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También el mal está escrito

El actor Douglas Hodge interpretando a Richard Nixon. FILMIN
El actor Douglas Hodge interpretando a Richard Nixon. FILMIN

VALE LA PENA pararse a ver con calma esta serie documental titulada Watergate, dirigida por Charles Ferguson. Trata, obviamente, sobre el caso del mismo nombre que hizo caer —pero no tanto como debería haber caído —al presidente de los EEUU, Richard Nixon. No es una reconstrucción de la investigación periodística de Woodward y Bernstein, sino del proceso en general, de cómo se fue ideando todo y de cómo, posteriormente, se fue desmoronando.

Es una historia que, a estas alturas, no resulta increíble pero sí triste. Piensen un momento en el número de historias que conocen que poseen los mismos ingredientes. En ese caso es un presidente, pero la idea funciona con cualquiera que ostenta un cargo, con cualquiera que tiene entre manos un poco de poder. De pronto hay algo paranoico en esa posesión; de repente, esa posesión se convierte en un uso tergiversado del poder. Es entonces cuando empiezan a aparecer los otros. Entes identificados como enemigos que, aparentemente, dedican la vida a conspirar contra el ser que cree estar en posesión de la verdad.

La consigna en estos casos suele ser clara y contundente: acabar con los que disienten, con los que critican, con los que opinan, con los que se atreven. Piensen un momento en estos poderosos de pensamiento único. Una vez que llegan al cargo que sea, no tardan ni un día en identificarse con el poder que les confiere la posición, es decir, el poder y ellos pasan a ser la misma cosa.

Nixon siempre pensó que se libraría del Watergate. Iban cayendo a su alrededor todos los implicados, los cuales estaban de manera indiscutible ligados al presidente, y él seguía pensando que saldría indemne. De algún modo, sí ocurrió eso. Se fue a California y fue exculpado. Después de un caso semejante, poder hacer algo así, resulta bastante revelador.

Piensen un momento en la cantidad de historias que conocen, más o menos cercanas, en las que alguno de estos elementos resultan ser los protagonistas. Poder. Para manipular, para tergiversar, para mentir, para reconducir las narrativas por unos y otros caminos en base a ideologías que únicamente admiten la mirada de quienes las defienden. No existen otras visiones, otras perspectivas; ni siquiera otras oportunidades. Las cosas son como yo las digo. Piensen un momento cuántas veces hemos tenido que escuchar algo así, expresado de todas las maneras posibles.

Esta serie cuenta en seis capítulos un caso que, en aquellos incipientes setenta, sentó precedente. Estamos ya en otro siglo, casi iniciando otra década. Muchas de las cosas que han pasado en todos estos años tienen que ver, de algún modo, con aquello. En dos sentidos. El primero conecta con un cierto sentido de justicia, de ética y de buen hacer profesional. No importa el tiempo que pase, siempre que se ve o se lee algo relacionado con el Watergate, a muchas personas nos invade un halo de esperanza en el ser humano. Y el segundo está directamente relacionado con la certeza de que, desde entonces, nada ha cambiado y, probablemente, nada cambiará. Es una certeza negra, desesperanzada.

Piensen un momento en las posibilidades múltiples que tendría la ciudadanía si —al margen de ideologías excluyentes unas con otras, todas con todo— a aquellos representantes a los que le toca ocupar temporalmente el poder, se les pasara por la mente empezar a construir algo relacionado con el bien común. Qué revolucionario ¿verdad? Piensen qué pasaría si en lugar de utilizar ese poder (repito: temporal) para trazar estrategias "conspiranoides" en beneficio propio se pusieran a pensar en el significado verdadero del interés general.

Watergate fue uno de esos instantes en que, por descuido y por presión, estuvimos frente al monstruo. Lo interesante y lo terrible de verlo en pantalla de nuevo con esta serie es corroborar que, aunque la historia es única en su desarrollo, ninguno de sus elementos lo es. Ninguna de las piezas que forman la gigantesca criatura corrupta es nueva.

Piensen un momento en la cantidad de personajes con poder que, además de todo lo que inventan para justificar su relato, creen que están haciendo historia.

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