Un punto en el que nos situamos después del espacio, después de las palabras, después del libro, después de los aplausos. Y comenzamos a vivir ahí, sin acordarnos siquiera de que para ser poeta —o, para el caso, para ser persona— habría que situarse siempre en un principio creador donde la posibilidad de todo es lo que impulsa el ritmo, la cadencia, la sonoridad. La palabra justa nunca es fácil y siempre, siempre es huidiza. Si alguien, por casualidad o por interés, se volteara la cabeza y se topara con nuestros versos, y, con verdadera audacia, los leyera, sentiría el deseo de ser nosotros. Por la belleza. Sin saber, hasta después, si estamos situados antes o después de la poesía.

Supongamos una tercera vez que hacemos una serie de televisión. Supongamos que la llamamos Godless. La queremos bonita, distinta, quizás, si poseemos cierta ambición, la soñamos única. Y entonces elegimos una primera secuencia cargada de expectativas. Hacemos que se le llame western y vamos diciendo por ahí que es feminista porque la acción está en un pueblo habitado, casi en su totalidad, por mujeres. Como creemos que el trabajo ya está hecho, intentamos acabar pronto. Y no, no estaba hecho.


Unas poderosas costumbres
Creo que ya lo he contado. Pero es que está a punto de sucederme de nuevo y ya les voy anunciando jugosas sorpresas. resulta que, cuando hago un viaje, es mi costumbre —buena o mala, ya cada uno, les doy permiso para juzgarme— engancharme al canal Divinity. Es tradición y quizá podríamos calificarla, a estas alturas, de obsesión. Si no enciendo ese canal, lo confieso, me falta algo. De ahí me nutro para este espacio, tan delicado, para el que escribo todos los sábados.


Título: Godless    Director: Scott Frank
Reparto: Michelle Dockery, Jack O'Conell, Jeff Daniels
Cadena: Netflix    Calificación: 2/5

Un antes y después de todo
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