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Tenemos que temblar un poco

ME PASA cada vez que entro en una librería, cuanto más grande mejor, o en una casa con muchos libros o en una biblioteca. También me pasa si entro en un espacio en el que hay muchas películas. Esto último ya casi no me ocurre porque los amantes del cine suelen tener sus joyas en un disco duro y, claro, eso no se aprecia a primera vista. Es como un temblor. Puede parecer ridículo, pero confieso que así es. Sobre todo es un temblor por la posibilidad, por eso que se te abre de pronto, el infinito. Sabes que jamás podrás abarcarlo todo y, sin embargo, quieres intentarlo y quieres hacerlo ya. Es entonces cuando empiezo a tener pensamientos del tipo "desearía dejarlo todo, quedarme aquí y leer libro a libro, verso a verso" o "desearía dejarlo todo y quedarme aquí viendo películas, una tras otra, días y noches, en bucle". Después me viene un halo de racionalidad que me devuelve a mi lugar y me posiciona en un mundo en el que también hay que hacer otras cosas. Aparte de cubrir las necesidades básicas, es bueno salir un poco, que te de el aire, disfrutar de una moderada pero —a ser posible— rica vida social, hacer algo de deporte, relacionarse, ya saben, esas cosas. Trabajar a veces puede venir bien, otras no, otras es como un eterno caer en un pozo sin fondo y sin lógica alguna. Una tercera fase por la que atravieso tras el delirio primigenio y con la que me suelo quedar por eso de que en el término medio está la virtud, es por la búsqueda de un estado de equilibrio —aunque débil— entre el aislamiento absoluto (esa seductora imagen de mí misma rodeada de millones de libros) y una saludable interacción con el entorno. Esta tercera vía es la que te ofrece la opción de reservar tiempos para leer o ver películas y para lo demás.

¿Qué es ese temblor? ¿A qué se debe? Nos adentramos, con esos cuestionamientos, a un problema filosófico de primer orden y que, a su vez, nos lleva a más preguntas. ¿Qué es el conocimiento? ¿Qué es la sabiduría? ¿Cuál es el camino que nos lleva hasta allí? También llegamos a esa pregunta que el noventa y nueve coma nueve por ciento de los alumnos que han de estudiar Filosofía se hacen todos los años antes de empezar el curso: ¿y para qué tenemos que estudiar esto si no sirve para nada? Por otro lado, este interrogante último de los pupilos no es de extrañar si consideramos que cada vez que miramos hacia otro lado, la asignatura pasa de la obligatoriedad a la voluntariedad y de ahí a la nada más absoluta. Tenéis razón, no sirve para nada, es lo más cómodo y fácil de decir. También está la respuesta de hay que estudiarlo y punto, que suele funcionar, porque todos podríamos relatar historias en las que un "no queda otra" es la motivación principal. Aunque también podríamos contestar con más preguntas y poner en marcha la mayéutica y rendir un sentido homenaje a Sócrates y mandarle un cariño desde aquí por hacernos alcanzar verdades que sin él no hubiéramos descubierto. 

Con esto quiero decir que el temblor por conocer o, en rigor, por la posibilidad del conocimiento es una emoción que deberíamos poder y querer experimentar todos. Es ese arrebato que nos impulsa a imaginar, a buscar, a curiosear sin freno, a soñar y hacernos preguntas, a dudar y a comprobar, a criticar y a discernir y a descubrir compuertas escondidas y rincones secretos, tras los que nos espera otro sinfín sensaciones no exentas de decepciones o tristezas o engaños o falacias. ¿Acaso no es tentador? ¿Tanta vuelta, tanto escondrijo, tanto recoveco lleno hasta el borde de la complejidad de existir? Se anhela el rapto, el impulso, hacia todo lo que nos rodea por parte, en general, de nosotros, ciudadanos abúlicos, aburridos, derrotados, antes de iniciar nada, de descubrir nada, de sentir nada, de intentar nada.

De entre todos esos libros que me esperan para leer o releer, les animo a adentrarse en una novela rusa del siglo XIX, titulada Oblomov, de Ivan Goncharov, cuyo protagonista se pasa los días planteándose proyectos vitales que nunca consigue realizar porque no es capaz de salir de su habitación y ponerse a hacerlos. Temblemos un poco, pues.

Tenemos que temblar un poco
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